lunes, 23 de mayo de 2011

Reencuentro con "El cazador" de Cimino.



Ficha técnica (Aguilar, 2001):
Film: “El cazador”. Director: Michael Cimino. Año de realización: 1974. Actores: Robert de Niro, John Cazale, John Savage, Christopher Walken. Argumento: Tres jóvenes, para afirmar su virilidad, se alistan en el Ejército para combatir en Vietnam. Uno de ellos, cazador, piensa que la tarea que emprende es una cacería más, sólo que ahora sus víctimas serán hombres. Duración: 175 minutos. Productora: Thorn.

Apunte de Michael Cimino, que estuvo destinado en una unidad médica durante el conflicto que cuenta la película: “Durante los años de controversia tras la guerra, la gente que luchó en Vietnam y que vio sus vidas afectadas, dañadas y cambiadas por la guerra, fue menospreciada y aislada por la prensa. Pero ellos eran gente normal, que tenían una cantidad extraordinaria de coraje” (Norden, 1998).

Se trata de establecer cómo la guerra que enfrentó a estadounidenses y norvietnamitas entre 1964 y 1975 tuvo como consecuencia un cambio de valores en la sociedad de su época o, cuando menos, lo impulsó. Se pretende visualizar a través del cine, de una película en concreto o, si se quiere, casi de un género más, esta sucesión de fotogramas que fue el proceso de cambios socioculturales que experimentó no sólo la sociedad estadounidense, también la europea y, por extensión, lo que entendemos como Occidente.

“El cazador” tiene la virtud de ser una de las primeras películas que se ruedan al poco de la retirada de las tropas americanas de la antigua Indochina. Al poco del estrepitoso fracaso que, entre otros valores, cambió hasta el valor de la vida de un hijo: ya no habría reclutamientos forzosos. Si quieren a mi hijo, paguen; y así desde entonces. La proximidad de ese episodio, la retirada de Vietnam, de algún modo, caracteriza a la película por su valentía (la de sus autores y productores) y, fundamentalmente, por su frescura, cuando el análisis de lo ocurrido en los once años que duró el conflicto aún está casi por iniciarse.

Pero también por su planteamiento: la vuelta a casa, una fórmula que en 1946 reflejó otro movimiento telúrico en lo social la película “Los mejores años de nuestra vida”, a propósito del regreso a la vida civil de los soldados concluida la II Guerra Mundial; otra película próxima a los hechos que relataba. “The Deer Hunter (El cazador de los ciervos)”, “El cazador” en su distribución en España, ofrece, además, un prisma, en lo social, singular, si se quiere desconcertante, al abordar los efectos que el conflicto vietnamita tiene sobre unos soldados de nacionalidad estadounidense pero de origen ruso (En ese momento es aún impensable que Gorbachov y Reagan estrechen sus manos, como ocurrió poco después).

El cine, como señala el sociólogo Jordi Monferrer, “en su función de agencia de socialización, reproduce los valores vigentes dentro de una determinada cultura dominante: aquella en la que se realizan las películas y a cuyos espectadores se dirigen”. Y en eso mismo se quiere profundizar, en los efectos del cine en la cultura, un medio al que el realizador Oliver Stone, citado por Julio Cabrera (Cabrera, 2008), atribuye un papel esencial en el relato de lo social, y como su espejo. No en vano, formula esta pregunta: “¿No será que la historia es demasiado peligrosa para ser dejada en manos de los historiadores, o de los periodistas?”. Alude a JFK, un filme suyo ajeno al propósito de este trabajo, pero cuyo planteamiento es reutilizable en lo que tiene de genérico.

Precisamente, Stone fue autor de Platoon, película que también revisó, aunque desde otra perspectiva, y años más tarde, la Guerra de Vietnam.

Y ya que hablamos de Cabrera, este doctor en Filosofía por la Universidad de Córdoba (Argentina), nos sienta frente a la pantalla, que es nuestro propio mundo también, y nos recuerda que “el horror, la pérdida de los valores, la súbita gratuidad de la vida, el autoconocimiento atroz”, todo lo que encontramos en “El cazador”, por ejemplo, son referentes que “cualquier film sobre la guerra debe proporcionar”, como un ejercicio docente al que someter a la sociedad, aunque sólo fuera porque, en su opinión, “a través del padecimiento” que se refleja sin ambages en esta serie de films, “es como la esencia será captada”, y esa esencia es la necesidad de mostrar a la sociedad que, como le sucedía a Michael Vronsky, protagonista de “El cazador”, “aunque sabía lo que era la guerra antes de ir a ella, a pesar de que podía entender perfectamente la definición de la palabra guerra”, en el fondo, “faltaba la vivencia”.

Y esa generación (repito, no sólo estadounidense) nacida en la posguerra, ajena al mayor de los últimos conflictos (la Segunda Guerra Mundial), asiste sin vivencia al conflicto norvietnamita, pero bajo una perspectiva diferente de cómo afrontaron el suyo sus padres: vivencia pero sin pertenencia; y eso abre la espita a cientos de preguntas, que pueden resumirse en las uves dobles periodísticas pero aplicadas a un grupo social determinado y en un contexto económico determinado: esto es, a una generación más desentendida, con menos necesidades económicas, mayor preparación intelectual y menores prejuicios sociales, y todo ello aderezado de una generación, la de sus padres, que han tenido tiempo suficiente para asimilar lo que fue su conflicto y la imperiosa necesidad de repetir la experiencia. Ponga patriotismo en esta sopa, y el resultado, pese a todo, es volver a casa con la sensación de derrota, como le ocurrió a Estados Unidos, como al cazador de origen ruso, ese que, por cierto, se aproxima, aunque colateralmente (me viene ahora a la cabeza) al que retrata Norman Mailer en su “¿Por qué fuimos al Vietnam?”, pero esa es otra historia.

Leo que a Mailer le visitó poco antes de su muerte el pensador francés Bernard-Henry Lévy, quien parafraseó a Bill Clinton cuando dijo que Norteamérica “no es más, a fin de cuentas, que una prodigiosa pero trivial máquina de producir norteamericanos” (Lévy, 2007). Es, desde luego, una idea sugerente que explica algunas -sino muchas- cosas de la cosa social de ese país, y de cómo afronta sus propios demonios y ángeles.

Me detengo en Lévy, en su viaje por Estados Unidos siguiendo las huellas de Tocquevile, sólo para subrayar algo que puede resultar revelador para comprender la mecánica social estadounidense, y es que Estados Unidos, en contra de lo que se piensa, no es imperialista. Un imperio invade y se queda, pero Estados Unidos sólo cumple la primera parte, o le echan, como en Vietnam. Su misión es más salvífica que otra cosa, por eso le cuesta hallar respuesta a su propia pregunta de “por qué nos odian si venimos a ayudarles”. Como apunta Gabriel Jackson, que subraya la existencia de “un prejuicio contra Estados Unidos como potencia mundial”, pero tratando de salvar del mismo a los norteamericanos como individuos (Jackson, 2001).

Encarrilo la cuestión. Noam Chomsky, desde su propia experiencia como ciudadano estadounidense, nos pone en brillante situación sobre el perfil social previo al momento que aspiramos a masticar a propósito de “El cazador”: “Hubo un periodo de inactividad a finales de los años cincuenta, cuando el país entero estaba tranquilo. Pero en cuanto las cosas empezaron a caldearse a principios de los sesenta, volví al activismo político (…) en la época en que se veía venir la Guerra de Vietnam era imposible no sentirse involucrado” (Chomsky, 2003). El analista estadounidense no observa hasta finales de 1966, casi dos años de empezada la guerra, “un cambio sustancial de oposición pública” a esta intervención militar: “Para entonces había cientos de miles de soldados estadounidenses que a su paso devastaban Vietnam del Sur”. No tantos, pero sí decenas de miles pensaban ya en llenar en breve Woodstock. Cara y cruz. Los Beat y el Ejército de Salvación. La hija de Henry Fonda colocándose flores en la cabeza antes de salir a la calle y el boina verde de Wayne.

Estados Unidos, una superpotencia desde 1945 que en la recta final de los 60, apenas 30 años después, se enfrenta a su peor crisis de conciencia, “provocada sobre todo por la guerra de Vietnam”, subraya el historiador Juan Pablo Fusi (Fusi). La secuencia principal de la película de EEUU durante la segunda mitad del siglo XX la titula Fusi del siguiente modo: “Profundas contradicciones y realidades negativas”. ¿Una explicación? Puede haber empezado todo en 1950, cinco años después de acabada la II Guerra Mundial, cuando EEUU se embarca en otra guerra, la de Corea, que cuesta la vida nada menos que de 142.000 soldados (más delirante es saber que cuatro millones de coreanos fueron las víctimas del otro lado).

El objetivo en esta ocasión es frenar el auge del comunismo: no decimos nada que no sepamos: la sociedad americana aprueba la maniobra cuando aún no han terminado los festejos por el final de la Gran Guerra reciente. Es más, EEUU actúa conforme a un mandato de la ONU.

Sin embargo, en 1964, EEUU quiere repetir el éxito de Corea pero esta vez incumpliendo unos acuerdos previos de la comunidad internacional, alcanzados en Ginebra, que preveían la unificación futura de Vietnam. Gran diferencia, y sociedad más madura. Nixon, que no es quien inicia esta guerra, la acaba a cacharrazos, extendiéndola a otros dos países limítrofes (más víctimas, más reclutamiento) y creyendo que la coartada anticomunista sería suficiente para explicarla ante la sociedad de su país. Pero en esa época ya son cada vez más los que piensan que los comunistas no son el principal peligro al que se enfrentan. Más bombas en Vietnam que en la II Guerra Mundial (se dice pronto); medio millón de soldados enviados a la jungla; 58.000 que no vuelven a casa. EEUU pierde una guerra, su primera guerra perdida desde que empezaron a ganarlas hundiendo su propio “Maine”, con medio mundo en su contra y la mitad de su propia población preguntándose si es esto lo que queremos.

Cambio de valores al ritmo del onírico campo de fresas de The Beatles. “Vietnam provocó una profunda crisis de conciencia americana; devino pronto una obsesión, una metáfora de la historia y la realidad norteamericanas, y cuestionó, a través de un intenso ejercicio de introspección y crítica, los propios valores sobre los que supuestamente se fundamentaban los Estados Unidos”, afirma Fusi.

Contracultura.

Como si fuera un rezo, de carrerilla y por este orden: Hippies, drogas, amor libre, misticismo, “black power” (Malcom X), liberación de la mujer… Demasiada contracultura en unos pocos años. Eso sí fue droga dura para un país que ya sólo confiaba en la Luna como refugio. Ni eso calmó. Puede que, en cierto modo, la salvación llegara de la mano del propio Nixon, sin él imaginarlo, pues Watergate pudo ser, de alguna forma, la excusa que precisaba el grueso de las tropas sociales americanas para hacer frente a todo lo contracultural: Es como si el Watergate fuera el detonante del Renacimiento que pedía a gritos una mayoría social, en la que los medios de comunicación jugaron un papel estelar. Coartada perfecta para empezar de cero, y no debió de ir mal, pues en pocos años Reagan puso orden en el gallinero.

Fusi sostiene que la crisis de los 60 y 70 “provocó una reacción conservadora en el país, probablemente no tanto un cambio profundo en su sensibilidad moral y política cuanto el retorno de la ‘mayoría’ de la nación que había permanecido silenciosa durante los años de crisis y agitación”. En medio de todo eso, “El cazador” que se siente incapaz de matar a un ciervo tras su paso por Vietnam: “Tendremos que jugar el uno contra el otro”, le espeta De Niro a su compañero, antes de embarcarse en la aventura de la ruleta rusa. Todo para salvar la vida, al menos de uno de ellos. ¿Queremos o creemos que de vuelta a casa tiene fuerzas para matar a un ciervo? ¿Queremos o creemos que la sociedad americana podía soportar por mucho tiempo a la hija de Henry Fonda tomando las calles con flores en la cabeza?

Juan Manuel Iranzo (Iranzo) pone los pelos de punta a media Europa recordándonos las tesis de Huntington para la supervivencia de los EEUU y del conjunto del mundo occidental: fervor patriótico, ardor guerrero, centralidad cultural de la raíz angloprotestante y patriotismo constitucional. Esos pueden ser los EEUU del siglo XXI, con marcados valores sociales, nada de flores en la cabeza, ni de Salinger’s que hagan perder el sueño (o simplemente soñar) a los adolescentes. Va a ser que esto es lo que hay y que ni Chomsky ni Gore Vidal ni Moore, ni el propio Obama, podrán remediar ya. El propio Iranzo sostiene que “sólo un patriotismo de enorme fe e inocencia (o una esperanza lúcidamente desesperada) explicaría, por ejemplo, que películas como ‘El cazador’ o ‘Érase una vez en América’, acaben, semi-irónicamente, a los acordes del God bless America”. That‘s United States! Y mientras Jane Fonda, por su trigésimonovena operación quirúrgica.

Bibliografía y webgrafía:
Aguilar, C. (2001). Guía del Vídeo-Cine. Madrid: Cátedra.
Cabrera, J. (2008). Cine: cien años de filosofía. Barcelona: Editorial Gedisa.
Chomsky, N. (2003). Poder y terror. Barcelona: RBA.
Fusi, J. P. (s.f.). www.reis.cis.es. Recuperado el 15 de Enero de 2011, de http://www.reis.cis.es/REISWeb/PDF/REIS_09.pdf
Iranzo, J. M. (s.f.). www.ucm.es. Recuperado el 23 de diciembre de 2011, de http://www.ucm.esBUCM/revistas/cps/11308001/artículos/POSO0404330035A.PDF
Jackson, G. (2001). Prejuicio contra Estados Unidos. En G. Jackson, Ciudadano Jackson. Barcelona: Martínez Roca.
Lévy, B.-H. (2007). American vertigo. Barcelona: Ariel.
Monferrer, J. M. (s.f.). Análisis cuantitativo del grupo de discusión con jóvenes universitarios de Madrid.
Norden, M. F. (1998). El cine del aislamiento. El discapacitado en la historia del cine. Madrid: Escuela libre editorial/Fundación ONCE.

lunes, 16 de mayo de 2011

La “macroviolencia” que se importa, importa


Sobre datos referidos al periodo comprendido entre 2003 y 2008 (Ministerio de Igualdad, 2009), encontramos que se ha pasado en 2003 de 11 agresores de nacionalidad extranjera a 28 en 2008 (17 más), mientras que las víctimas de origen extranjero en 2003 eran 9, frente a las 33 (24 más) de 2008. Datos que contrastan con que en 2003 el número de agresores españoles fue de 59 frente a 47 (12 menos) y 62 víctimas españolas en 2003 frente a 42 en 2008 (20 menos).

En conclusión, creció significativamente el número de agresores y víctimas procedentes mayoritariamente de países donde no rigen los mismos parámetros sociales en el ámbito de la igualdad, coincidiendo con un proceso creciente de inmigración vivido en el periodo analizado, mientras que el número de víctimas y agresores de nacionalidad española decreció, con toda probabilidad por el ejercicio de políticas administrativas más activas contra este tipo de violencia y por una evolución social positiva en este terreno, de mayor concienciación, tanto individual como comunitaria, frente a este drama social.

El hecho de que la mayoría de inmigrantes que se han desplazado a España procedan de países menos desarrollados social, política y económicamente (como no se entendería de otro modo al tratarse de una inmigración esencialmente económica), nos permite considerar que en los mismos su población no ha alcanzado aún los niveles de concienciación del país receptor.

Además, aunque suene a “boutade”, la mayoría de estos inmigrantes presentan niveles educativos por debajo de la media, procediendo una buena parte de ellos de territorios no urbanos; esto nos recuerda a China, donde el modelo patriarcal de la familia, en el que la mujer representa un papel de segundo orden, se reproduce en el campo, en contraste con las zonas urbanas, donde tiende a desaparecer.

Por resumir, sería el prototipo de inmigrante-hombre llegado a España el que aterriza con una percepción personal sobre el valor de la mujer que somatiza en su lugar de origen, y que contrasta con la evolución experimentada en el lugar de destino, en este caso España. Eso es lo que llama y, de algún modo, explica, el aumento de los casos de violencia en este contexto social en comparación con la reducción de los datos referidos al ámbito nacional.

La “microviolencia”: el origen.

El fenómeno de la microviolencia se percibe claramente menos sutil en estos casos que en los de núcleos familiares socialmente más evolucionados, como presumimos que sería el del caso español. De algún modo, la violencia extrema que concluye con la muerte de una mujer en estas circunstancia es la suma de microviolencias que, de acuerdo con los parámetros observados por Bonino, se insertan (si cabe de modo más natural) en los comportamientos de los hombres con menos desarrollo intelectual, social, e, incluso económico.

Digo esto porque resulta del todo interesante la apreciación sobre la “sutileza” que atribuye Bonino a la microviolencia en un escenario supuestamente ideal, el de una familia compuesta por dos miembros laboral e intelectualmente independientes, en el que no se atisban (en apariencia) por ninguna de las partes indicios de una violencia que, a diferencia del ámbito expuesto anteriormente, no se presenta de modo natural, incluso previsible.

Datos frescos. I Encuesta de Violencia Machista de Cataluña (Catalunya, 2010). Rasgos “microviolentos”:

De una escala del 0 al 10: Durante 2009, mujeres que sufrieron de sus parejas o ex parejas menosprecio o humillaciones, 8,5; insultos o agresiones verbales, 8,2; amenazas, miedo, 3,9; seguimientos, llamadas, escritos, 3,7.

En este punto, en un contexto en el que los términos masculino y femenino “tampoco nos aclaran gran cosa”, afirma el pensador José Antonio Marina (VVAA, Ser Hombre, 2001) que “los hombres lo tienen especialmente complicado porque a lo largo de la historia la virilidad no ha sido un dato natural sino una construcción social, una condición reduplicativa”, y agrega: “Muchos hombres han intentado cambiar el modelo duro de masculinidad, el ‘hard man’, por un modelo suave, ‘soft man’. Pero sin acabar de creérselo (…)”.

Aún a riesgo de simplificar, pero sin ningún ánimo reduccionista, asoma la posibilidad de que la manifestación de una microviolencia dada en este contexto desarrollado cultural, social y económicamente, tenga más su origen en el desconcierto que en la premeditación por parte del hombre.

Sin ánimo tampoco de desvariar, evoco lo que apunta (aunque en otro contexto, pero creo que nos puede ayudar) Slavoj Zizek sobre que “la cuestión esencial aquí es distinguir entre el pene (el órgano eréctil en sí) y el falo (el significante de la potencia, de la autoridad simbólica, de la dimensión –no biológica, sino simbólica- que confiere autoridad y/o poder)”.

Precisamente, eso que subraya Bonino en relación con la “creencia en la superioridad y disponibilidad sobre la mujer” se explica en el efecto de su “socialización de género”. Una socialización tan sutil, o más, como el efecto de la microviolencia que el hombre ejerce sobre la mujer.

“La sumisión ha sido el modelo de la sociedad patriarcal”, sentencia Marina. Guante que recoge, el, a veces, insoportable (pero siempre desgraciadamente coherente, aunque no lo parezca) Fernando Sánchez Dragó (VVAA, Dios los cría, 2010) cuando afirma: “El otro día le dije a (el periodista Ernesto Sáenz de) Buruaga que yo, ahora, no me meto con una desconocida en el ascensor ni a palos, porque sale, dice que le has tocado las tetas y te buscas la ruina”. Una microviolencia en forma de tradición perdurable frente a diseños microviolentos novedosos que adoptan todo tipo de formas, hasta las más extrañas y desde la bilateralidad.

La microviolencia por venir, menudo porvenir.

Más del 50% de los alumnos homosexuales, transexuales o bisexuales ha vivido algún tipo de violencia en las aulas, según el informe Jóvenes LGTB, realizado en 2010 por la Federación Estatal de Lesbianas, Gays, Transexuales y Bisexuales (FELGTB). El coordinador del área de Educación de la FELGTB, Jesús Generelo, apuntó que "alrededor de un 10% del alumnado pertenece a una realidad afectivo sexual o familiar diferente", y de ahí la necesidad de tener en cuenta este hecho en las aulas, afirmó a Servimedia.

Realizado entre 350 estudiantes LGTB, el estudio revela, además, que los abusos son más frecuentes entre varones, ya que el 65,7% de los chicos ha sufrido violencia física o psicológica, frente a un 44,2% de las chicas. Generelo atribuye esta desigualdad a "una cuestión de visibilidad, ya que la homosexualidad, y especialmente la transexualidad, es más evidente en los chicos". La investigación revela también que la mayoría de las agresiones son verbales y de carácter psíquico. En este caso, también los hombres salen peor parados que las mujeres: 52,3% frente al 42,8% de ellas.

Parecen ser estos tiempos convulsos, donde se hace cada vez más complejo categorizar estos fenómenos, tan adaptables y extensibles como la goma de mascar que, siendo niños, arrebatábamos con malos modos a las niñas, pensando que cumplíamos un rol coherente, pero que hoy conducen al Trankimazin 0,5 a muchas de nuestras mujeres. ¡Mal rollo! Que dirá mi hija dentro de cinco años.

jueves, 12 de mayo de 2011

Gitanos 'andaluzaos', o andaluces 'agitanaos'. It's the question




A propósito de las precisiones que antecede en su informe Encarna Herrera (2000) sobre el concepto de minoría étnica, en su definición de normas o valores compartidos por un grupo social o como modo de catalogar las características físicas de los grupos humanos, de todos es sabido que en ocasiones los individuos clasificados accidentalmente en un grupo social determinado poco o nada tienen que ver con aquellos con los que comparte dicha categoría… O como apunta Pujadas, un grupo o minoría étnica estaría formado por un grupo de personas que comparte ciertos rasgos comunes como la lengua, religión, costumbres e instituciones, o bien de tipo físico o racial, pero puede que sus miembros sólo compartan, con carácter individual y por principio, aspectos comunes como la lengua o las instituciones, incluso el aspecto físico, pero no necesariamente el resto. Y eso dificulta la clasificación.

Es la paradoja que se produce cuando el vecino de una comunidad cuya piel es blanca, habla el mismo idioma que el resto de vecinos y paga sus impuestos a la misma institución, pero se siente socialmente más próximo a un lapón que vive en el cuarto piso y que come carne de pescado cruda.

Con su habitual sentido del humor lo expresa Bertrand Russell cuando habla de las formas de moralidad basadas en el tabú, que para el caso, me sirven para ambas partes, la llamada gitana y la paya: “Había una ley en Connecticut que declaraba ilícito que un hombre besara a su mujer el domingo” o “En el Japón, antes de la era Meiji, un hombre que omitía sonreír en presencia de un superior social podía ser legalmente muerto allí mismo por el superior en cuestión. Eso explica por qué los viajeros europeos encuentran que los japoneses son una raza sonriente”.

La imposibilidad de casar lo que llama Russell determinadas formas de moralidad en grupos sociales diversos son trasladables al caso que nos ocupa. Las partes no se avienen al acuerdo. Le dicen a Sandra Heredia: “Tú no pareces gitana, no eres muy morena, eres muy moderna”, como si pertenecer a la etnia gitana fuera sinónimo de lo impropio del momento. Pero Sandra muestra su orgullo de y por ser lo que es: gitana. Y es ahí donde creo que arranca el punto de partida que hace irresoluble el conflicto. Pero no por culpa de Sandra: por culpa del estereotipo que las partes gustan de sostener, en el fondo. ¿Es eso victimismo? ¿Sandra quiere interrelacionarse con otro mundo distinto al suyo? ¿Debe? No se trata de eso. No quiero que sea eso. Hablaría más de empatía, de libre deseo de pertenencia a un grupo.

Hay una obsesión por parte de las llamadas y, lo más importante, a mi juicio, autollamadas minorías étnicas por un territorio propio, por un “paraíso perdido”. Por hablar de pueblos dentro del pueblo: El pueblo judío, el pueblo gitano, el pueblo vasco… Un lapón no corre necesariamente riesgo de perder su identidad como lapón, si es lo que desea, por vivir en Móstoles. Correrá peligro de no disfrutar de la oferta de servicios que le pueda prestar el lugar que ha elegido para vivir si no se da de alta en el censo (75.000 seres humanos gitanos no tienen DNI).

Y el gitano, el ser humano y ciudadano gitano –que no otra cosa, por más que se empeñen las partes en conflicto-, tiene una cierta corresponsabilidad en que eso sea así. La propia Herrera nos ayuda a no desviarnos del por qué al señalar que “la etnicidad hay que entenderla en términos de la competencia por el control de los recursos escasos”. Es eso y no un problema de etnias tal y como tendemos a entenderlas, las unas y las otras partes, repito, en conflicto.

Milenario conflicto que se remonta a 1499, para el caso español, y que debe esperar a los años noventa del siglo pasado, y desde sí mismo, para plantear soluciones. Años perdidos de un pueblo que se dice “universal”, como tildando de particular al resto de grupos sociales, pero que olvida, como bien apunta Dolores Juliano, que “son las desigualdades sociales y no las diferencias culturales las que están en la base de la discriminación”.

Exclusión y autoexclusión. ¿Hasta qué punto el llamado así mismo pueblo gitano no se autoexcluye, como bien pudiera hacerlo el así llamado pueblo payo, o lapón, autoinmolándose socialmente? “Todas las civilizaciones son muy propensas al narcisismo (…) que siempre ha estado –y sigue estando- camuflado por todo tipo de ardides retóricos; las más de las veces de pueblo elegido o llamado a cumplir una misión salvadora, o las dos fórmulas juntas”, afirma Kapuscinski.

Algo de eso hallamos en la advertencia que hace de soslayo en el reportaje Manuel García Rondón, de Unión Romaní, cuando apunta: “Europa está envejeciendo (…) y nosotros somos un pueblo muy joven (…) que nos traten bien (los otros), que les vamos a hacer mucha falta en un futuro a corto plazo (a los otros)”. Partimos todos de un mal principio: Los otros tienden a hablar siempre de los otros, y pocos de todos los otros parecen estar interesados en hablar de los unos comunes. El modelo que presenta Gordon para los Estados Unidos parece condenado a repetirse para el pueblo gitano en España.

Giddens no puede estar tan errado cuando espera que el futuro sea una mezcla de los tres modelos, una de cuyas premisas deben (es obligación, sí) cumplir, como es el respeto de todas las culturas existentes en un marco de reconocimiento mutuo y en igualdad. ¿No deseamos todos eso? Descartado, afortunadamente, el aspecto racial, ¿qué nos queda? Nos queda el ámbito socioeconómico, generador, por definición propia, de desigualdades entre los individuos, independientemente de todo lo demás (creencias, costumbres, necesidad de cognición o, incluso, grado de culturalización, etc…).

Y aún a riesgo de descontextualizar a Pierre Bordieu, escogemos su término “estilo de vida” para profundizar en la falsa idea de las distinciones que los individuos prejuician sobre otros. No hay tal distinción más que la generada a propósito, y a propuesta de un grupo social determinado. Nos puede ayudar a comprender la situación de la población de etnia gitana, en su condición ya acordada de grupo social con una impronta singularmente personalizada, el observarla objetivamente como una unidad estilística diferente de otra, como la de un lapón, que colisiona con otra unidad (u otras y hasta el infinito) sólo en la carrera por posicionarse en una estructura socioeconómica dada, que, no obstante, viene a ser universal (me recuerda la reivindicación narcisista de Unión Romaní).

En este punto nos ayuda Dolores Juliano cuando subraya la figura del “discriminador”, como el instrumento que “construye al otro como diferente”. Pero el discriminador parece ser siempre el otro, cuando el otro del otro también gusta de practicar tal cosa. Es una pescadilla que se muerde la cola, sin solución posible; más que un juego de palabras como aparenta ser lo escrito. Bordieu nos ayuda al hablar de la marginación que implica, en un mismo contexto académico y/o profesional lo que llama “propiedades secundarias”. Dice: “Los individuos reunidos en una clase que está construida bajo una relación particular, pero particularmente determinante, llevan siempre consigo, además de las propiedades pertinentes que constituye el origen de su enclasamiento (ser abogado, ser médico, etc.), unas ‘propiedades secundarias’ que se introducen así de contrabando en el modelo explicativo.

Es decir, que una clase o una fracción de clase se define no sólo por su posición en las relaciones de producción, tal como ella puede ser reconocida por medio de indicadores como la profesión, los ingresos o incluso el nivel de instrucción, sino también por un cierto ‘sex-ratio’, una distribución determinada en el espacio geográfico (que nunca es socialmente neutra) y por un conjunto de ‘características auxiliares’ que, a título de exigencias tácitas, pueden funcionar como principios de selección o de exclusión reales, sin estar nunca formalmente enunciadas (por ejemplo, el caso de la pertenencia étnica o de sexo)”.

He creído relevante tan larga cita, porque casa con lo que trato de exponer. En todos los ámbitos posibles, la discriminación está ya patentada: no es exclusiva de nadie. Y a veces da que pensar que según que etnias (prefiero hablar de grupos sociales) gustan de mantener su posición presente. No logro ver el beneficio, después de 500 años.

La china se libera, o no.


















Veo:

http://www.documaniatv.com/social/revolucion-sexual-en-china-video_7c0c9bc7a.html

Por de pronto, China asiste a un proceso de masculinización, esto es, que la tasa de hombres supera a la de mujeres como consecuencia de la mencionada política, pero también de la mayor consideración social que se le da al nacimiento de un niño frente al de una niña: mayor aumento de abortos, etcétera. No descubro nada. El reportaje lo subraya.

Por otro lado, llama significativamente la atención que las principales ciudades de China, pese a ser el país que aún hoy presenta una mayor población, y debido, seguramente, a que pierde posiciones frente a India respecto al índice de crecimiento poblacional, y a otros fenómenos sociales como la emigración, tengan previsto perder posiciones en el ranking de Naciones Unidas.

Es paradigmático (para el ámbito de los países desarrollados) el caso de Nueva York, que de la segunda posición hasta 2007, con 19 millones de habitantes, pasará a la sexta en 2015, con casi la misma población. Pero es más significativo el que para ese año ninguna ciudad china esté entre las diez primeras en población, ni siquiera Shanghai; en cambio, entrarán en esta dudosa lista núcleos urbanos como Lagos (Nigeria). En la lógica prevista están la segunda y tercera posición que ocuparán, por este orden, las ciudades indias de Bombay y Delhi, y el décimo puesto para Calcuta.

Más hombres que mujeres (hasta 30 millones más de mujeres se espera en los próximos años que hombres solteros, según el reportaje) y menor crecimiento de la población. Panorama descrito. Bien. Me centro.

De la fecundidad…

Resulta particularmente interesante, cuando no incitante, cómo describe hace 212 años Malthus las razones de la ya conocida entonces alta tasa de población en China: "El clima es muy favorable a la producción de individuos de la especie humana, y las mujeres son más fecundas que en ninguna otra comarca del universo”. En ese momento la sociedad china entiende el matrimonio y la procreación como poco menos que un deber sagrado, y la misma Administración favorece esta figura social entre los pobres. El propio Malthus observa que el matrimonio en la sociedad china de su tiempo es "una medida de prudencia porque los hijos, sobre todo los varones, están obligados a mantener a sus padres".

… al divorcio,

Anthony Giddensadvierte en 1999, doscientos años después, que, aunque la tasa china de divorcios es todavía baja comparada con Occidente, en las ciudades chinas es cada vez más frecuente, también la cohabitación. En cambio, “en el inmenso campo chino, todo es diferente”.

Lo hemos visto descrito en el reportaje. Así, Giddens pone de manifiesto que en las zonas rurales el matrimonio y la familia son “mucho más tradicionales”, a pesar de la política oficial de limitar los nacimientos con una mezcla de incentivos y castigos. “El matrimonio”, apunta, “es un acuerdo entre dos familias, fijado por los padres en lugar de por los individuos afectados. Como dice un refrán chino: ‘Te la presentan, saludas y te casas’”. Todo esto nos ubica, entiendo que bien, en el contexto que estudiamos.

… pasando por el no-Dios.

Como, de igual modo, resulta particularmente interesante, a mi juicio, detenernos por un instante en la concepción religiosa y/o moral predominante en China. En primer lugar, el confucionismo, que no contempla la figura de Dios; en segundo lugar, el taoísmo y el sintoísmo, que, por su condición animista, presenta a hombres y animales en la misma categoría; en tercer lugar, el budismo, que funde en un mismo cosmos la creación humana y natural. Todo ese conglomerado distingue la moral china del Cristianismo en cuanto que observa al ser humano no como un “ente” superior, sino como un miembro más de la naturaleza en general. Frans de Waal, a quien cita Francis Fukuyama, resalta que el hecho de ver una continuidad entre la naturaleza humana y la no humana ha llevado a los chinos a ser más compasivo con los animales no humanos. “Por consiguiente, las prácticas como el aborto o el infanticidio (en particular el infanticidio femenino) se ha extendido en muchas regiones de Asia.

El Gobierno chino ha permitido ciertas prácticas aborrecibles en Occidente, como la extracción de órganos de presos ejecutados, y aprobó una ley eugenésica en una fecha tan reciente como 1995”, apunta Fukuyama. Ya les voy entendiendo. Estamos llegando al final. O al principio de algo, como dice en el reportaje Zha Jianyin: “Es difícil vivir en la China de hoy, pero es divertido”.

¡Quizás no fue tan mala idea!

Parece quedarnos lejano (pero aún valido) el pronóstico que hace Salvador Giner en 1976 en su Sociología, donde, sobre la superpoblación que se nos viene encima, apunta: “Inevitablemente, y desde el punto de vista de la estructura social y la libertad de las personas, tales explosiones demográficas sólo pueden conducir a una regimentación alta de la vida social, pues solamente una coordinación imperativa (que incluya el control obligatorio de la natalidad) puede mantener el orden social”. Se lee aún fresco. Mao revive.

Resumen: “Los autores que han hablado de una juventud sexualmente emancipada olvidan a veces que esta emancipación se ha dado solo en la mujer”, porque los hombres llegan con experiencia sexual, de la mano de la prostitución. La niña que hoy vuelven a desear las parejas chinas (reportaje) parece que lo va a tener fácil para elegir (“…pero es divertido”). Aunque siempre hay un aguafiestas: Freud lo tiene claro: sólo una sexualidad, la fálica, la masculina. Se engañarán los que piensen que hay otra sexualidad posible, y sobre ello razona Jean Baudrillard: “En lo que respecta a lo femenino, la trampa de la revolución sexual consiste en encerrarlo en esta única estructura donde está condenado, ya sea a la discriminación negativa cuando la estructura es fuerte, ya sea a un triunfo irrisorio en una estructura debilitada”.

Lo tengo. Lo vi en el vídeo. ¡Eureka! Esto es lo que quería decir: Mujeres que ejercen la prostitución expuestas al escarnio social. Se supone que en ese mundo paga el hombre, pero es falso, paga siempre la mujer. Habrá que volver al campo.

Periodismo de batalla




En conflictos bélicos, ¿Es mayor ahora la manipulación mediática que hace cien años?

Se podría decir que, siendo igual o parecido el grado de manipulación (desde Jerjes, si se quiere), sería mayor en este tiempo la sofisticación del modelo, procedimiento o sistema que entonces. Una prueba de ello sería el empotramiento de licenciados en periodismo entre las tropas menos activas en un frente, que practicó con éxito Estados Unidos para mejor controlar los movimientos de los informadores en las recientes guerras en Irak y Afganistán.

Sofisticación la podríamos hallar también en la decisión de lanzar un misil desde un tanque contra un “objetivo” (desgraciadamente nunca mejor dicho) de una cámara que filmaba desde un balcón de un hotel atestado de periodistas, como bien sabían las tropas estadounidenses. Porque estas cosas siempre se saben: nada es gratis.

“La propaganda ha de escoger sus medios y ha de adaptarse muy de cerca a las circunstancias de lugar y tiempo y a las características psicológicas del frente que ha de batir. Ha de pulirse y renovarse constantemente (…)”. Esto lo dijo hace 70 años un oficial español, el comisario inspector del Centro del Ejército Popular de la República, Fernando Piñuela, a quien cita en su “Balas de Papel” José Manuel Grandela (Grandela, 2002).

Ya lo sabemos, nadie es tan pardillo como para no saberlo: basta salir a la calle para saber que todos manipulan (o lo intentan) y todos somos proyecto de manipulación; ¡Qué no van a manipular los entes!, por tanto.

Ayer Piñuela, hablando claro desde uno de esos entes; hoy, el periodista asturiano de 32 años Alberto Arce, uno de los pocos periodistas que logró quedarse en la Franja de Gaza, cuando la última invasión israelí (escribió sus crónicas para “El Mundo”). Bien, la clave está en lo que afirma el redactor jefe de Internacional del periódico, Francisco Herranz: “Su libertad de movimiento (la de Arce) ha estado muy limitada por la situación bélica, pero ha logrado, al menos, transmitir una visión diferente de lo que ocurría en Gaza” (Izquierdo, 2009). Una “visión diferente” de la oficial, de la empotrada, pero ¿la visión real de lo que sucedía? No. Fácil respuesta, claro, porque, además, todos los que aquí estamos o tenemos alma de periodista o nos pagan por ejercer de ello sabemos que no es necesariamente la visión real de lo que pasaba: era una visión: una visión más: igual de manipulada o más o menos que la empotrada: así son las visiones, subjetivas.

No descubro América, pero tampoco deseo automanipularme aún más (no me doy abasto últimamente).

Y en esas que viene Schiller y grita ¡Tierra!, y América a sus pies, y nos pone al corriente sobre la “inneutralidad” de la neutralidad atribuida a los medios, de la estupidez que es creer que cuantos más informen más garantizada estará la pluralidad y objetividad, y algunos mitos más del estilo. ¿No lo sabían ya los lectores? Desde luego hasta que publicó su libro en la década de los 70 no debían ser muchos (aún se habla hoy de él), como tampoco muchos hoy lo deben saber mientras comen tranquilamente palomitas frente a la TDT militarmente tomada por la ultraderecha (al menos en Madrid, desconozco la situación en Palencia). Pero lo que más me interesa de Schiller es su mito de la “ausencia de análisis” sobre los conflictos sociales.

Como todo en la vida, el receptor, esto es, el lector sabrá qué desea conocer y qué no, cómo, cuándo y de manos de quién; lo importante es que sea consciente de que, salvo que desee instruirse personalmente in situ, de un hecho determinado le va a contar “un otro” que no es él mismo. Y ello implica riesgos, claro: la subjetividad y honestidad del contador en origen, del editor que paga a éste (incluidos sus intereses como unidad económica), la fiabilidad de sus fuentes.

Pero no nos engañemos: el receptor, que somos nosotros mismos, nos manipulamos a diario sin darnos cuenta (se llama proceso de obtención de un carácter). La manipulación no ha de ser demonizada, por tanto, si acaso puesta en permanente entredicho (aunque sólo sea por salud pública, y propia), como hacemos con nosotros mismos en forma de aprendizaje, por ejemplo.

Por ello creo que Rubin acierta cuando señala que “la audiencia selecciona y usa las fuentes de información y los mensajes con el fin de satisfacer necesidades o deseos”. Esto, en el fondo, me parece una actitud sabia por parte del receptor, puesto que la libertad de conocer está al alcance de cualquiera, y las fuentes, si se sabe buscar, son múltiples. Si el receptor desea fiarlo todo a un “medio empotrado” no sólo no está en su derecho, sino incluso en el deber de hacerlo saber a los de al lado PARA ESTAR PREVENIDOS.

Es broma, claro, pero, al hilo de esto, lo que no es broma es aquello que se supo al poco de ser asesinado el que sin duda fue uno de los presidentes estadounidenses más mediáticos de la historia: que “el 10% del pueblo americano nunca había oído hablar de él” (Vidal, 2002). Ese 10% es la prueba de que no todos son manipulables, pese a los esfuerzos de las administraciones. También es la prueba, ciertamente, de que aún quedan especies por catalogar en ese desarrollado país.

miércoles, 11 de mayo de 2011

El ¿inequívoco? lenguaje corporal

He visto el documental (http://www.youtube.com/watch?v=hrn8AHjnK0I&feature=player_embedded) sobre el lenguaje corporal.

Antes que nada: me cae bien, pero no me cuadran los porcentajes. No alcanzo a distinguir en Boris Izaguirre el 7% que en el ámbito de investigación de la comunicación se atribuye a las palabras y el 93% que es propio del gesto como recurso. En Boris, pero en muchos que se me ocurren, conozca o no, veo delimitado un porcentaje más equilibrado, pero no ha de ser así, por lo visto y oído en el reportaje del que hablamos.

Puede que me turbe menos la verborrea de Boris, por ponerle cara al mensaje que deseo trasladar, que la cara de Bush cuando, en una visita a un colegio, recibe la información de que las Torres Gemelas han sido atacadas. Resulta prometedor perseguir sin pestañear la cara de ese Bush en el vídeo... tan alarmante como cualquiera de las desgraciadas olas que han barrido la costa japonesa y que tantas veces hemos visto estos días.

Pienso en el gesto cansado del Rubalcaba que regresa tras pasar por el hospital en su primera comparecencia en la rueda de prensa posterior al Consejo de Ministros, pero también en el mismo gesto menos desgastado de pocos días después cuando desequilibra con tino a su faisán popular, ya en la sesión de control en el Congreso. Parece ser ya el de Gil Lázaro el gesto recién salido del hospital.

Me aterrorizo al escuchar en el documental decir al policía: "Los ojos no mienten". No sé. No sé. Si no tuviera pistola y derecho de uso, me daría tanto igual que el policía acredite sin ambages lo que dice, pero me imagino un día con mirada torva, por tanto trankimazin 0,5, y siendo escrupulosamente analizado por ese policía: la de medicamentos que me puedo ahorrar si tiene el día del gesto fino.

Más horror me produce saber que yo, que tanto gusta del abrazo, del gesto activo, de la palma extendida, de la caricia respetuosa... que todo eso transmite poder, mi poder sobre el otro. Qué horror saberme tan poderoso. Qué habrán pensando de mí tantos y tantas.

Peor horror saber que mi vecino (pero puede que yo mismo sin querer, o saber, aceptarlo) tenga más en cuenta la imagen de su político que su mensaje.

¿Más horror aún? Sí, aún hay más. Oigo en el reportaje que una sonrisa denota competencia, esto es, eficiencia, 'savoir faire', excelencia... no conocen al camarero que me sirve a diario el café con leche de la mañana. La culpa es mía, en todo caso. Pero me cuesta tener un mal gesto con cualquiera.