En conflictos bélicos, ¿Es mayor ahora la manipulación mediática que hace cien años?
Se podría decir que, siendo igual o parecido el grado de manipulación (desde Jerjes, si se quiere), sería mayor en este tiempo la sofisticación del modelo, procedimiento o sistema que entonces. Una prueba de ello sería el empotramiento de licenciados en periodismo entre las tropas menos activas en un frente, que practicó con éxito Estados Unidos para mejor controlar los movimientos de los informadores en las recientes guerras en Irak y Afganistán.
Sofisticación la podríamos hallar también en la decisión de lanzar un misil desde un tanque contra un “objetivo” (desgraciadamente nunca mejor dicho) de una cámara que filmaba desde un balcón de un hotel atestado de periodistas, como bien sabían las tropas estadounidenses. Porque estas cosas siempre se saben: nada es gratis.
“La propaganda ha de escoger sus medios y ha de adaptarse muy de cerca a las circunstancias de lugar y tiempo y a las características psicológicas del frente que ha de batir. Ha de pulirse y renovarse constantemente (…)”. Esto lo dijo hace 70 años un oficial español, el comisario inspector del Centro del Ejército Popular de la República, Fernando Piñuela, a quien cita en su “Balas de Papel” José Manuel Grandela (Grandela, 2002).
Ya lo sabemos, nadie es tan pardillo como para no saberlo: basta salir a la calle para saber que todos manipulan (o lo intentan) y todos somos proyecto de manipulación; ¡Qué no van a manipular los entes!, por tanto.
Ayer Piñuela, hablando claro desde uno de esos entes; hoy, el periodista asturiano de 32 años Alberto Arce, uno de los pocos periodistas que logró quedarse en la Franja de Gaza, cuando la última invasión israelí (escribió sus crónicas para “El Mundo”). Bien, la clave está en lo que afirma el redactor jefe de Internacional del periódico, Francisco Herranz: “Su libertad de movimiento (la de Arce) ha estado muy limitada por la situación bélica, pero ha logrado, al menos, transmitir una visión diferente de lo que ocurría en Gaza” (Izquierdo, 2009). Una “visión diferente” de la oficial, de la empotrada, pero ¿la visión real de lo que sucedía? No. Fácil respuesta, claro, porque, además, todos los que aquí estamos o tenemos alma de periodista o nos pagan por ejercer de ello sabemos que no es necesariamente la visión real de lo que pasaba: era una visión: una visión más: igual de manipulada o más o menos que la empotrada: así son las visiones, subjetivas.
No descubro América, pero tampoco deseo automanipularme aún más (no me doy abasto últimamente).
Y en esas que viene Schiller y grita ¡Tierra!, y América a sus pies, y nos pone al corriente sobre la “inneutralidad” de la neutralidad atribuida a los medios, de la estupidez que es creer que cuantos más informen más garantizada estará la pluralidad y objetividad, y algunos mitos más del estilo. ¿No lo sabían ya los lectores? Desde luego hasta que publicó su libro en la década de los 70 no debían ser muchos (aún se habla hoy de él), como tampoco muchos hoy lo deben saber mientras comen tranquilamente palomitas frente a la TDT militarmente tomada por la ultraderecha (al menos en Madrid, desconozco la situación en Palencia). Pero lo que más me interesa de Schiller es su mito de la “ausencia de análisis” sobre los conflictos sociales.
Como todo en la vida, el receptor, esto es, el lector sabrá qué desea conocer y qué no, cómo, cuándo y de manos de quién; lo importante es que sea consciente de que, salvo que desee instruirse personalmente in situ, de un hecho determinado le va a contar “un otro” que no es él mismo. Y ello implica riesgos, claro: la subjetividad y honestidad del contador en origen, del editor que paga a éste (incluidos sus intereses como unidad económica), la fiabilidad de sus fuentes.
Pero no nos engañemos: el receptor, que somos nosotros mismos, nos manipulamos a diario sin darnos cuenta (se llama proceso de obtención de un carácter). La manipulación no ha de ser demonizada, por tanto, si acaso puesta en permanente entredicho (aunque sólo sea por salud pública, y propia), como hacemos con nosotros mismos en forma de aprendizaje, por ejemplo.
Por ello creo que Rubin acierta cuando señala que “la audiencia selecciona y usa las fuentes de información y los mensajes con el fin de satisfacer necesidades o deseos”. Esto, en el fondo, me parece una actitud sabia por parte del receptor, puesto que la libertad de conocer está al alcance de cualquiera, y las fuentes, si se sabe buscar, son múltiples. Si el receptor desea fiarlo todo a un “medio empotrado” no sólo no está en su derecho, sino incluso en el deber de hacerlo saber a los de al lado PARA ESTAR PREVENIDOS.
Es broma, claro, pero, al hilo de esto, lo que no es broma es aquello que se supo al poco de ser asesinado el que sin duda fue uno de los presidentes estadounidenses más mediáticos de la historia: que “el 10% del pueblo americano nunca había oído hablar de él” (Vidal, 2002). Ese 10% es la prueba de que no todos son manipulables, pese a los esfuerzos de las administraciones. También es la prueba, ciertamente, de que aún quedan especies por catalogar en ese desarrollado país.
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