
Sobre datos referidos al periodo comprendido entre 2003 y 2008 (Ministerio de Igualdad, 2009), encontramos que se ha pasado en 2003 de 11 agresores de nacionalidad extranjera a 28 en 2008 (17 más), mientras que las víctimas de origen extranjero en 2003 eran 9, frente a las 33 (24 más) de 2008. Datos que contrastan con que en 2003 el número de agresores españoles fue de 59 frente a 47 (12 menos) y 62 víctimas españolas en 2003 frente a 42 en 2008 (20 menos).
En conclusión, creció significativamente el número de agresores y víctimas procedentes mayoritariamente de países donde no rigen los mismos parámetros sociales en el ámbito de la igualdad, coincidiendo con un proceso creciente de inmigración vivido en el periodo analizado, mientras que el número de víctimas y agresores de nacionalidad española decreció, con toda probabilidad por el ejercicio de políticas administrativas más activas contra este tipo de violencia y por una evolución social positiva en este terreno, de mayor concienciación, tanto individual como comunitaria, frente a este drama social.
El hecho de que la mayoría de inmigrantes que se han desplazado a España procedan de países menos desarrollados social, política y económicamente (como no se entendería de otro modo al tratarse de una inmigración esencialmente económica), nos permite considerar que en los mismos su población no ha alcanzado aún los niveles de concienciación del país receptor.
Además, aunque suene a “boutade”, la mayoría de estos inmigrantes presentan niveles educativos por debajo de la media, procediendo una buena parte de ellos de territorios no urbanos; esto nos recuerda a China, donde el modelo patriarcal de la familia, en el que la mujer representa un papel de segundo orden, se reproduce en el campo, en contraste con las zonas urbanas, donde tiende a desaparecer.
Por resumir, sería el prototipo de inmigrante-hombre llegado a España el que aterriza con una percepción personal sobre el valor de la mujer que somatiza en su lugar de origen, y que contrasta con la evolución experimentada en el lugar de destino, en este caso España. Eso es lo que llama y, de algún modo, explica, el aumento de los casos de violencia en este contexto social en comparación con la reducción de los datos referidos al ámbito nacional.
La “microviolencia”: el origen.
El fenómeno de la microviolencia se percibe claramente menos sutil en estos casos que en los de núcleos familiares socialmente más evolucionados, como presumimos que sería el del caso español. De algún modo, la violencia extrema que concluye con la muerte de una mujer en estas circunstancia es la suma de microviolencias que, de acuerdo con los parámetros observados por Bonino, se insertan (si cabe de modo más natural) en los comportamientos de los hombres con menos desarrollo intelectual, social, e, incluso económico.
Digo esto porque resulta del todo interesante la apreciación sobre la “sutileza” que atribuye Bonino a la microviolencia en un escenario supuestamente ideal, el de una familia compuesta por dos miembros laboral e intelectualmente independientes, en el que no se atisban (en apariencia) por ninguna de las partes indicios de una violencia que, a diferencia del ámbito expuesto anteriormente, no se presenta de modo natural, incluso previsible.
Datos frescos. I Encuesta de Violencia Machista de Cataluña (Catalunya, 2010). Rasgos “microviolentos”:
De una escala del 0 al 10: Durante 2009, mujeres que sufrieron de sus parejas o ex parejas menosprecio o humillaciones, 8,5; insultos o agresiones verbales, 8,2; amenazas, miedo, 3,9; seguimientos, llamadas, escritos, 3,7.
En este punto, en un contexto en el que los términos masculino y femenino “tampoco nos aclaran gran cosa”, afirma el pensador José Antonio Marina (VVAA, Ser Hombre, 2001) que “los hombres lo tienen especialmente complicado porque a lo largo de la historia la virilidad no ha sido un dato natural sino una construcción social, una condición reduplicativa”, y agrega: “Muchos hombres han intentado cambiar el modelo duro de masculinidad, el ‘hard man’, por un modelo suave, ‘soft man’. Pero sin acabar de creérselo (…)”.
Aún a riesgo de simplificar, pero sin ningún ánimo reduccionista, asoma la posibilidad de que la manifestación de una microviolencia dada en este contexto desarrollado cultural, social y económicamente, tenga más su origen en el desconcierto que en la premeditación por parte del hombre.
Sin ánimo tampoco de desvariar, evoco lo que apunta (aunque en otro contexto, pero creo que nos puede ayudar) Slavoj Zizek sobre que “la cuestión esencial aquí es distinguir entre el pene (el órgano eréctil en sí) y el falo (el significante de la potencia, de la autoridad simbólica, de la dimensión –no biológica, sino simbólica- que confiere autoridad y/o poder)”.
Precisamente, eso que subraya Bonino en relación con la “creencia en la superioridad y disponibilidad sobre la mujer” se explica en el efecto de su “socialización de género”. Una socialización tan sutil, o más, como el efecto de la microviolencia que el hombre ejerce sobre la mujer.
“La sumisión ha sido el modelo de la sociedad patriarcal”, sentencia Marina. Guante que recoge, el, a veces, insoportable (pero siempre desgraciadamente coherente, aunque no lo parezca) Fernando Sánchez Dragó (VVAA, Dios los cría, 2010) cuando afirma: “El otro día le dije a (el periodista Ernesto Sáenz de) Buruaga que yo, ahora, no me meto con una desconocida en el ascensor ni a palos, porque sale, dice que le has tocado las tetas y te buscas la ruina”. Una microviolencia en forma de tradición perdurable frente a diseños microviolentos novedosos que adoptan todo tipo de formas, hasta las más extrañas y desde la bilateralidad.
La microviolencia por venir, menudo porvenir.
Más del 50% de los alumnos homosexuales, transexuales o bisexuales ha vivido algún tipo de violencia en las aulas, según el informe Jóvenes LGTB, realizado en 2010 por la Federación Estatal de Lesbianas, Gays, Transexuales y Bisexuales (FELGTB). El coordinador del área de Educación de la FELGTB, Jesús Generelo, apuntó que "alrededor de un 10% del alumnado pertenece a una realidad afectivo sexual o familiar diferente", y de ahí la necesidad de tener en cuenta este hecho en las aulas, afirmó a Servimedia.
Realizado entre 350 estudiantes LGTB, el estudio revela, además, que los abusos son más frecuentes entre varones, ya que el 65,7% de los chicos ha sufrido violencia física o psicológica, frente a un 44,2% de las chicas. Generelo atribuye esta desigualdad a "una cuestión de visibilidad, ya que la homosexualidad, y especialmente la transexualidad, es más evidente en los chicos". La investigación revela también que la mayoría de las agresiones son verbales y de carácter psíquico. En este caso, también los hombres salen peor parados que las mujeres: 52,3% frente al 42,8% de ellas.
Parecen ser estos tiempos convulsos, donde se hace cada vez más complejo categorizar estos fenómenos, tan adaptables y extensibles como la goma de mascar que, siendo niños, arrebatábamos con malos modos a las niñas, pensando que cumplíamos un rol coherente, pero que hoy conducen al Trankimazin 0,5 a muchas de nuestras mujeres. ¡Mal rollo! Que dirá mi hija dentro de cinco años.
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