Unas notas sobre:
“La espiral del silencio”, de Elisabeth
Noelle-Neumann
Paidós Comunicación. Barcelona.
Octubre de 2010.
Traducción de
Francisco Javier Ruiz Calderón
(Foto: Luis Miguel Belda)
Cronograma del grito de Munch,
desde el silencio
(Página a página de ‘La espiral
del silencio’)
Sócrates o Jesús, víctimas de una
opinión pública conformada por una suma de individuos aislados temerosos de la
opinión del que tienen al lado, quien puede ser la representación del Edipo
presto a arrancarse los ojos, en el preciso instante en el que adquiere
conciencia de “su falsa identidad” y “está en condiciones de avanzar por esa
segunda senda del saber que consiste precisamente en la posibilidad de vivir la
experiencia del hombre sin el refugio de identidades y de convicciones” (Argullol,
2000) ¡Ay si Noelle-Neumann se hubiera topado con
ese prototipo de Edipo, a saber qué le habría contestado sobre Adenauer!
¿Qué es la opinión pública? Harwood Childs (pág. 83), un profesor
de Princeton que no tendría mejor cosa que hacer, establece hasta cincuenta
definiciones, una de ellas, la del historiador alemán Hermann Oncken (pág. 84) de lo más libinidosa: “Algo que flota y fluye no puede entenderse encerrándolo en una
fórmula”. Noelle-Neumann nos conduce hacia La República de Platón (pág. 85)
desde donde se desliza con esta breve parada dialéctica sobre la cuestión (que
resumo):
-
- “¿Entonces
piensas que la opinión es más oscura que el conocimiento pero más clara que la
ignorancia?
Exactamente”.
Para que más. Bueno, quizás algo
más, pero estoy perezoso, como el aislado. Y como aislado pienso en el ‘efecto del carro ganador’, que se
explica en el deseo de evitar mi propio aislamiento, y de nuevo me insuflo de valor
y fortaleza para… no, aún no ha llegado el momento de gritar en el vacío. Munch
debe esperar.
El “‘individuo expuesto’. Es el
miedo al aislamiento, a la mala fama, a la impopularidad; es la necesidad de
consenso” (pág. 87). Y parecen ser los más avispados en darse cuenta de qué
posición ocupan en el tablero en un momento dado los “individuos corrientes”.
Llegamos a una brillante (y vibrante)
aserción de la autora de “La espiral del silencio”: “Los intelectuales, fascinados por el ideal del individuo emancipado e
independiente, apenas han caído en la cuenta de la existencia del individuo
aislado temeroso de la opinión de sus iguales”. Posiblemente los que
vibrarán con Amanecer Dorado y con sus aplausos parecerán emular eventuales
bofetadas a diputadas comunistas.
Aquí me detengo, pero para tomar
impulso y dar un salto a la página 190, pues deseo analizar de qué modo el “estereotipo” domina sobre el “individuo corriente” que teme quedarse
sin amiguitos, y, como ya hemos visto, sin la atención académica debida,
perdidamente entregados los pensadores en describir a sujetos de ‘más peso
social’ como Sarkozy, por ejemplo.
El estereotipo tiene la virtud,
señala la autora del ensayo que nos concierne, de propagarse “rápidamente” en las conversaciones;
dice que como “nubes de tormenta” “se ciernen sobre el paisaje de la opinión
pública durante un tiempo y después pueden desaparecer para siempre”. Es el
deseo de todo gobernante, que lo suyo sea una especie de “nube de tormenta” que
cale hasta los huesos según convenga para, al salir el sol, todos se pregunten
qué ha pasado, dónde estoy, como en el mundo de los ciegos de Saramago.
Lippmann es aún más poeta al describir la fuerza del estereotipo sobre la
opinión pública como eso que penetra “como
el aire que nos rodea, desde las alcobas más ocultas de la casa hasta las
gradas del trono” (pág. 191). Estereotipos que convierten a Aznar en amigo
de la guerra, cuando todo el mundo sabía que simplemente lo hacía por dinero;
que convierten a Zapatero en amigo de la paz, cuando todo el mundo sabía que
simplemente no tenía alternativa. Todo parece casar, y derivarse de algo
anterior, como una milhoja: estereotipo,
logotipo, prototipo… tipo, al fin, nuestro
individuo corriente.
Un paso atrás. “Los que se sienten relativamente aislados de los demás son los que con
mayor probabilidad participan en un vuelco en el último minuto. Parece que el
miedo al aislamiento es la fuerza que pone en marcha la espiral del silencio”
(pág. 23).
“Al menos se puede permanecer en silencio como segunda mejor opción,
para seguir siendo tolerado por los demás” (pág. 24).
¿Pero de qué silencio hablamos?
El abate Dinouart (Dinouart, 2001) nos sumerge en la mayor de las
oscuridades al respecto, y eso que su intención es sana: “El silencio prudente
conviene a las personas dotadas de buen espíritu”, pero también hay un
“silencio artificioso” que “agrada a los espíritus menguados, a las gentes desconfiadas, vengativas…”; ¿se
trata acaso de un “silencio burlón”? ¿De un “silencio aprobatorio” o del
silencio “del desprecio”? A saber.
“Llevar ostensiblemente un periódico de una tendencia política conocida
es una forma de hablar; mantenerlo oculto en una cartera o bajo un periódico
menos partidista es una manera de quedarse callado” (pág. 42). ‘Y yo que
paseaba tan orgulloso las mañanas de domingo’, me susurra al oído un lector
creído en el compromiso, que no predispuesto, que es cosa más seria. Vamos, del
montón. Dice Noelle-Neumann que los resultados de sus encuestas “sustentan la afirmación de que,
independientemente del asunto del que se trate y de la intensidad de la
convicción, algunas personas son más propensas a hablar y otras a quedarse
calladas” (pág. 44). Reviso “La palabra libre en la ciudad libre” (Montalbán,
2003)
, de Manuel Vázquez Montalbán, en busca de consejo, pero solo hallo consenso:
“Era lógico que un poder dotado de resortes para silenciar estructuralmente a
los discrepantes tenga individuos suficientes para ir tapando las bocas con las
manos, de una en una, y es igualmente lógico que disponga de teóricos para
justificar esta conducta”. Al comunismo alude en estas consideraciones el
profesor, escritor y periodista catalán, pero me suena y me sirve hasta para el
modelo escandinavo.
Todos nos devuelve, de alguna u
otra manera, al “fenómeno del ‘carro
ganador’”, que supone “un esfuerzo por estar con los ganadores,
en esta ocasión ‘olvidando’ selectivamente haber votado por otro partido”
(pág. 51). “No se trataba tanto de una
tendencia a estar en el bando vencedor como de un intento de evitar el
aislamiento del propio medio social” (pág. 53). Esto le pasa incluso a los
héroes. Revive Arcadi Espada (Espada, 2008) cuando Iñaki Gabilondo interpeló a
Felipe González: “¿Organizó usted el GAL?”, a lo que este respondió: “No”, “y
se pasó a otra cosa”, apunta Espada: “Los límites de la interpelación”, como de
la manifestación del punto de vista, pues, “incluso en una tarea inofensiva que no afecta a sus intereses reales y
cuyo resultado debería resultarles completamente indiferente, la mayor parte de
las personas se unirá al punto de vista más aceptado aun cuando estén seguros
de su falsedad. Esto fue lo que Tocqueville describió así: ‘Temiendo el
aislamiento más que el error, aseguraban compartir las opiniones de la mayoría’”
(pág. 60).
En este punto, me detengo para
releer al Tocqueville de “La democracia en América” (Tocqueville, 2005, pág. 456) afirmar que “las
naciones salvajes no se gobiernan más que por las opiniones y las costumbres”.
Hace más de 180 años que fue escrito lo que ni Nostradamus para hoy hubiera
imaginado. Y tanto que me suena que estamos a las puertas, si es que los blogs,
ese mal llamado periodismo ciudadano, no lo remedia, acampe o no en la plaza
pública; ya eso es lo de menos. O lo de más (también lo demás).
Y si nos apresuramos a dejarnos
guiar por las opiniones y las costumbres, corremos un serio riesgo de colapso.
“Yo creo que la mente se puede profanar permanentemente con el hábito de
escuchar cosas triviales, de modo que todos nuestros pensamientos se teñirán de
trivialidad”, asevera Thoreau (Thoreau, 2005, pág. 75) , el ‘desobediente’
con causa.
La rueda pinchada por ser de lo
que se es. Ihering (pág. 81)
afirmando que la “desaprobación que
castiga a alguien que se aparta de la opinión mayoritaria” puede explicarse
es una “defensa para la propia
protección”. Todavía el 30 de noviembre de 2009 alguien preguntaba en una
web de coches (forocoches.com, 2009) lo siguiente:
“¿Es peligroso ir al País Vasco
'profundo' con matrícula de Madrid? Como no puedo permitirme otra cosa, mi
coche tiene una matrícula de las antiguas. ¿Me romperían/quemarían/rallarían mi
coche si voy al País Vasco 'profundo'? Hablo de localidades tipo Mondragón,
etc. También le he puesto la pegatina con la E (la blanca, no la azul de la
matrícula), porque me hace falta para salir fuera de España. Supongo que sería
más sensato quitarla antes de ir”.
Estamos a punto de alcanzar el
mando a distancia, eso que los teóricos llaman eufemísticamente (y de modo
engorroso en su traducción a nuestro idioma) la “función de establecimiento del orden del día”. “Lo que no se cuenta no existe”, epígrafe
valioso de “La espiral del silencio” que nos introduce en el “mundo real” que
modelan para todos los mass media, pues nos es imposible abarcar el todo:
abrimos la ventana y digerimos el menú que se nos ofrece. El medio se ve
forzado a decidir qué mostrar de ese “mundo
real”: “Papá si un árbol se cae en el bosque y los medios…”, el chiste.
Es llegado el momento en que el
ciudadano somatiza aquello del cuarto poder, y empieza a tener miedo, como a
cualquier otro poder. Y surge la “impotencia”
(pág. 204) por parte del civil, aunque solo sea porque no puede contestar al
mass media, solo oírle, leerle, verle, pero no establecer una comunicación de
tú a tú como desearía.
Al mass media, lo damos por
seguro, tampoco le interesa esa comunicación: también siente pánico a que se
produzca, pues tras el mass media también hay un “individuo corriente”, que teme quedarse “aislado” y al que la sola idea de viajar en un tren con otros y que
le ofrezcan conversación, sea el tema de su gusto o no, le produce urticaria, y
desazón hasta el límite del descontrol social, ese mismo al que, como un dios,
jugaba a enderezar.
Noelle reproduce que los medios
dotan a las personas de “las palabras y
las frases que pueden utilizar para defender un punto de vista”, y que
cuando esa gente “no encuentra
expresiones habituales, repetidas con frecuencia, a favor de su punto de vista,
cae en el silencio; se vuelve muda” (pág. 226). ¡Qué mala suerte la del
periodista que, además de informar, entretener, confesar, compartir, denunciar,
‘empatizar’, proponer, disponer… debe también darle jerga al gentío para que no
caiga en el silencio, no sea que acabe por verse envuelto en esa espiral
turbulenta y se difumine en el aire como el tejado de un rancho de Alabama por
uno de esos tornados cuya (ajena) devastación tanto gusta ver al ciudadano.
Si ya Hesíodo (cita Noelle en la
pág. 231) advertía siete siglos antes de que Jesús entrara en Jerusalén dando
gritos ‘munchianos’ que el mejor modo de sobrevivir es hacer y evitar “el habla de los hombres”. Porque,
apuntaba, el habla es “tramposa, frívola
y se despierta fácilmente”. De qué si no huían los entonces venerados
eremitas sino del habla, cuyos contemporáneos, los funcionarios públicos, no
persiguen sino lograr que una oposición les salve de los demás; que les proteja
detrás de una mesa de despacho (por ridícula que sea) de esa opinión pública
(sus propios compañeros incluidos) voraz y hambrienta de cadáveres. Si no cómo
se entiende que Jesús la emprendiera a porrazos contra aquellos a los que quería
convertir contra el romano y a favor de su dios solo porque vendían sus
baratijas cerca del templo. ‘¿Pero qué se ha creído este tal Jesús que, acaso,
puede romperme el producto? Mejor que me lo roben, que es más digno y lo paga
el seguro’; y de ahí a Barrabás, un paso, cuya risa aún hace eco en nuestros
tímpanos, la risa que ya destaca Homero (pág. 246), como delator de cosas, en
contraposición con (¿la sonrisa?) lo que advierte el secretario de F. Nietzsche
(pág. 252), Carl von Gersdorff, al señalar que gran parte del poder de la
opinión pública procede del temeroso silencio de muchos individuos. ¿Una
opinión pública silenciosa? Creíamos que la opinión pública era dirachachera,
suelta en palabras, en dimes y diretes, pero nos cuentan que la callada puede ser también respuesta.
La opinión pública puede ser, si no
es ya, la marabunta que arrasa lo que a su paso encuentra. Una legión de
hormigas que, por medio del grito o
del silencio, se defiende de quienes
sostienen opiniones distintas a la suyas, normalmente, procedentes de grupos
minoritarios. ‘Dejamos que los chicos del 15-M tomen provisionalmente la plaza,
pues la plaza es nuestra. Non problem’, dice la opinión pública, que agrega:
‘Estoy contigo, con Jesús, con Sócrates, pero ahora me viene mal manifestarme,
que he quedado para comer fuera con unos amigos. Ya si eso, mañana’, bromea José Mota, el último mohicano en esto de descubrir silencios públicos.
Bibliografía:
forocoches.com. (30 de noviembre de 2009). Recuperado el 7 de mayo
de 2012, de http://www.forocoches.com/foro/showthread.php?t=1513014
Argullol, R. (2000). Aventura.
Una filosofía nómada. Barcelona: Plaza y Janés Editores.
Dinouart, a. (2001). El
arte de callar. Madrid: Ediciones Siruela.
Espada, A. (2008). Periodismo
práctico. Pozuelo de Alarcón (Madrid): Espasa.
Montalbán, M. V.
(2003). La palabra libre en la ciudad libre. Barcelona: Grupo Editorial
Random House Mondadori S.L.
Thoreau, H. D.
(2005). Desobediencia civil y otros escritos. Madrid: Alianza Editorial
.
Tocqueville, A. d.
(2005). La democracia en América. Madrid: Alianza Editorial.

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