jueves, 12 de mayo de 2011
Gitanos 'andaluzaos', o andaluces 'agitanaos'. It's the question
A propósito de las precisiones que antecede en su informe Encarna Herrera (2000) sobre el concepto de minoría étnica, en su definición de normas o valores compartidos por un grupo social o como modo de catalogar las características físicas de los grupos humanos, de todos es sabido que en ocasiones los individuos clasificados accidentalmente en un grupo social determinado poco o nada tienen que ver con aquellos con los que comparte dicha categoría… O como apunta Pujadas, un grupo o minoría étnica estaría formado por un grupo de personas que comparte ciertos rasgos comunes como la lengua, religión, costumbres e instituciones, o bien de tipo físico o racial, pero puede que sus miembros sólo compartan, con carácter individual y por principio, aspectos comunes como la lengua o las instituciones, incluso el aspecto físico, pero no necesariamente el resto. Y eso dificulta la clasificación.
Es la paradoja que se produce cuando el vecino de una comunidad cuya piel es blanca, habla el mismo idioma que el resto de vecinos y paga sus impuestos a la misma institución, pero se siente socialmente más próximo a un lapón que vive en el cuarto piso y que come carne de pescado cruda.
Con su habitual sentido del humor lo expresa Bertrand Russell cuando habla de las formas de moralidad basadas en el tabú, que para el caso, me sirven para ambas partes, la llamada gitana y la paya: “Había una ley en Connecticut que declaraba ilícito que un hombre besara a su mujer el domingo” o “En el Japón, antes de la era Meiji, un hombre que omitía sonreír en presencia de un superior social podía ser legalmente muerto allí mismo por el superior en cuestión. Eso explica por qué los viajeros europeos encuentran que los japoneses son una raza sonriente”.
La imposibilidad de casar lo que llama Russell determinadas formas de moralidad en grupos sociales diversos son trasladables al caso que nos ocupa. Las partes no se avienen al acuerdo. Le dicen a Sandra Heredia: “Tú no pareces gitana, no eres muy morena, eres muy moderna”, como si pertenecer a la etnia gitana fuera sinónimo de lo impropio del momento. Pero Sandra muestra su orgullo de y por ser lo que es: gitana. Y es ahí donde creo que arranca el punto de partida que hace irresoluble el conflicto. Pero no por culpa de Sandra: por culpa del estereotipo que las partes gustan de sostener, en el fondo. ¿Es eso victimismo? ¿Sandra quiere interrelacionarse con otro mundo distinto al suyo? ¿Debe? No se trata de eso. No quiero que sea eso. Hablaría más de empatía, de libre deseo de pertenencia a un grupo.
Hay una obsesión por parte de las llamadas y, lo más importante, a mi juicio, autollamadas minorías étnicas por un territorio propio, por un “paraíso perdido”. Por hablar de pueblos dentro del pueblo: El pueblo judío, el pueblo gitano, el pueblo vasco… Un lapón no corre necesariamente riesgo de perder su identidad como lapón, si es lo que desea, por vivir en Móstoles. Correrá peligro de no disfrutar de la oferta de servicios que le pueda prestar el lugar que ha elegido para vivir si no se da de alta en el censo (75.000 seres humanos gitanos no tienen DNI).
Y el gitano, el ser humano y ciudadano gitano –que no otra cosa, por más que se empeñen las partes en conflicto-, tiene una cierta corresponsabilidad en que eso sea así. La propia Herrera nos ayuda a no desviarnos del por qué al señalar que “la etnicidad hay que entenderla en términos de la competencia por el control de los recursos escasos”. Es eso y no un problema de etnias tal y como tendemos a entenderlas, las unas y las otras partes, repito, en conflicto.
Milenario conflicto que se remonta a 1499, para el caso español, y que debe esperar a los años noventa del siglo pasado, y desde sí mismo, para plantear soluciones. Años perdidos de un pueblo que se dice “universal”, como tildando de particular al resto de grupos sociales, pero que olvida, como bien apunta Dolores Juliano, que “son las desigualdades sociales y no las diferencias culturales las que están en la base de la discriminación”.
Exclusión y autoexclusión. ¿Hasta qué punto el llamado así mismo pueblo gitano no se autoexcluye, como bien pudiera hacerlo el así llamado pueblo payo, o lapón, autoinmolándose socialmente? “Todas las civilizaciones son muy propensas al narcisismo (…) que siempre ha estado –y sigue estando- camuflado por todo tipo de ardides retóricos; las más de las veces de pueblo elegido o llamado a cumplir una misión salvadora, o las dos fórmulas juntas”, afirma Kapuscinski.
Algo de eso hallamos en la advertencia que hace de soslayo en el reportaje Manuel García Rondón, de Unión Romaní, cuando apunta: “Europa está envejeciendo (…) y nosotros somos un pueblo muy joven (…) que nos traten bien (los otros), que les vamos a hacer mucha falta en un futuro a corto plazo (a los otros)”. Partimos todos de un mal principio: Los otros tienden a hablar siempre de los otros, y pocos de todos los otros parecen estar interesados en hablar de los unos comunes. El modelo que presenta Gordon para los Estados Unidos parece condenado a repetirse para el pueblo gitano en España.
Giddens no puede estar tan errado cuando espera que el futuro sea una mezcla de los tres modelos, una de cuyas premisas deben (es obligación, sí) cumplir, como es el respeto de todas las culturas existentes en un marco de reconocimiento mutuo y en igualdad. ¿No deseamos todos eso? Descartado, afortunadamente, el aspecto racial, ¿qué nos queda? Nos queda el ámbito socioeconómico, generador, por definición propia, de desigualdades entre los individuos, independientemente de todo lo demás (creencias, costumbres, necesidad de cognición o, incluso, grado de culturalización, etc…).
Y aún a riesgo de descontextualizar a Pierre Bordieu, escogemos su término “estilo de vida” para profundizar en la falsa idea de las distinciones que los individuos prejuician sobre otros. No hay tal distinción más que la generada a propósito, y a propuesta de un grupo social determinado. Nos puede ayudar a comprender la situación de la población de etnia gitana, en su condición ya acordada de grupo social con una impronta singularmente personalizada, el observarla objetivamente como una unidad estilística diferente de otra, como la de un lapón, que colisiona con otra unidad (u otras y hasta el infinito) sólo en la carrera por posicionarse en una estructura socioeconómica dada, que, no obstante, viene a ser universal (me recuerda la reivindicación narcisista de Unión Romaní).
En este punto nos ayuda Dolores Juliano cuando subraya la figura del “discriminador”, como el instrumento que “construye al otro como diferente”. Pero el discriminador parece ser siempre el otro, cuando el otro del otro también gusta de practicar tal cosa. Es una pescadilla que se muerde la cola, sin solución posible; más que un juego de palabras como aparenta ser lo escrito. Bordieu nos ayuda al hablar de la marginación que implica, en un mismo contexto académico y/o profesional lo que llama “propiedades secundarias”. Dice: “Los individuos reunidos en una clase que está construida bajo una relación particular, pero particularmente determinante, llevan siempre consigo, además de las propiedades pertinentes que constituye el origen de su enclasamiento (ser abogado, ser médico, etc.), unas ‘propiedades secundarias’ que se introducen así de contrabando en el modelo explicativo.
Es decir, que una clase o una fracción de clase se define no sólo por su posición en las relaciones de producción, tal como ella puede ser reconocida por medio de indicadores como la profesión, los ingresos o incluso el nivel de instrucción, sino también por un cierto ‘sex-ratio’, una distribución determinada en el espacio geográfico (que nunca es socialmente neutra) y por un conjunto de ‘características auxiliares’ que, a título de exigencias tácitas, pueden funcionar como principios de selección o de exclusión reales, sin estar nunca formalmente enunciadas (por ejemplo, el caso de la pertenencia étnica o de sexo)”.
He creído relevante tan larga cita, porque casa con lo que trato de exponer. En todos los ámbitos posibles, la discriminación está ya patentada: no es exclusiva de nadie. Y a veces da que pensar que según que etnias (prefiero hablar de grupos sociales) gustan de mantener su posición presente. No logro ver el beneficio, después de 500 años.
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