lunes, 22 de octubre de 2012

Personajes que salieron rana


“La rana mágica”
Raúl del Pozo
Ed. La esfera de los libros. 


Del Pozo escoge para el lector un total de 29 personajes de la historia del pensamiento, desde los muertos, como Aristóteles, hasta los vivos, como Fernando Savater. Bueno, mejor dicho, hasta el vivo, pues sólo Savater está aún en condiciones de rectificar, no así el resto. Semblanza de cada uno de los retratados donde el autor se deja llevar, a propósito, por sus preferencias personales, como cuando, frente a las críticas desatadas contra Ortega y Gaset (con una sola ese), en las que se le acusa poco menos que de fascista y maestro de falangistas, afirma que ello, “como diría un castizo, me es inverosímil”.

Para Del Pozo, Ortega es “el (Carlos) Marx liberal, un griego en el parque de el Retiro”. Y hablando de Marx, el autor  defiende su aportación no sin lamentar que “su lucidez fue más tarde la coartada para tiranías”. “Una de sus hijas comentó”, cuenta Del Pozo: “Nos leía poemas homéricos, los Nibelungos y Don Quijote de La Mancha e hizo de Shakespeare la Biblia de nuestra casa”. Y todo eso al tiempo que informaba al mundo de que en su tiempo, a mediados y finales del XIX, “a las dos, a las tres y a las cuatro de la mañana, niños de nueve a diez  años son sacados a la fuerza de sus sucias camas y obligados a trabajar por la simple comida hasta las diez, once y doce de la noche. La delgadez les reduce al estado de esqueletos”.

Del Pozo se nutre a lo largo de este ensayo de ensayos de Menéndez y Pelayo y de Borges para barnizar a sus personajes.  Al primero le dedica su parte del pastel, para reconocer que sí, que fue historiador parcial y ultracatólico, pero también, en boca de uno de sus biógrafos, de “sobrenatural memoria e inagotable fuerza de trabajo”. También recurre el autor al punto de vista expresado por Giaccomo Casanova durante su estancia en España, y particularmente en los alrededores de la Corte, para acercarse al Conde de Aranda, “primer radical, primer intransigente tranquilo”, repartiendo mandobles como pudo contra la Iglesia católica, que “intentó acelerar la Historia”, como los Esquilache, Floridablanca o Campomanes.

También refiere Del Pozo la costumbre de nuestros santos por enmendar su vida en el casi ocaso de la misma. Como si de una tradición fuera, vida licenciosa, carnal y pendenciera para concluir en la mediana edad entre las paredes de un convento y recitando mandamientos de lo que no debe hacerse, como purgando pecados propios, pero sin permitir que otros pudieran aprender de similar “experiencia”. 


Así hallamos a santa Teresa de Ávila, la “sublimación de la libido”, “que en su radiante juventud usó perfumes y joyas y tenía muy buen gusto para elegir vestidos”. En su momento de “estrés intenso de la fe”, ella misma “quitaba importancia a la propia trascendencia delante de sus monjas” a quienes decía que las suyas “eran tonterías de mujeres”, leo.

O como san Agustín, para quien la medida del amor es amar sin medida, como de joven pareció practicar de la mano de los maniqueos, secta a la que perteneció y que luego persiguió y masacró. Antes de sus Confesiones, este padre de la Iglesia católica “tuvo un hijo con una concubina, pegó el braguetazo con una dama rica…”. Pero no fue el único hombre santo de vida compleja. Ramón Llull (Lulio para Menéndez y Pelayo), destruyó para siempre, en su “segunda vida”, las “trovas que dedicó a las damas”, obras que nunca conoceremos de un intelectual que “comprendió la vanidad de los deleites” tras entrar en la iglesia de San Eulalia a lomos de su caballo persiguiendo a la genovesa Ambrosia del Castelo. Llull era entonces hombre casado y con hijos, a los que abandonó para entregarse a Dios.

Góngora, Platón, Sócrates, Gracián, Servet, Lluís Vives, Leonardo…hasta el alcalde de Madrid Enrique Tierno Galván ocupan páginas en “La rana mágica”. Puede que a la brillante prosa de Del Pozo solo se le pueda poner un pero, que es ir acompañado en algunos pasajes del sospechoso César Alonso de los Ríos, de quien no advierte como sí hace de Garmendia de Otaola. Hubiera estado bien.

martes, 3 de julio de 2012

"Es mejor permanecer callado y parecer tonto que hablar y despejar las dudas definitivamente" (Groucho Marx)


Unas notas sobre:

“La espiral del silencio”, de Elisabeth Noelle-Neumann
Paidós Comunicación. Barcelona. Octubre de 2010.
Traducción de Francisco Javier Ruiz Calderón


(Foto: Luis Miguel Belda)

Cronograma del grito de Munch, desde el silencio
(Página a página de ‘La espiral del silencio’)

Sócrates o Jesús, víctimas de una opinión pública conformada por una suma de individuos aislados temerosos de la opinión del que tienen al lado, quien puede ser la representación del Edipo presto a arrancarse los ojos, en el preciso instante en el que adquiere conciencia de “su falsa identidad” y “está en condiciones de avanzar por esa segunda senda del saber que consiste precisamente en la posibilidad de vivir la experiencia del hombre sin el refugio de identidades y de convicciones” (Argullol, 2000)  ¡Ay si Noelle-Neumann se hubiera topado con ese prototipo de Edipo, a saber qué le habría contestado sobre Adenauer!

¿Qué es la opinión pública? Harwood Childs (pág. 83), un profesor de Princeton que no tendría mejor cosa que hacer, establece hasta cincuenta definiciones, una de ellas, la del historiador alemán Hermann Oncken (pág. 84) de lo más libinidosa: “Algo que flota y fluye no puede entenderse encerrándolo en una fórmula”. Noelle-Neumann nos conduce hacia La República de Platón (pág. 85) desde donde se desliza con esta breve parada dialéctica sobre la cuestión (que resumo):
-       
- “¿Entonces piensas que la opinión es más oscura que el conocimiento pero más clara que la ignorancia?
     Exactamente”.

Para que más. Bueno, quizás algo más, pero estoy perezoso, como el aislado. Y como aislado pienso en el ‘efecto del carro ganador’, que se explica en el deseo de evitar mi propio aislamiento, y de nuevo me insuflo de valor y fortaleza para… no, aún no ha llegado el momento de gritar en el vacío. Munch debe esperar.
El “‘individuo expuesto’. Es el miedo al aislamiento, a la mala fama, a la impopularidad; es la necesidad de consenso” (pág. 87). Y parecen ser los más avispados en darse cuenta de qué posición ocupan en el tablero en un momento dado los “individuos corrientes”.

Llegamos a una brillante (y vibrante) aserción de la autora de “La espiral del silencio”: “Los intelectuales, fascinados por el ideal del individuo emancipado e independiente, apenas han caído en la cuenta de la existencia del individuo aislado temeroso de la opinión de sus iguales”. Posiblemente los que vibrarán con Amanecer Dorado y con sus aplausos parecerán emular eventuales bofetadas a diputadas comunistas.

Aquí me detengo, pero para tomar impulso y dar un salto a la página 190, pues deseo analizar de qué modo el “estereotipo” domina sobre el “individuo corriente” que teme quedarse sin amiguitos, y, como ya hemos visto, sin la atención académica debida, perdidamente entregados los pensadores en describir a sujetos de ‘más peso social’ como Sarkozy, por ejemplo.

El estereotipo tiene la virtud, señala la autora del ensayo que nos concierne, de propagarse “rápidamente” en las conversaciones; dice que como “nubes de tormenta” “se ciernen sobre el paisaje de la opinión pública durante un tiempo y después pueden desaparecer para siempre”. Es el deseo de todo gobernante, que lo suyo sea una especie de “nube de tormenta” que cale hasta los huesos según convenga para, al salir el sol, todos se pregunten qué ha pasado, dónde estoy, como en el mundo de los ciegos de Saramago. Lippmann es aún más poeta al describir la fuerza del estereotipo sobre la opinión pública como eso que penetra “como el aire que nos rodea, desde las alcobas más ocultas de la casa hasta las gradas del trono” (pág. 191). Estereotipos que convierten a Aznar en amigo de la guerra, cuando todo el mundo sabía que simplemente lo hacía por dinero; que convierten a Zapatero en amigo de la paz, cuando todo el mundo sabía que simplemente no tenía alternativa. Todo parece casar, y derivarse de algo anterior, como una milhoja: estereotipo, logotipo, prototipotipo, al fin, nuestro individuo corriente.

Un paso atrás. “Los que se sienten relativamente aislados de los demás son los que con mayor probabilidad participan en un vuelco en el último minuto. Parece que el miedo al aislamiento es la fuerza que pone en marcha la espiral del silencio” (pág. 23).

“Al menos se puede permanecer en silencio como segunda mejor opción, para seguir siendo tolerado por los demás” (pág. 24).

¿Pero de qué silencio hablamos? El abate Dinouart (Dinouart, 2001) nos sumerge en la mayor de las oscuridades al respecto, y eso que su intención es sana: “El silencio prudente conviene a las personas dotadas de buen espíritu”, pero también hay un “silencio artificioso” que “agrada a los espíritus menguados,  a las gentes desconfiadas, vengativas…”; ¿se trata acaso de un “silencio burlón”? ¿De un “silencio aprobatorio” o del silencio “del desprecio”? A saber.

“Llevar ostensiblemente un periódico de una tendencia política conocida es una forma de hablar; mantenerlo oculto en una cartera o bajo un periódico menos partidista es una manera de quedarse callado” (pág. 42). ‘Y yo que paseaba tan orgulloso las mañanas de domingo’, me susurra al oído un lector creído en el compromiso, que no predispuesto, que es cosa más seria. Vamos, del montón. Dice Noelle-Neumann que los resultados de sus encuestas “sustentan la afirmación de que, independientemente del asunto del que se trate y de la intensidad de la convicción, algunas personas son más propensas a hablar y otras a quedarse calladas” (pág. 44). Reviso “La palabra libre en la ciudad libre” (Montalbán, 2003) , de Manuel Vázquez Montalbán, en busca de consejo, pero solo hallo consenso: “Era lógico que un poder dotado de resortes para silenciar estructuralmente a los discrepantes tenga individuos suficientes para ir tapando las bocas con las manos, de una en una, y es igualmente lógico que disponga de teóricos para justificar esta conducta”. Al comunismo alude en estas consideraciones el profesor, escritor y periodista catalán, pero me suena y me sirve hasta para el modelo escandinavo.

Todos nos devuelve, de alguna u otra manera, al “fenómeno del ‘carro ganador’”, que supone “un esfuerzo por estar con los ganadores, en esta ocasión ‘olvidando’ selectivamente haber votado por otro partido” (pág. 51). “No se trataba tanto de una tendencia a estar en el bando vencedor como de un intento de evitar el aislamiento del propio medio social” (pág. 53). Esto le pasa incluso a los héroes. Revive Arcadi Espada (Espada, 2008) cuando Iñaki Gabilondo interpeló a Felipe González: “¿Organizó usted el GAL?”, a lo que este respondió: “No”, “y se pasó a otra cosa”, apunta Espada: “Los límites de la interpelación”, como de la manifestación del punto de vista, pues, “incluso en una tarea inofensiva que no afecta a sus intereses reales y cuyo resultado debería resultarles completamente indiferente, la mayor parte de las personas se unirá al punto de vista más aceptado aun cuando estén seguros de su falsedad. Esto fue lo que Tocqueville describió así: ‘Temiendo el aislamiento más que el error, aseguraban compartir las opiniones de la mayoría’” (pág. 60).

En este punto, me detengo para releer al Tocqueville de “La democracia en América” (Tocqueville, 2005, pág. 456) afirmar que “las naciones salvajes no se gobiernan más que por las opiniones y las costumbres”. Hace más de 180 años que fue escrito lo que ni Nostradamus para hoy hubiera imaginado. Y tanto que me suena que estamos a las puertas, si es que los blogs, ese mal llamado periodismo ciudadano, no lo remedia, acampe o no en la plaza pública; ya eso es lo de menos. O lo de más (también lo demás).

Y si nos apresuramos a dejarnos guiar por las opiniones y las costumbres, corremos un serio riesgo de colapso. “Yo creo que la mente se puede profanar permanentemente con el hábito de escuchar cosas triviales, de modo que todos nuestros pensamientos se teñirán de trivialidad”, asevera Thoreau (Thoreau, 2005, pág. 75), el ‘desobediente’ con causa.

La rueda pinchada por ser de lo que se es. Ihering (pág. 81) afirmando que la “desaprobación que castiga a alguien que se aparta de la opinión mayoritaria” puede explicarse es una “defensa para la propia protección”. Todavía el 30 de noviembre de 2009 alguien preguntaba en una web de coches (forocoches.com, 2009) lo siguiente:

“¿Es peligroso ir al País Vasco 'profundo' con matrícula de Madrid? Como no puedo permitirme otra cosa, mi coche tiene una matrícula de las antiguas. ¿Me romperían/quemarían/rallarían mi coche si voy al País Vasco 'profundo'? Hablo de localidades tipo Mondragón, etc. También le he puesto la pegatina con la E (la blanca, no la azul de la matrícula), porque me hace falta para salir fuera de España. Supongo que sería más sensato quitarla antes de ir”.

Estamos a punto de alcanzar el mando a distancia, eso que los teóricos llaman eufemísticamente (y de modo engorroso en su traducción a nuestro idioma) la “función de establecimiento del orden del día”. “Lo que no se cuenta no existe”, epígrafe valioso de “La espiral del silencio” que nos introduce en el “mundo real” que modelan para todos los mass media, pues nos es imposible abarcar el todo: abrimos la ventana y digerimos el menú que se nos ofrece. El medio se ve forzado a decidir qué mostrar de ese “mundo real”: “Papá si un árbol se cae en el bosque y los medios…”, el chiste.

Es llegado el momento en que el ciudadano somatiza aquello del cuarto poder, y empieza a tener miedo, como a cualquier otro poder. Y surge la “impotencia” (pág. 204) por parte del civil, aunque solo sea porque no puede contestar al mass media, solo oírle, leerle, verle, pero no establecer una comunicación de tú a tú como desearía.

Al mass media, lo damos por seguro, tampoco le interesa esa comunicación: también siente pánico a que se produzca, pues tras el mass media también hay un “individuo corriente”, que teme quedarse “aislado” y al que la sola idea de viajar en un tren con otros y que le ofrezcan conversación, sea el tema de su gusto o no, le produce urticaria, y desazón hasta el límite del descontrol social, ese mismo al que, como un dios, jugaba a enderezar.

Noelle reproduce que los medios dotan a las personas de “las palabras y las frases que pueden utilizar para defender un punto de vista”, y que cuando esa gente “no encuentra expresiones habituales, repetidas con frecuencia, a favor de su punto de vista, cae en el silencio; se vuelve muda” (pág. 226). ¡Qué mala suerte la del periodista que, además de informar, entretener, confesar, compartir, denunciar, ‘empatizar’, proponer, disponer… debe también darle jerga al gentío para que no caiga en el silencio, no sea que acabe por verse envuelto en esa espiral turbulenta y se difumine en el aire como el tejado de un rancho de Alabama por uno de esos tornados cuya (ajena) devastación tanto gusta ver al ciudadano.

Si ya Hesíodo (cita Noelle en la pág. 231) advertía siete siglos antes de que Jesús entrara en Jerusalén dando gritos ‘munchianos’ que el mejor modo de sobrevivir es hacer y evitar “el habla de los hombres”. Porque, apuntaba, el habla es “tramposa, frívola y se despierta fácilmente”. De qué si no huían los entonces venerados eremitas sino del habla, cuyos contemporáneos, los funcionarios públicos, no persiguen sino lograr que una oposición les salve de los demás; que les proteja detrás de una mesa de despacho (por ridícula que sea) de esa opinión pública (sus propios compañeros incluidos) voraz y hambrienta de cadáveres. Si no cómo se entiende que Jesús la emprendiera a porrazos contra aquellos a los que quería convertir contra el romano y a favor de su dios solo porque vendían sus baratijas cerca del templo. ‘¿Pero qué se ha creído este tal Jesús que, acaso, puede romperme el producto? Mejor que me lo roben, que es más digno y lo paga el seguro’; y de ahí a Barrabás, un paso, cuya risa aún hace eco en nuestros tímpanos, la risa que ya destaca Homero (pág. 246), como delator de cosas, en contraposición con (¿la sonrisa?) lo que advierte el secretario de F. Nietzsche (pág. 252), Carl von Gersdorff, al señalar que gran parte del poder de la opinión pública procede del temeroso silencio de muchos individuos. ¿Una opinión pública silenciosa? Creíamos que la opinión pública era dirachachera, suelta en palabras, en dimes y diretes, pero nos cuentan que la callada puede ser también respuesta.

La opinión pública puede ser, si no es ya, la marabunta que arrasa lo que a su paso encuentra. Una legión de hormigas que, por medio del grito o del silencio, se defiende de quienes sostienen opiniones distintas a la suyas, normalmente, procedentes de grupos minoritarios. ‘Dejamos que los chicos del 15-M tomen provisionalmente la plaza, pues la plaza es nuestra. Non problem’, dice la opinión pública, que agrega: ‘Estoy contigo, con Jesús, con Sócrates, pero ahora me viene mal manifestarme, que he quedado para comer fuera con unos amigos. Ya si eso, mañana’, bromea José Mota, el último mohicano en esto de descubrir silencios públicos.


Bibliografía:
forocoches.com. (30 de noviembre de 2009). Recuperado el 7 de mayo de 2012, de http://www.forocoches.com/foro/showthread.php?t=1513014
Argullol, R. (2000). Aventura. Una filosofía nómada. Barcelona: Plaza y Janés Editores.
Dinouart, a. (2001). El arte de callar. Madrid: Ediciones Siruela.
Espada, A. (2008). Periodismo práctico. Pozuelo de Alarcón (Madrid): Espasa.
Montalbán, M. V. (2003). La palabra libre en la ciudad libre. Barcelona: Grupo Editorial Random House Mondadori S.L.
Thoreau, H. D. (2005). Desobediencia civil y otros escritos. Madrid: Alianza Editorial .
Tocqueville, A. d. (2005). La democracia en América. Madrid: Alianza Editorial.

miércoles, 11 de abril de 2012

Razones para creer y no creer en la polivalencia del periodista



Yo sí creo en la polivalencia.

Porque no puede ser que un redactor de televisión deba pellizcar en el muslo al operador de cámara que le acompaña en cada ocasión en que desea que grabe algo en particular, pues el operador de cámara debe ser lo suficientemente avispado como para saber cuándo rodar y cuando es basurilla lo que se asoma al objetivo; de ese modo nos ahorraremos todos el humillante pellizco. 

Porque no puede ser que un editor de subtítulos en un programa informativo cometa faltas de hortografia en antena.

Porque no puede ser que hasta hace cuatro días a un redactor de radio hubiera de acompañarle un operador técnico para colocar el micrófono y su pie en una mesa, y responsabilizarse de apretar el ‘play’ de la Marantz o, en su caso, los ‘pause’ o ‘stop’.

Porque, si no, ¿para qué debo estudiar una asignatura que se llama periodismo radiofónico, otra televisivo, aprender que es una ENG o si las cámaras en un plató van de izquierda a derecha o al revés, o publicidad, documentación o, incluso, redacción periodística?

Porque soy un cínico, como ellos.

Yo no creo en la polivalencia.

Porque no tuvo sentido pedir a los redactores de una agencia pública que cargaran una cámara de vídeo y que escribieran mientras tanto.

Porque no tiene sentido dotar a los redactores de teléfonos móviles con cámaras de 2,5 megapíxeles y pedirles que haga fotos con ellos para luego publicarlas en sus medios como si fueran Robert Cappa.

Porque al redactor le exigen que haga fuentes concretas sobre un tema equis y luego le envían a cubrir el abecedario durante meses porque no hay personal.

Porque no es lo suyo que un redactor de una televisión deba grabar, redactar y editar en su mesa el trabajo encargado, y esperar su director que el resultado no se parezca a cualquier vídeo de esos que se cuelgan en Youtube.

Porque soy un cínico, como ellos... aunque no tan cretino.

sábado, 7 de abril de 2012

La historia de Baricco


“Esta historia”
Alessandro Baricco
Editorial Anagrama. 2007

Cuando recomendaron al lector leer esta novela le advirtieron: No te olvidarás nunca de Ultimo (sin acento, es un nombre italiano). Y pensó el lector: Nunca se olvida al personaje de una novela, por mala que ésta sea. No. Se equivocaba el lector. Tenía razón el “recomendador”. Ultimo no es sólo un personaje. Ultimo somos, de algún modo, cada uno de nosotros. 



No puede decirse que Ultimo sea entrañable. La verdad es que no acabamos de conocerle nunca. Tan reservado, tan aparentemente ensimismado, tan ausente en buena parte del texto. Casi tanto que devoramos las páginas con el único objetivo de conocer de su existencia, qué es de Ultimo, dónde estará, por qué Baricco nos roba su presencia.

Pero el lector advierte, Ultimo no es nadie especial, nada extraordinario, si acaso un espejo en el que mirarse; precisamente eso es Ultimo: el espejo, el espejo en el que cada uno de nosotros ve cómo envejece, el espejo que nos mira igual todos los días, el espejo que nada reprocha, si acaso rememora qué fuimos ayer y por qué podemos ser mejores mañana. El espejo que nunca traiciona y que sólo se rompe por nuestra torpeza.

Está convencido el lector de que Alonso no sería capaz de participar en las primeras grandes carreras, reservadas sólo para quienes se lo podían permitir, incluso el perder la vida sin resentimiento. O puede que a Alonso, si leyó esta novela, le haya ayudado a entender que las pistas de carrera no son estáticas, se mueven, se crean y desaparecen con cada vuelta al circuito. Pistas donde las curvas estremecen y hacen sentir que nuestra vida fue lo mejor que le pudo pasar a nuestra vida. Pistas que desaparecen por el azar, sueños rotos y reconstruidos por Elizaveta Seller. El olor humano que pasa a la velocidad de un Jaguar, y la muerte en un arcén olvidado. “Esta historia” al pie siempre de la carretera, empolvada y perfumada como para salir de fiesta, la que Ultimo hizo de una vida entera sobre ruedas.

El sueño del padre de Ultimo, el primer piloto urbano de la historia que giró una y otra vez en compañía de su hijo por una ciudad que no le buscaba. Y Caporetto, la mayor retirada civil y militar de la historia italiana, para vergüenza de quien ordenó abandonar a miles de inocentes rompiendo el puente de la salvación, con el convencimiento de que salvaba Italia de un ya derrotado ejército alemán.

Caporetto, testigo de las proezas del ser humano, que casi nunca son colectivas, siempre individuales. El valor de unir a una madre con su hijo, metáfora quizá de la unión de Ultimo con su sueño. Y no más pistas puede dar el lector porque sería dañar en exceso el brillante trabajo del autor de “Seda”. Sólo la pista sobre la que ruedan los objetivos de un niño cuyo cuerpo tembló con Elizaveta, quien hizo lo propio años después sobre un Jaguar que hoy ya es chatarra.


martes, 20 de marzo de 2012

El año que vivimos peligrosamente (pendientes de un ojo-cámara)


Descripción.

“Les pedimos disculpas”
Es la primera crónica de urgencia. Los periodistas de televisión, frente a las primeras muestras en pantalla, se afanan por pedir disculpas a sus espectadores al no poder explicar en condiciones lo que estamos viendo todos.

Conectamos con CNN en español:

“Les pedimos disculpas, la información que disponemos es muy, muy limitada, pero queríamos ir en vivo inmediatamente para mostrarles estas imágenes que estamos recibiendo. Vemos las Torres Gemelas, un avión se estrelló sobre estas torres. Hay un plano abierto en esta mañana soleada en la gran manzana estadounidense. (…) Estamos especulando, esta información no la tenemos (…) vemos fuego en el interior en este edificio. Esperemos que no haya víctimas. No sabemos qué pudo haber pasado. Nuestra gente de CNN (de EEUU) también es muy breve; dice que una avioneta se estrelló contra una de las torres… Conectamos con nuestros compañeros de CNN en inglés”.

Conectan con CNN de Estados Unidos.

Hablan con testigos: De repente vi el avión que se estrellaba contra la torre y después fuego y humo, y empezaron a volar pedazos de material (…) Parece que el avión está dentro del edificio”. Pausa. El espectador acaba de ver en directo que se estrella un segundo avión contra la segunda torre. 



Tras la breve pausa, prosigue el testigo: “Parece que hay más explosiones en este momento. La gente de abajo está corriendo. Vemos que la otra torre acaba de explotar”.

El locutor interviene: “Quizás esto confirma lo que usted dijo de que el fuselaje se encontraba dentro del edificio que causó la explosión, confirma que el avión seguía dentro del edificio”.

¡Pero si acabamos de ver todos cómo otra aeronave se estrella contra la segunda torre! Puede que el locutor estuviera pendiente de otra cosa y no viera la imagen. Todo ocurre en dos segundos. Es posible. Continúa el testigo: “La gente esta en pánico”.

El locutor insiste: “Hay conjeturas de que había un segundo avión. Pero son conjeturas. La segunda explosión podría apoyar la teoría de que el avión estaba dentro del edificio. Si miramos el segundo edificio vemos ahora que ambas torres están en llamas. Hace unos momentos sólo una torre y ahora la segunda”. Parece empezar a darse cuenta (el espectador ya lo ha visto aunque semeja necesitar que alguien se lo contextualice y confirme). “Quizás hubo un segundo avión que chocó contra esta torre. Lo que sabemos hasta el momento para resumir es que un pequeño avión, o quizás un avión comercial, se estrelló contra una de las torres. Parece que la segunda torre que está en llamas acaba de explotar y se vio mucho más material. Quizás podamos conseguir un testigo que vea mejor, pero podemos ver la segunda torre en llamas en este momento”.

Un nuevo testigo: “Estoy desde una zona donde puedo ver los dos edificios. Hace cinco minutos mientas miraba el humo que salía de la primera torre un pequeño avión llegó desde el oeste y a unos 25 pisos por debajo de la parte de arriba explotó, pero ocurrió por detrás de un tanque de agua donde yo estaba; se estrelló contra la torre, sin embargo”.

El locutor anuncia que ya se ofrece el vídeo del segundo impacto, pero se equivoca, pues esta imagen ya la vio el espectador hace unos minutos, y todo hacía indicar que él era de los pocos que no se había percatado, lo que explica que mantuviera durante ese tiempo la tesis de una explosión en la segunda torre, pero de origen incierto. “No sabemos si es un avión a control remoto”, indica el locutor. Parece que este segundo avión también era de pasajeros”.

El 26 de septiembre de 2001, el general Hamid Gul afirma a United Press International no creerse cuando G.W. Bush dice que los ataques a las torres les pillaron por sorpresa: “No me lo creo” asevera tajante Gul, quien desliza que “al cabo de diez minutos” de que impactaran contra la segunda torre gemela “la CNN afirmó que lo había hecho Osama bin Laden” (Estulin). 

TVE arranca directamente con las imágenes que cede CNN en primer plano. Ana Blanco, voz en off, explica que “un avión o una avioneta se ha estrellado contra la parte superior de una de las dos torres. Hay mucha confusión les pedimos disculpas porque no podemos aportarle más datos”.



A todos nos coge desprevenidos y eso nos lleva a imprecisiones. El corresponsal en Estados Unidos de TVE Vicenç Sanclemente suelta un Osama Bin Landen, leído con una “n” de más. 

Errata disculpable donde las haya, y, en ningún caso comparable a los “dios santo” que pronunciaba un menos hierático que de costumbre Matías Prats en Antena 3, quien no dejaba de repetir lo que decía el corresponsal de la cadena en Estados Unidos, Ricardo Ortega (¿nervios o falta de recursos?). Un canal, por cierto, al que ese día se le debió de romper el enchufe de conexión con la CNN (a la que todos se engancharon en el mundo), porque inició su andadura conectando por teléfono con el corresponsal y con un mapa de fondo de Estados Unidos que por naif podría pensarse que lo había diseñado el hijo menor del infógrafo jefe. ¿Lo más moderno? Que era en color. 



Viajamos al cono sur, a la TVN chilena, donde en ese momento se habla de los beneficios del parto normal o con cesárea, cuando interrumpen los chicos de informativos.



Locutor: “No hay demasiada información al respecto, sólo las imágenes que están viendo en directo. Una avioneta se ha estrellado contra una de las torres gemelas de Nueva York.

La información es absolutamente preliminar (…)”. Y así un rato hasta que… “Tenemos contacto ya con nuestra sala de Internacional. Valeria Fonsea ¿ya tienes algún antecedente adicional respecto de lo que hemos informado, Valeria?”, y en ese preciso instante todos vemos cómo un avión se estrella contra la segunda torre, y oímos:

Valeria: “Mauricio, es tan reciente lo que está ocurriendo”. Afortunadamente le interrumpe el primer locutor.
Locutor: “Mira, mira…” 



Valeria: “Sí, hay una explosión… desconocemos qué está ocurriendo”, y, como si no acabara de creerse lo que acaba de ver, prosigue con naturalidad hablando de lo que ocurrió con la primera torre. “Solo se sabe que fue una avioneta comercial que chocó contra una de las Torres Gemelas… es muy extraño lo que ocurrió porque no es una zona donde normalmente pasen avionetas y menos a esa altura (…) y vemos ahora que el fuego se ha propagado a la torre vecina. Ha habido una explosión…”.

Afortunadamente el primer locutor encarrila la situación. Deberá estar pensando para sus adentros que 'para qué conecté yo con la sala de Internacional si por contarnos no nos cuentan ni lo que acaban de ver claramente'.

Locutor: “Sí, hay un segundo avión que ha impactado hace sólo unos segundos, un avión, no podemos hablar de una avioneta… es un avión de un tamaño mediano el que se ha estrellado hace sólo un instante cuando ya estaba en llamas una de las torres del World Trade Center”.

La periodista de la Fox, Glenn Beck, ilustra a sus seguidores sobre el lado positivo de las cosas, y del 12 de septiembre de 2001 afirma que “durante un breve espacio de tiempo realmente nos prometimos centrarnos en las cosas que eran realmente importantes: los amigos, la familia, los principios eternos que permitían que Estados Unidos se convirtiera en un faro para el mundo” (Zernike). 

Análisis.

De Estulin interesa a este análisis su observación teórica sobre la realidad y la imagen de ella. “La realidad se tornó espectáculo”, dice, por ejemplo, del 11-S, y se pregunta: “¿Qué significa todo eso? Tenemos que contextualizar los acontecimientos para que tengan algún tipo de significado, de la misma forma que un detective de homicidios examina las pistas en la escena del crimen”, se (nos) contesta. Y prosigue, para lo que nos compete: “La imagen actúa directamente sobre la mente inconsciente, transmite bibliotecas enteras de información en un solo momento, establece vínculos de conexión con otras imágenes”. Llegado a este punto, asevera: “Esa es la razón por la que, sinceramente, no se debe confiar en la imagen (…) Necesitamos un contexto” (Estulin).

Ligamos sus observaciones con las del profesor de la Escuela de Cine y Vídeo de Andoain, Joseba Zúñiga (Zúñiga), que muestra su contrariedad con eso tan subjetivo como es la objetividad. Lo contrario, la subjetividad, nos dice, “no surge sólo a la hora de contar o filmar un hecho, sino también a la hora de elegir qué suceso contar y bajo qué punto de vista”. A su juicio, las imágenes de un hecho “no son, por definición, la forma más objetiva de conocerlo”. Para él, la imagen es esencial para comprender un hecho determinado, “pero en la captación de esa imagen existen diversas decisiones, y por tanto, elementos subjetivos”. “De hecho”, agrega, “podemos tener tantas imágenes diferentes de un motivo como personas lo han estado grabando, ya que cada una lo hace desde su punto de vista”. Pero, lo que nos parece más relevante de su análisis: “La imagen llega a la emoción de las personas”. Primero, dice, provoca en el espectador un impacto, tras el que llega la idea asociada a las imágenes en cuestión: “Todo eso predispone de tal manera al espectador que la objetividad de la narración audiovisual queda muy afectada”. Concluye que el medio audiovisual (pienso en aquella solitaria cámara de la CNN) no garantiza la objetividad, ni siquiera “una forma verdadera de mostrar la realidad, sino tan solo una versión creíble y verosímil”.

La cámara de la CNN no estaba sola. Decenas, centenares de pequeñas cámaras (quién sabe cuántas) seguro que recogerían aquellos momentos. Vecinos de Nueva York en sus teléfonos móviles, turistas en sus Canon… En este tiempo hemos visto algunas imágenes, no sabemos si las únicas, sí las que sus dueños decidieron hacer públicas, sí las que pasaron un hipotético filtro de las autoridades previo a su difusión. En YouTube hallamos de todo, o de nada.

En 2009 conocemos un estudio (Mayoral) sobre el uso de material impactante por parte de las televisiones 
españolas, donde se advierte una cada vez mayor presencia en antena de producciones caseras: “Tarde o temprano termina por aparecer un vecino que ha grabado la secuencia de la explosión”, indica Mayoral, quien agrega que últimamente la tendencia, por parte del 'grabante' es colgarlo en YouTube, con lo que “la imagen llega antes que la propia información”.

Riesgo alto de descontextualización (revivo lo dicho por Estulin), que nos sugiere el siguiente experimento; probemos a ver las primeras imágenes televisadas de las torres gemelas, pero sin sonido, sin escuchar, aun precarias, las explicaciones de los locutores de turno. Nos hemos sometido a la experiencia, que arranca con la interrupción de todas las programaciones televisivas y la conexión con CNN, que ofrece la imagen de un aparatoso incendio en una de las torres gemelas (Hemos elegido una televisión chilena). 

Conclusión emocional: No puede ser, no parece real, ni siquiera cuando a los pocos minutos de ver columnas de humo y fuego intentando escapar de una de las torres, observamos cómo un avión de pasajeros se estrella contra la otra torre, lo que ocasiona un derroche de fuego que casi epata a la primera de las torres. Todo eso lo hemos visto ya en alguna película. No digo nada nuevo, pero sin contexto, no sólo no lo creo, sino que me impresiona menos. Seguimos sin oír nada, pero un subtítulo nos avisa de que un avión se acaba de estrellar contra una torre, la que acabamos de ver en directo, pero aún desconocemos qué pasó con la primera. En ese instante, abrimos sonido: Los locutores de las televisiones seguidas para este trabajo mantienen la tesis de la avioneta, aunque sus respectivos subtítulos ya emplean el genérico “avión”, que, como todo el mundo sabe, sirve para avión de pasajeros, avión de carga, avión militar, avioneta… A nuestra cámara, la del génesis, le hemos tomado cariño, incluso la torpeza ocasional del operador nos aporta a las imágenes que vomita más verosimilitud que la de aquellas otras que nos llegan a través de las cámaras de aislados helicópteros que sobrevuelan la zona, ya de otras emisoras de televisión.

Rememoramos el "cinèma verité" y empezamos a discrepar de Estulin. Por lo que llevamos visto, el contexto oral nos distrae de lo que ocurre. La imagen me revela una historia que no coincide con la que me cuentan. Sigo ahora CNN en inglés (aun traducida al castellano), y transcurridos unos tres minutos del impacto del segundo avión contra la otra torre, el informador sigue especulando sobre que la nueva explosión sería consecuencia del primer avión que se estrelló; pasados no muchos segundos, tras advertir que sale humo de la segunda torre, se pregunta por la tesis de un segundo avión: el espectador asiste atónito a la contextualización sonora, pues lleva advertido tres minutos antes de que así ha sido. La imagen sin sonido, aún pareciéndonos más irreal, más ficción, nos contextualiza mejor en lo que ocurre. La batalla, estimados Estulin, Zúñiga y tantos otros, la gana esta vez el ojo-cámara de Vertov.

El periodista Juan Pedro Valentín (Valentín) afirma que desde el 11-S la televisión se ha convertido en el “gran referente” de la información de grandes acontecimientos. Siempre creí que lo era desde la llegada del hombre a la luna, o, antes, del asesinato de Kennedy. No sé. Valentín, admirablemente, creo, observa, no sin cierta preocupación, que el espectador exige hoy a las televisiones “que estén en directo en los lugares donde se produce la noticia”. “Si me diste en directo el 11-S”, señala en voz del espectador, “si llevaste a mi casa la toma de Bagdad, si me enseñaste cómo el tsunami devoró las costas de Indonesia (el artículo es escrito con anterioridad al muy visualizado de Japón), ¡cómo no vas a darme cualquier otro evento mundial!

Pero ocurre, agrega Valentín, que los periodistas de televisión “no todos los días tenemos un 11-S para contar. ¡Tachán!, llega la observación que esperábamos (y temíamos): “Podemos caer en la tentación” de hacer de cada día “algo parecido a un 11-S” acercando la información al espectáculo, lo que se conoce como “infoteiment”: información más entretenimiento. ¿Cómo? Pues haciendo un uso inhabitual de grabaciones caseras o mostrando estas habituales secuencias en las que el vehículo de un delincuente es aparatosamente perseguido por la policía por las calles de una ciudad del este de Arizona, estado que no terminamos de ubicar en ese país, como, ni mucho menos, el motivo de la persecución: “No es una noticia, es una imagen”, denuncia Valentín. Ahí es donde Vertov pierde su batalla, y cuando echamos de menos a aquella torpe cámara ubicada en alguna terraza de la manzana aquel 11-S. 

Obra consultada:

Zernike, Kate. “La revolución del Tea Party”. pág. 39. Planeta. Barcelona. 2011.
Estulin, Daniel. “Desmontando Wikileaks”. págs. 156, 222 y 230. Planeta. Barcelona. 2011.
Zúñiga, Joseba. “Cultura audiovisual”. pág. 27. Ed. Producciones Escivi S.A. Andoain. 2009.
Mayoral, Javier. “A la búsqueda del impacto”, artículo que recoge una investigación de la UCM a propuesta de la APM, publicado en “Cuadernos de periodistas”, núm. 18, noviembre de 2009. pág. 71. Ed. APM. Madrid.
Valentín, Juan Pedro. “Las amenazas de los informativos de televisión”, artículo publicado en “Cuadernos de periodistas”, núm. 9, enero de 2007. pág. 64. Ed. APM. Madrid.

Videografía consultada:

http://www.youtube.com/watch?v=yrVopfes8_w
http://www.youtube.com/watch?v=eOCeN1i3iZ0
http://www.youtube.com/watch?v=DDoaLUfSNeo
http://www.youtube.com/watch?v=S87upr

miércoles, 14 de marzo de 2012

El camarote de los hermanos Marx o cómo se hace un telediario



Zúñiga (Zúñiga, 2009) ubica al realizador en el centro de todo. Dice de él que en una producción audiovisual, como es, por ejemplo, el informativo que nos ocupa, el realizador es “figura clave”, “en otras palabras”, añade, “el director y responsable último del programa”.

Piedrahita (Piedrahita, 2004) acota los roles y advierte de lo pernicioso que es que el editor y/o presentador sea a la vez el director de la cosa. Él alude a la dirección global de los informativos, pero nos sirve de rondilla para el caso. Advierte pues de que “no se puede dirigir con eficacia todo lo referente a la información que se divulga en los telediarios (…) y a la vez estar ocupado intensamente del telediario principal” como editor/presentador.

Excepción a esta regla pudiera ser Hermann Tertsch, que era director del telediario que presentaba en Telemadrid, y a quien tal circunstancia no le aflojaba el pulso cuando editorializaba.


No es fácil fijar las diferencias, pero ni siquiera las facultades lo ponen fácil, al ofrecer en sus enseñanzas el paquete de productor/realizador/director (véase la Complutense, por ejemplo, y otras).

Por ordenar, diríamos que el realizador es responsable de coordinar al personal técnico, lo técnico en sí mismo, elaborar escaletas, supervisar guiones, proponer atrezzo, ordenar el plató… El productor habría posibilitado los medios para que el realizador operase lo suyo. También se ocupa de proponer, diseñar y/o ordenar contenidos informativos, en estrecha colaboración con los redactores que los aportan. El director ya ha sido descrito, o aún está por definir por los teóricos, quién sabe.

Ya en serio, el productor es conocido coloquial y familiarmente como el ‘machaca’ de la casa. En cine, el papel es más diáfano: es quien pone la pasta. Pero en informativos, el que eufemísticamente describe Poveda como quien “trabaja en la sombra”, es el anónimo personaje que se encarga de buscar, cotejar, hallar, preguntar, analizar, suspender o aprobar, desestimar o aceptar, y también asumir toda la responsabilidad del desastre, si éste tuviera lugar, en tanto que lo contrario será, como normal general, atribuido al director, al realizador o, en su defecto (aunque no es objeto de análisis) al editor/a-presentador/a de turno: por qué no, incluso, al presidente de la cadena.

Para aliviar esta carga, el productor suele convencer a Recursos Humanos para que complete la Sala de Control con lo que viene a llamarse ayudante de realización, sobre quien, a modo de terapia, el realizador descarga lo que puede.

En este ámbito, el informativo, aunque la teoría describe para cada uno una responsabilidad, incluso un escenario, los roles de realizador y director se solapan ya en origen. En tanto que uno es, dice Poveda, la “cabeza visible de toda la obra audiovisual”, podríamos decir que el director también lo es; al menos se reivindica como tal, qué menos. Como también el director puede ser el conductor del programa, con lo que el realizador pasaría a formar parte del elenco ‘antesdicho’ de los machacas, operarios de segunda, para entendernos.

Esto, en el ámbito local apenas supone problema alguno. El papel de director, realizador y productor, y, a veces, de conductor incluso, puede llegar a ejercerlo un solo individuo con lo que probablemente el producto salga en mejores condiciones.

Consulté:
Piedrahita, M. (Octubre de 2004). Novedades y obviedades en las noticias de televisión. (A. d. Madrid, Ed.) Cuadernos de periodistas.
Zúñiga, J. (2009). Cultura audiovisual. Andoain (Guipúzcoa): Producciones Escivi S.A.
Poveda, Miguel Ángel (experto de cabecera en Comunicación Audiovisual) 

miércoles, 7 de marzo de 2012

De profesión, radiofonista


Si el debate sobre qué es un periodista está aún en el aire, qué no lo está en su relación con el ámbito de la radio. Leo que el diario “El País” pregunta a los licenciados (en cualquier cosa) si desean ser periodistas, y les ofrece como solución un año de su máster. Así que un licenciado en Pediatría o en Biología puede ser en un año un próspero periodista. Para qué cinco años -o cuatro ahora de Grado- de estudio de Periodismo si en un año un máster te convierte en periodista.

No ocurre así a la inversa. Un periodista no se convertirá en un biólogo gracias a un máster de un año. Afortunadamente, para los bichos, se entiende.

Pero, a lo que voy. ¿Un periodista licenciado o graduado puede, debe, es o será necesariamente un buen “radiofonista”? Creo (estoy absolutamente seguro) que no. Pero lo creo como creo que un abogado puede ejercer profesionalmente a las mil maravillas defendiendo los intereses de una empresa desde el departamento de despidos, pero ser un pésimo penalista, que es lo que, en principio, se esperaba de él.


Hace 50 años, al radiofonista, al locutor, se le pedía que conociera los temas de los que hablaba, una correcta construcción gramatical y un “disciplinado adiestramiento aplicado a una habilidad natural”.

Arranco por lo último, la “habilidad natural”, porque se trata de eso; como en televisión, como en el cine o la fotografía: “Es que la cámara le gusta” (es gustado/a por la cámara). Eso es una “habilidad natural” que me distingue, como al penalista del “despedidor”. 

Si mi voz es solo boceto, si no logro pronunciar sin aspavientos tres erres continuadas (¡Estás escuchando Radio Romerales de la Riba!), si mi acento no lo entiende ni Artur Mas o si hablo tan deprisa que leyendo una noticia pareciera que la estoy creando sobre la marcha yo mismo, entonces, entonces, habría de pensar en trabajar en la televisión, que en estos tiempos ya te contratan como si hubieras hecho una oposición, sin mayores exigencias.

Coñas aparte, podemos aparcar el debate sobre la formación universitaria en periodismo: a fin de cuentas se trata de que sepamos algo de algo. Pero creo más que razonable que tal cosa no sea imprescindible para el ejercicio del periodismo de radio en tanto que este precisa de esa “habilidad natural” que no a todos nos es dada, mientras que nuestra formación es cosa posible de arreglar. 

Una “habilidad natural” que es innata, personal e intransferible, como que te quiera la cámara, como que se te lleven los demonios cada vez que aprecias una falta de ortografía en un anuncio publicitario o en un subtítulo en un telediario.

En segundo lugar, al hilo de, la construcción gramatical: vigencia plena, debiera. Las mañanas de los viernes nos divertimos en la Ser oyendo los trabalenguas radiofónicos, desde la del redactor de Radio Huelva hasta la del propio Francino: nadie escapa. Sigamos trabajando en ello.

Tercer y último aspecto reseñado en 1965: Saber de qué se habla, eso que nuestras mamás nos reprochaban siendo niños, más tarde nuestras novias/os, y aún después nuestros hijas/os: “No sabes de lo que hablas”. Todavía no he encontrado en una facultad donde se estudie Periodismo una asignatura llamada “Aprendizaje para saber de lo que se habla”, a mi modo de ver, de nueve créditos y válida también para estudiantes de Políticas o de Derecho.

Por ir acabando. Me quedo con lo que subraya el radiofonista (y orgullosamente no licenciado ni graduado) Iván Tenorio, autor de “La nueva radio”: “Las reglas están para romperlas”, pero recuerda: “Con el fin de no repetir errores del pasado, el buen comunicador en radio debería conocer las reglas ya establecidas, fruto de la experiencia acumulada”. De no ser así, nunca dejaré de llorar por la desaparición del Revox.