martes, 3 de julio de 2012

"Es mejor permanecer callado y parecer tonto que hablar y despejar las dudas definitivamente" (Groucho Marx)


Unas notas sobre:

“La espiral del silencio”, de Elisabeth Noelle-Neumann
Paidós Comunicación. Barcelona. Octubre de 2010.
Traducción de Francisco Javier Ruiz Calderón


(Foto: Luis Miguel Belda)

Cronograma del grito de Munch, desde el silencio
(Página a página de ‘La espiral del silencio’)

Sócrates o Jesús, víctimas de una opinión pública conformada por una suma de individuos aislados temerosos de la opinión del que tienen al lado, quien puede ser la representación del Edipo presto a arrancarse los ojos, en el preciso instante en el que adquiere conciencia de “su falsa identidad” y “está en condiciones de avanzar por esa segunda senda del saber que consiste precisamente en la posibilidad de vivir la experiencia del hombre sin el refugio de identidades y de convicciones” (Argullol, 2000)  ¡Ay si Noelle-Neumann se hubiera topado con ese prototipo de Edipo, a saber qué le habría contestado sobre Adenauer!

¿Qué es la opinión pública? Harwood Childs (pág. 83), un profesor de Princeton que no tendría mejor cosa que hacer, establece hasta cincuenta definiciones, una de ellas, la del historiador alemán Hermann Oncken (pág. 84) de lo más libinidosa: “Algo que flota y fluye no puede entenderse encerrándolo en una fórmula”. Noelle-Neumann nos conduce hacia La República de Platón (pág. 85) desde donde se desliza con esta breve parada dialéctica sobre la cuestión (que resumo):
-       
- “¿Entonces piensas que la opinión es más oscura que el conocimiento pero más clara que la ignorancia?
     Exactamente”.

Para que más. Bueno, quizás algo más, pero estoy perezoso, como el aislado. Y como aislado pienso en el ‘efecto del carro ganador’, que se explica en el deseo de evitar mi propio aislamiento, y de nuevo me insuflo de valor y fortaleza para… no, aún no ha llegado el momento de gritar en el vacío. Munch debe esperar.
El “‘individuo expuesto’. Es el miedo al aislamiento, a la mala fama, a la impopularidad; es la necesidad de consenso” (pág. 87). Y parecen ser los más avispados en darse cuenta de qué posición ocupan en el tablero en un momento dado los “individuos corrientes”.

Llegamos a una brillante (y vibrante) aserción de la autora de “La espiral del silencio”: “Los intelectuales, fascinados por el ideal del individuo emancipado e independiente, apenas han caído en la cuenta de la existencia del individuo aislado temeroso de la opinión de sus iguales”. Posiblemente los que vibrarán con Amanecer Dorado y con sus aplausos parecerán emular eventuales bofetadas a diputadas comunistas.

Aquí me detengo, pero para tomar impulso y dar un salto a la página 190, pues deseo analizar de qué modo el “estereotipo” domina sobre el “individuo corriente” que teme quedarse sin amiguitos, y, como ya hemos visto, sin la atención académica debida, perdidamente entregados los pensadores en describir a sujetos de ‘más peso social’ como Sarkozy, por ejemplo.

El estereotipo tiene la virtud, señala la autora del ensayo que nos concierne, de propagarse “rápidamente” en las conversaciones; dice que como “nubes de tormenta” “se ciernen sobre el paisaje de la opinión pública durante un tiempo y después pueden desaparecer para siempre”. Es el deseo de todo gobernante, que lo suyo sea una especie de “nube de tormenta” que cale hasta los huesos según convenga para, al salir el sol, todos se pregunten qué ha pasado, dónde estoy, como en el mundo de los ciegos de Saramago. Lippmann es aún más poeta al describir la fuerza del estereotipo sobre la opinión pública como eso que penetra “como el aire que nos rodea, desde las alcobas más ocultas de la casa hasta las gradas del trono” (pág. 191). Estereotipos que convierten a Aznar en amigo de la guerra, cuando todo el mundo sabía que simplemente lo hacía por dinero; que convierten a Zapatero en amigo de la paz, cuando todo el mundo sabía que simplemente no tenía alternativa. Todo parece casar, y derivarse de algo anterior, como una milhoja: estereotipo, logotipo, prototipotipo, al fin, nuestro individuo corriente.

Un paso atrás. “Los que se sienten relativamente aislados de los demás son los que con mayor probabilidad participan en un vuelco en el último minuto. Parece que el miedo al aislamiento es la fuerza que pone en marcha la espiral del silencio” (pág. 23).

“Al menos se puede permanecer en silencio como segunda mejor opción, para seguir siendo tolerado por los demás” (pág. 24).

¿Pero de qué silencio hablamos? El abate Dinouart (Dinouart, 2001) nos sumerge en la mayor de las oscuridades al respecto, y eso que su intención es sana: “El silencio prudente conviene a las personas dotadas de buen espíritu”, pero también hay un “silencio artificioso” que “agrada a los espíritus menguados,  a las gentes desconfiadas, vengativas…”; ¿se trata acaso de un “silencio burlón”? ¿De un “silencio aprobatorio” o del silencio “del desprecio”? A saber.

“Llevar ostensiblemente un periódico de una tendencia política conocida es una forma de hablar; mantenerlo oculto en una cartera o bajo un periódico menos partidista es una manera de quedarse callado” (pág. 42). ‘Y yo que paseaba tan orgulloso las mañanas de domingo’, me susurra al oído un lector creído en el compromiso, que no predispuesto, que es cosa más seria. Vamos, del montón. Dice Noelle-Neumann que los resultados de sus encuestas “sustentan la afirmación de que, independientemente del asunto del que se trate y de la intensidad de la convicción, algunas personas son más propensas a hablar y otras a quedarse calladas” (pág. 44). Reviso “La palabra libre en la ciudad libre” (Montalbán, 2003) , de Manuel Vázquez Montalbán, en busca de consejo, pero solo hallo consenso: “Era lógico que un poder dotado de resortes para silenciar estructuralmente a los discrepantes tenga individuos suficientes para ir tapando las bocas con las manos, de una en una, y es igualmente lógico que disponga de teóricos para justificar esta conducta”. Al comunismo alude en estas consideraciones el profesor, escritor y periodista catalán, pero me suena y me sirve hasta para el modelo escandinavo.

Todos nos devuelve, de alguna u otra manera, al “fenómeno del ‘carro ganador’”, que supone “un esfuerzo por estar con los ganadores, en esta ocasión ‘olvidando’ selectivamente haber votado por otro partido” (pág. 51). “No se trataba tanto de una tendencia a estar en el bando vencedor como de un intento de evitar el aislamiento del propio medio social” (pág. 53). Esto le pasa incluso a los héroes. Revive Arcadi Espada (Espada, 2008) cuando Iñaki Gabilondo interpeló a Felipe González: “¿Organizó usted el GAL?”, a lo que este respondió: “No”, “y se pasó a otra cosa”, apunta Espada: “Los límites de la interpelación”, como de la manifestación del punto de vista, pues, “incluso en una tarea inofensiva que no afecta a sus intereses reales y cuyo resultado debería resultarles completamente indiferente, la mayor parte de las personas se unirá al punto de vista más aceptado aun cuando estén seguros de su falsedad. Esto fue lo que Tocqueville describió así: ‘Temiendo el aislamiento más que el error, aseguraban compartir las opiniones de la mayoría’” (pág. 60).

En este punto, me detengo para releer al Tocqueville de “La democracia en América” (Tocqueville, 2005, pág. 456) afirmar que “las naciones salvajes no se gobiernan más que por las opiniones y las costumbres”. Hace más de 180 años que fue escrito lo que ni Nostradamus para hoy hubiera imaginado. Y tanto que me suena que estamos a las puertas, si es que los blogs, ese mal llamado periodismo ciudadano, no lo remedia, acampe o no en la plaza pública; ya eso es lo de menos. O lo de más (también lo demás).

Y si nos apresuramos a dejarnos guiar por las opiniones y las costumbres, corremos un serio riesgo de colapso. “Yo creo que la mente se puede profanar permanentemente con el hábito de escuchar cosas triviales, de modo que todos nuestros pensamientos se teñirán de trivialidad”, asevera Thoreau (Thoreau, 2005, pág. 75), el ‘desobediente’ con causa.

La rueda pinchada por ser de lo que se es. Ihering (pág. 81) afirmando que la “desaprobación que castiga a alguien que se aparta de la opinión mayoritaria” puede explicarse es una “defensa para la propia protección”. Todavía el 30 de noviembre de 2009 alguien preguntaba en una web de coches (forocoches.com, 2009) lo siguiente:

“¿Es peligroso ir al País Vasco 'profundo' con matrícula de Madrid? Como no puedo permitirme otra cosa, mi coche tiene una matrícula de las antiguas. ¿Me romperían/quemarían/rallarían mi coche si voy al País Vasco 'profundo'? Hablo de localidades tipo Mondragón, etc. También le he puesto la pegatina con la E (la blanca, no la azul de la matrícula), porque me hace falta para salir fuera de España. Supongo que sería más sensato quitarla antes de ir”.

Estamos a punto de alcanzar el mando a distancia, eso que los teóricos llaman eufemísticamente (y de modo engorroso en su traducción a nuestro idioma) la “función de establecimiento del orden del día”. “Lo que no se cuenta no existe”, epígrafe valioso de “La espiral del silencio” que nos introduce en el “mundo real” que modelan para todos los mass media, pues nos es imposible abarcar el todo: abrimos la ventana y digerimos el menú que se nos ofrece. El medio se ve forzado a decidir qué mostrar de ese “mundo real”: “Papá si un árbol se cae en el bosque y los medios…”, el chiste.

Es llegado el momento en que el ciudadano somatiza aquello del cuarto poder, y empieza a tener miedo, como a cualquier otro poder. Y surge la “impotencia” (pág. 204) por parte del civil, aunque solo sea porque no puede contestar al mass media, solo oírle, leerle, verle, pero no establecer una comunicación de tú a tú como desearía.

Al mass media, lo damos por seguro, tampoco le interesa esa comunicación: también siente pánico a que se produzca, pues tras el mass media también hay un “individuo corriente”, que teme quedarse “aislado” y al que la sola idea de viajar en un tren con otros y que le ofrezcan conversación, sea el tema de su gusto o no, le produce urticaria, y desazón hasta el límite del descontrol social, ese mismo al que, como un dios, jugaba a enderezar.

Noelle reproduce que los medios dotan a las personas de “las palabras y las frases que pueden utilizar para defender un punto de vista”, y que cuando esa gente “no encuentra expresiones habituales, repetidas con frecuencia, a favor de su punto de vista, cae en el silencio; se vuelve muda” (pág. 226). ¡Qué mala suerte la del periodista que, además de informar, entretener, confesar, compartir, denunciar, ‘empatizar’, proponer, disponer… debe también darle jerga al gentío para que no caiga en el silencio, no sea que acabe por verse envuelto en esa espiral turbulenta y se difumine en el aire como el tejado de un rancho de Alabama por uno de esos tornados cuya (ajena) devastación tanto gusta ver al ciudadano.

Si ya Hesíodo (cita Noelle en la pág. 231) advertía siete siglos antes de que Jesús entrara en Jerusalén dando gritos ‘munchianos’ que el mejor modo de sobrevivir es hacer y evitar “el habla de los hombres”. Porque, apuntaba, el habla es “tramposa, frívola y se despierta fácilmente”. De qué si no huían los entonces venerados eremitas sino del habla, cuyos contemporáneos, los funcionarios públicos, no persiguen sino lograr que una oposición les salve de los demás; que les proteja detrás de una mesa de despacho (por ridícula que sea) de esa opinión pública (sus propios compañeros incluidos) voraz y hambrienta de cadáveres. Si no cómo se entiende que Jesús la emprendiera a porrazos contra aquellos a los que quería convertir contra el romano y a favor de su dios solo porque vendían sus baratijas cerca del templo. ‘¿Pero qué se ha creído este tal Jesús que, acaso, puede romperme el producto? Mejor que me lo roben, que es más digno y lo paga el seguro’; y de ahí a Barrabás, un paso, cuya risa aún hace eco en nuestros tímpanos, la risa que ya destaca Homero (pág. 246), como delator de cosas, en contraposición con (¿la sonrisa?) lo que advierte el secretario de F. Nietzsche (pág. 252), Carl von Gersdorff, al señalar que gran parte del poder de la opinión pública procede del temeroso silencio de muchos individuos. ¿Una opinión pública silenciosa? Creíamos que la opinión pública era dirachachera, suelta en palabras, en dimes y diretes, pero nos cuentan que la callada puede ser también respuesta.

La opinión pública puede ser, si no es ya, la marabunta que arrasa lo que a su paso encuentra. Una legión de hormigas que, por medio del grito o del silencio, se defiende de quienes sostienen opiniones distintas a la suyas, normalmente, procedentes de grupos minoritarios. ‘Dejamos que los chicos del 15-M tomen provisionalmente la plaza, pues la plaza es nuestra. Non problem’, dice la opinión pública, que agrega: ‘Estoy contigo, con Jesús, con Sócrates, pero ahora me viene mal manifestarme, que he quedado para comer fuera con unos amigos. Ya si eso, mañana’, bromea José Mota, el último mohicano en esto de descubrir silencios públicos.


Bibliografía:
forocoches.com. (30 de noviembre de 2009). Recuperado el 7 de mayo de 2012, de http://www.forocoches.com/foro/showthread.php?t=1513014
Argullol, R. (2000). Aventura. Una filosofía nómada. Barcelona: Plaza y Janés Editores.
Dinouart, a. (2001). El arte de callar. Madrid: Ediciones Siruela.
Espada, A. (2008). Periodismo práctico. Pozuelo de Alarcón (Madrid): Espasa.
Montalbán, M. V. (2003). La palabra libre en la ciudad libre. Barcelona: Grupo Editorial Random House Mondadori S.L.
Thoreau, H. D. (2005). Desobediencia civil y otros escritos. Madrid: Alianza Editorial .
Tocqueville, A. d. (2005). La democracia en América. Madrid: Alianza Editorial.

No hay comentarios:

Publicar un comentario