“La rana mágica”
Raúl del Pozo
Ed. La esfera de los libros.
Del Pozo escoge para el
lector un total de 29 personajes de la historia del pensamiento, desde los muertos, como
Aristóteles, hasta los vivos, como Fernando Savater. Bueno, mejor dicho, hasta
el vivo, pues sólo Savater está aún en condiciones de rectificar, no así el
resto. Semblanza de cada uno de los retratados donde el autor se deja llevar, a
propósito, por sus preferencias personales, como cuando, frente a las críticas
desatadas contra Ortega y Gaset (con una sola ese), en las que se le acusa poco
menos que de fascista y maestro de falangistas, afirma que ello, “como diría un
castizo, me es inverosímil”.
Para Del Pozo, Ortega es “el
(Carlos) Marx liberal, un griego en el parque de el Retiro”. Y hablando de
Marx, el autor defiende su aportación no
sin lamentar que “su lucidez fue más tarde la coartada para tiranías”. “Una de
sus hijas comentó”, cuenta Del Pozo: “Nos leía poemas homéricos, los Nibelungos
y Don Quijote de La Mancha
e hizo de Shakespeare la Biblia
de nuestra casa”. Y todo eso al tiempo que informaba al mundo de que en su
tiempo, a mediados y finales del XIX, “a las dos, a las tres y a las cuatro de
la mañana, niños de nueve a diez años
son sacados a la fuerza de sus sucias camas y obligados a trabajar por la
simple comida hasta las diez, once y doce de la noche. La delgadez les reduce
al estado de esqueletos”.
Del Pozo se nutre a lo largo
de este ensayo de ensayos de Menéndez y Pelayo y de Borges para barnizar a sus
personajes. Al primero le dedica su
parte del pastel, para reconocer que sí, que fue historiador parcial y
ultracatólico, pero también, en boca de uno de sus biógrafos, de “sobrenatural
memoria e inagotable fuerza de trabajo”. También recurre el autor al punto de
vista expresado por Giaccomo Casanova durante su estancia en España, y
particularmente en los alrededores de la Corte , para acercarse al Conde de Aranda, “primer
radical, primer intransigente tranquilo”, repartiendo mandobles como pudo
contra la Iglesia
católica, que “intentó acelerar la
Historia ”, como los Esquilache, Floridablanca o Campomanes.
También refiere Del Pozo la
costumbre de nuestros santos por enmendar su vida en el casi ocaso de la misma.
Como si de una tradición fuera, vida licenciosa, carnal y pendenciera para
concluir en la mediana edad entre las paredes de un convento y recitando
mandamientos de lo que no debe hacerse, como purgando pecados propios, pero sin
permitir que otros pudieran aprender de similar “experiencia”.
Así hallamos a santa
Teresa de Ávila, la “sublimación de la libido”, “que en su radiante juventud
usó perfumes y joyas y tenía muy buen gusto para elegir vestidos”. En su
momento de “estrés intenso de la fe”, ella misma “quitaba importancia a la
propia trascendencia delante de sus monjas” a quienes decía que las suyas “eran
tonterías de mujeres”, leo.
O como san Agustín, para
quien la medida del amor es amar sin medida, como de joven pareció practicar de
la mano de los maniqueos, secta a la que perteneció y que luego persiguió y
masacró. Antes de sus Confesiones, este padre de la Iglesia católica “tuvo un
hijo con una concubina, pegó el braguetazo con una dama rica…”. Pero no fue el
único hombre santo de vida compleja. Ramón Llull (Lulio para Menéndez y
Pelayo), destruyó para siempre, en su “segunda vida”, las “trovas que dedicó a
las damas”, obras que nunca conoceremos de un intelectual que “comprendió la
vanidad de los deleites” tras entrar en la iglesia de San Eulalia a lomos de su
caballo persiguiendo a la genovesa Ambrosia del Castelo. Llull era entonces
hombre casado y con hijos, a los que abandonó para entregarse a Dios.
Góngora, Platón, Sócrates,
Gracián, Servet, Lluís Vives, Leonardo…hasta el alcalde de Madrid Enrique
Tierno Galván ocupan páginas en “La rana mágica”. Puede que a la brillante
prosa de Del Pozo solo se le pueda poner un pero, que es ir acompañado en algunos
pasajes del sospechoso César Alonso de los Ríos, de quien no advierte como sí
hace de Garmendia de Otaola. Hubiera estado bien.


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