¿Cuál es la
distancia entre la “puta vida” de Soraya Sáenz de Santamaría y la “vida puta”
de los invitados de Toñi Moreno en el
programa ‘Entre todos’ de TVE?
‘ABC’, que
digo yo que para algo deben servir los periódicos en tiempos de crisis
mediática, nos deleita este uno de mayo con la crónica más humana, eso que alguien
llama ahora eufemísticamente ‘periodismo social’. No en vano, en ‘El Mundo’, el
30 de abril, se citaba al periodista Carlos Alsina, de Onda Cero, por subrayar
que el uso por parte de la vicepresidenta de tan popular expresión pone de
relieve que “habla como una persona normal”. ¡Vaya por Dios!, a ver si la
solución para aproximar de nuevo al político al ciudadano es que aquel hable
como una “persona normal”, siempre que, como dice Alsina, las “personas
normales” vayan por ahí diciendo todo el día “mecagoenlaputa” y demás fauna,
que no sé yo qué amigos tendrá este colega.
A lo que
iba, el ‘abesé’, como lo llamaría un lector de la edición sevillana, cuenta que
Soraya no está sola. Un “¡coño!” soltó en público el presidente del Congreso,
Jesús Posada, un cargo que, al parecer se presta a los exabruptos, desde el
“¡manda huevos!” de Federico Trillo hasta el “¡estoy hasta los huevos!” de José
Bono. El propio Bono llamó “¡hijos de puta!” a algunos de su partido, mientras
que tildó de “¡gilipollas!” nada menos que a Tony Blair. Esperanza Aguirre atropelló
verbalmente a alguien de Caja Madrid a quien llamó “hijoputa”, en tanto que
para Mariano Rajoy el desfile militar de la Fiesta Nacional era un “coñazo”, al
menos el de 2008, que fue cuando expresó su opinión al respecto. Más endogámico
fue su antecesor, José María Aznar, quien de sí mismo dijo que el discurso que
soltó segundos antes era un “coñazo”.
Y como mi
vicepresidenta, por ser la última, se ha soltado la melena, me produce menos
dolo expresarme como lo voy a hacer en las siguientes líneas. Me da que se es
muy laxo en el uso de la expresión “hijo de puta”, o de puto, y se atina poco y
mal en la dirección de quien merece ser tildado así. A todos en nuestra vida
nos rodean los “hijos de puta”, como esos castrati contemporáneos que
ensombrecen la figura del creador de “Memoria de mis putas tristes” (el premio
Nobel de Literatura que recién nos dejó más solos a los magullados periodistas),
subrayando que su vida privada fue licenciosa y libertina, como si la de
Agustín de Hipona, al parecer aún más morbosa (por lo que el propio cuenta de
sí) le restara su vigente santidad. Y suele ser que la vida a muchos de esos maldicientes
les va “de puta madre”, lo cual, en justicia, es una “putada”, se mire como se
mire.
Pero, como
ha quedado demostrado, ni las primaveras revolucionarias pueden cambiar el
‘statu quo’, o el que siempre fue, por lo que solo nos queda esperar: esperar
que nuestros gobernantes no se quieran parecer tanto a las “personas normales”
de Alsina, sino que nos mejoren para que también nosotros seamos mejores cada
vez más; esperar que nuestros superiores no nos recomienden ser “igual de
cínicos” que los demás para sobrevivir en la selva, sino que con su ejemplo sean
dignos de seguir citando en los foros públicos sobre periodismo nada menos que
al autor de “Los cínicos no sirven para este oficio”; y esperar que los
invitados de Toñi Moreno, solidaridad y empatía mediantes, logren salir de la
“vida puta” que les ha llevado hasta ese programa de telerrealidad no fingida e
ingresen en la “puta vida” de quien vicepreside nada menos que uno de los
países más ricos del mundo. No digo ya que su situación cambie tanto como vivir
en adelante “de puta madre”, pero al menos no como algunos “hijos de puta” que
no se lo merecen.


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