lunes, 23 de mayo de 2011

Reencuentro con "El cazador" de Cimino.



Ficha técnica (Aguilar, 2001):
Film: “El cazador”. Director: Michael Cimino. Año de realización: 1974. Actores: Robert de Niro, John Cazale, John Savage, Christopher Walken. Argumento: Tres jóvenes, para afirmar su virilidad, se alistan en el Ejército para combatir en Vietnam. Uno de ellos, cazador, piensa que la tarea que emprende es una cacería más, sólo que ahora sus víctimas serán hombres. Duración: 175 minutos. Productora: Thorn.

Apunte de Michael Cimino, que estuvo destinado en una unidad médica durante el conflicto que cuenta la película: “Durante los años de controversia tras la guerra, la gente que luchó en Vietnam y que vio sus vidas afectadas, dañadas y cambiadas por la guerra, fue menospreciada y aislada por la prensa. Pero ellos eran gente normal, que tenían una cantidad extraordinaria de coraje” (Norden, 1998).

Se trata de establecer cómo la guerra que enfrentó a estadounidenses y norvietnamitas entre 1964 y 1975 tuvo como consecuencia un cambio de valores en la sociedad de su época o, cuando menos, lo impulsó. Se pretende visualizar a través del cine, de una película en concreto o, si se quiere, casi de un género más, esta sucesión de fotogramas que fue el proceso de cambios socioculturales que experimentó no sólo la sociedad estadounidense, también la europea y, por extensión, lo que entendemos como Occidente.

“El cazador” tiene la virtud de ser una de las primeras películas que se ruedan al poco de la retirada de las tropas americanas de la antigua Indochina. Al poco del estrepitoso fracaso que, entre otros valores, cambió hasta el valor de la vida de un hijo: ya no habría reclutamientos forzosos. Si quieren a mi hijo, paguen; y así desde entonces. La proximidad de ese episodio, la retirada de Vietnam, de algún modo, caracteriza a la película por su valentía (la de sus autores y productores) y, fundamentalmente, por su frescura, cuando el análisis de lo ocurrido en los once años que duró el conflicto aún está casi por iniciarse.

Pero también por su planteamiento: la vuelta a casa, una fórmula que en 1946 reflejó otro movimiento telúrico en lo social la película “Los mejores años de nuestra vida”, a propósito del regreso a la vida civil de los soldados concluida la II Guerra Mundial; otra película próxima a los hechos que relataba. “The Deer Hunter (El cazador de los ciervos)”, “El cazador” en su distribución en España, ofrece, además, un prisma, en lo social, singular, si se quiere desconcertante, al abordar los efectos que el conflicto vietnamita tiene sobre unos soldados de nacionalidad estadounidense pero de origen ruso (En ese momento es aún impensable que Gorbachov y Reagan estrechen sus manos, como ocurrió poco después).

El cine, como señala el sociólogo Jordi Monferrer, “en su función de agencia de socialización, reproduce los valores vigentes dentro de una determinada cultura dominante: aquella en la que se realizan las películas y a cuyos espectadores se dirigen”. Y en eso mismo se quiere profundizar, en los efectos del cine en la cultura, un medio al que el realizador Oliver Stone, citado por Julio Cabrera (Cabrera, 2008), atribuye un papel esencial en el relato de lo social, y como su espejo. No en vano, formula esta pregunta: “¿No será que la historia es demasiado peligrosa para ser dejada en manos de los historiadores, o de los periodistas?”. Alude a JFK, un filme suyo ajeno al propósito de este trabajo, pero cuyo planteamiento es reutilizable en lo que tiene de genérico.

Precisamente, Stone fue autor de Platoon, película que también revisó, aunque desde otra perspectiva, y años más tarde, la Guerra de Vietnam.

Y ya que hablamos de Cabrera, este doctor en Filosofía por la Universidad de Córdoba (Argentina), nos sienta frente a la pantalla, que es nuestro propio mundo también, y nos recuerda que “el horror, la pérdida de los valores, la súbita gratuidad de la vida, el autoconocimiento atroz”, todo lo que encontramos en “El cazador”, por ejemplo, son referentes que “cualquier film sobre la guerra debe proporcionar”, como un ejercicio docente al que someter a la sociedad, aunque sólo fuera porque, en su opinión, “a través del padecimiento” que se refleja sin ambages en esta serie de films, “es como la esencia será captada”, y esa esencia es la necesidad de mostrar a la sociedad que, como le sucedía a Michael Vronsky, protagonista de “El cazador”, “aunque sabía lo que era la guerra antes de ir a ella, a pesar de que podía entender perfectamente la definición de la palabra guerra”, en el fondo, “faltaba la vivencia”.

Y esa generación (repito, no sólo estadounidense) nacida en la posguerra, ajena al mayor de los últimos conflictos (la Segunda Guerra Mundial), asiste sin vivencia al conflicto norvietnamita, pero bajo una perspectiva diferente de cómo afrontaron el suyo sus padres: vivencia pero sin pertenencia; y eso abre la espita a cientos de preguntas, que pueden resumirse en las uves dobles periodísticas pero aplicadas a un grupo social determinado y en un contexto económico determinado: esto es, a una generación más desentendida, con menos necesidades económicas, mayor preparación intelectual y menores prejuicios sociales, y todo ello aderezado de una generación, la de sus padres, que han tenido tiempo suficiente para asimilar lo que fue su conflicto y la imperiosa necesidad de repetir la experiencia. Ponga patriotismo en esta sopa, y el resultado, pese a todo, es volver a casa con la sensación de derrota, como le ocurrió a Estados Unidos, como al cazador de origen ruso, ese que, por cierto, se aproxima, aunque colateralmente (me viene ahora a la cabeza) al que retrata Norman Mailer en su “¿Por qué fuimos al Vietnam?”, pero esa es otra historia.

Leo que a Mailer le visitó poco antes de su muerte el pensador francés Bernard-Henry Lévy, quien parafraseó a Bill Clinton cuando dijo que Norteamérica “no es más, a fin de cuentas, que una prodigiosa pero trivial máquina de producir norteamericanos” (Lévy, 2007). Es, desde luego, una idea sugerente que explica algunas -sino muchas- cosas de la cosa social de ese país, y de cómo afronta sus propios demonios y ángeles.

Me detengo en Lévy, en su viaje por Estados Unidos siguiendo las huellas de Tocquevile, sólo para subrayar algo que puede resultar revelador para comprender la mecánica social estadounidense, y es que Estados Unidos, en contra de lo que se piensa, no es imperialista. Un imperio invade y se queda, pero Estados Unidos sólo cumple la primera parte, o le echan, como en Vietnam. Su misión es más salvífica que otra cosa, por eso le cuesta hallar respuesta a su propia pregunta de “por qué nos odian si venimos a ayudarles”. Como apunta Gabriel Jackson, que subraya la existencia de “un prejuicio contra Estados Unidos como potencia mundial”, pero tratando de salvar del mismo a los norteamericanos como individuos (Jackson, 2001).

Encarrilo la cuestión. Noam Chomsky, desde su propia experiencia como ciudadano estadounidense, nos pone en brillante situación sobre el perfil social previo al momento que aspiramos a masticar a propósito de “El cazador”: “Hubo un periodo de inactividad a finales de los años cincuenta, cuando el país entero estaba tranquilo. Pero en cuanto las cosas empezaron a caldearse a principios de los sesenta, volví al activismo político (…) en la época en que se veía venir la Guerra de Vietnam era imposible no sentirse involucrado” (Chomsky, 2003). El analista estadounidense no observa hasta finales de 1966, casi dos años de empezada la guerra, “un cambio sustancial de oposición pública” a esta intervención militar: “Para entonces había cientos de miles de soldados estadounidenses que a su paso devastaban Vietnam del Sur”. No tantos, pero sí decenas de miles pensaban ya en llenar en breve Woodstock. Cara y cruz. Los Beat y el Ejército de Salvación. La hija de Henry Fonda colocándose flores en la cabeza antes de salir a la calle y el boina verde de Wayne.

Estados Unidos, una superpotencia desde 1945 que en la recta final de los 60, apenas 30 años después, se enfrenta a su peor crisis de conciencia, “provocada sobre todo por la guerra de Vietnam”, subraya el historiador Juan Pablo Fusi (Fusi). La secuencia principal de la película de EEUU durante la segunda mitad del siglo XX la titula Fusi del siguiente modo: “Profundas contradicciones y realidades negativas”. ¿Una explicación? Puede haber empezado todo en 1950, cinco años después de acabada la II Guerra Mundial, cuando EEUU se embarca en otra guerra, la de Corea, que cuesta la vida nada menos que de 142.000 soldados (más delirante es saber que cuatro millones de coreanos fueron las víctimas del otro lado).

El objetivo en esta ocasión es frenar el auge del comunismo: no decimos nada que no sepamos: la sociedad americana aprueba la maniobra cuando aún no han terminado los festejos por el final de la Gran Guerra reciente. Es más, EEUU actúa conforme a un mandato de la ONU.

Sin embargo, en 1964, EEUU quiere repetir el éxito de Corea pero esta vez incumpliendo unos acuerdos previos de la comunidad internacional, alcanzados en Ginebra, que preveían la unificación futura de Vietnam. Gran diferencia, y sociedad más madura. Nixon, que no es quien inicia esta guerra, la acaba a cacharrazos, extendiéndola a otros dos países limítrofes (más víctimas, más reclutamiento) y creyendo que la coartada anticomunista sería suficiente para explicarla ante la sociedad de su país. Pero en esa época ya son cada vez más los que piensan que los comunistas no son el principal peligro al que se enfrentan. Más bombas en Vietnam que en la II Guerra Mundial (se dice pronto); medio millón de soldados enviados a la jungla; 58.000 que no vuelven a casa. EEUU pierde una guerra, su primera guerra perdida desde que empezaron a ganarlas hundiendo su propio “Maine”, con medio mundo en su contra y la mitad de su propia población preguntándose si es esto lo que queremos.

Cambio de valores al ritmo del onírico campo de fresas de The Beatles. “Vietnam provocó una profunda crisis de conciencia americana; devino pronto una obsesión, una metáfora de la historia y la realidad norteamericanas, y cuestionó, a través de un intenso ejercicio de introspección y crítica, los propios valores sobre los que supuestamente se fundamentaban los Estados Unidos”, afirma Fusi.

Contracultura.

Como si fuera un rezo, de carrerilla y por este orden: Hippies, drogas, amor libre, misticismo, “black power” (Malcom X), liberación de la mujer… Demasiada contracultura en unos pocos años. Eso sí fue droga dura para un país que ya sólo confiaba en la Luna como refugio. Ni eso calmó. Puede que, en cierto modo, la salvación llegara de la mano del propio Nixon, sin él imaginarlo, pues Watergate pudo ser, de alguna forma, la excusa que precisaba el grueso de las tropas sociales americanas para hacer frente a todo lo contracultural: Es como si el Watergate fuera el detonante del Renacimiento que pedía a gritos una mayoría social, en la que los medios de comunicación jugaron un papel estelar. Coartada perfecta para empezar de cero, y no debió de ir mal, pues en pocos años Reagan puso orden en el gallinero.

Fusi sostiene que la crisis de los 60 y 70 “provocó una reacción conservadora en el país, probablemente no tanto un cambio profundo en su sensibilidad moral y política cuanto el retorno de la ‘mayoría’ de la nación que había permanecido silenciosa durante los años de crisis y agitación”. En medio de todo eso, “El cazador” que se siente incapaz de matar a un ciervo tras su paso por Vietnam: “Tendremos que jugar el uno contra el otro”, le espeta De Niro a su compañero, antes de embarcarse en la aventura de la ruleta rusa. Todo para salvar la vida, al menos de uno de ellos. ¿Queremos o creemos que de vuelta a casa tiene fuerzas para matar a un ciervo? ¿Queremos o creemos que la sociedad americana podía soportar por mucho tiempo a la hija de Henry Fonda tomando las calles con flores en la cabeza?

Juan Manuel Iranzo (Iranzo) pone los pelos de punta a media Europa recordándonos las tesis de Huntington para la supervivencia de los EEUU y del conjunto del mundo occidental: fervor patriótico, ardor guerrero, centralidad cultural de la raíz angloprotestante y patriotismo constitucional. Esos pueden ser los EEUU del siglo XXI, con marcados valores sociales, nada de flores en la cabeza, ni de Salinger’s que hagan perder el sueño (o simplemente soñar) a los adolescentes. Va a ser que esto es lo que hay y que ni Chomsky ni Gore Vidal ni Moore, ni el propio Obama, podrán remediar ya. El propio Iranzo sostiene que “sólo un patriotismo de enorme fe e inocencia (o una esperanza lúcidamente desesperada) explicaría, por ejemplo, que películas como ‘El cazador’ o ‘Érase una vez en América’, acaben, semi-irónicamente, a los acordes del God bless America”. That‘s United States! Y mientras Jane Fonda, por su trigésimonovena operación quirúrgica.

Bibliografía y webgrafía:
Aguilar, C. (2001). Guía del Vídeo-Cine. Madrid: Cátedra.
Cabrera, J. (2008). Cine: cien años de filosofía. Barcelona: Editorial Gedisa.
Chomsky, N. (2003). Poder y terror. Barcelona: RBA.
Fusi, J. P. (s.f.). www.reis.cis.es. Recuperado el 15 de Enero de 2011, de http://www.reis.cis.es/REISWeb/PDF/REIS_09.pdf
Iranzo, J. M. (s.f.). www.ucm.es. Recuperado el 23 de diciembre de 2011, de http://www.ucm.esBUCM/revistas/cps/11308001/artículos/POSO0404330035A.PDF
Jackson, G. (2001). Prejuicio contra Estados Unidos. En G. Jackson, Ciudadano Jackson. Barcelona: Martínez Roca.
Lévy, B.-H. (2007). American vertigo. Barcelona: Ariel.
Monferrer, J. M. (s.f.). Análisis cuantitativo del grupo de discusión con jóvenes universitarios de Madrid.
Norden, M. F. (1998). El cine del aislamiento. El discapacitado en la historia del cine. Madrid: Escuela libre editorial/Fundación ONCE.

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