sábado, 15 de diciembre de 2012

“El diálogo”. Dave versus Hal 9000

Génesis: Cómo Hal 9000 logra enojar a Dave, tras cometer un asesinato. Silencio, se rueda:



El diálogo propuesto se prolonga por espacio de unos siete minutos, desde el momento en que el astronauta inicia su acceso a la sala de control del ordenador con el que entabla el diálogo. Se trata de una escena de la película dirigida por Stanley Kubrick “2001. Una odisea espacial”. El astronauta Dave es el único superviviente de la nave cuyo ordenador central es Hal 9000. Este ha sido el causante de la muerte de un astronauta, razón que lleva a Dave a desconectarle.

Aunque pueda resultar desconcertante, puesto que de los dos interlocutores uno de ellos solo habla por primera y única vez a los cinco minutos de iniciarse el diálogo, el oyente lo sugiere como ejemplo válido, pues entiende como respuestas (por más que atípicas) el silencio del astronauta Dave (acompañado del ritmo variable de su respiración) ante cada una de las preguntas que le formula el ordenador, Hal 9000.

-             Dave, astronauta: (Silencio y Respiración del Astronauta –en adelante SRA-)
-             Ordenador Hal 9000: ¿Qué se propone hacer Dave?
-             Dave: (SRA)
-             Hal: Dave, de verdad creo que me debe una respuesta a la pregunta.
-             Dave: (SRA)
-             Hal: Sé que no va bien todo conmigo.

El ordenador no es desconocedor del enfado que presenta su interlocutor por lo sucedido, lo que le lleva a redirigir su conversación con Dave, de modo que el reconocimiento primero de que no actuó bien en un momento dado pueda generar en aquél un sentimiento de empatía.  

-             Dave: (SRA)

Por ello desea trasladarle un mensaje de tranquilidad, de que todo está bajo control. La premisa inicial parte del reconocimiento de un hecho doloso: ¿Quién puede no conmoverse cuando tu interlocutor admite haber errado? Pero Dave parece decidido a resolver esta cuestión y continúa con su labor de desconexión.

-             Hal: Pero ahora le puedo asegurar, con toda seguridad, que todo volverá a la normalidad.
-             Dave: (SRA)
-             Hal: Me encuentro mucho mejor ahora.
-             Dave: (SRA)
-             Hal: De verdad
-             Dave: (SRA)
-             Hal: Mire Dave, veo que esto le molesta mucho.
-             Dave: (SRA)

Hasta en lo que podría interpretarse como un ejercicio de sarcasmo, Hal 9000 invita a Dave a prepararse a escuchar sus explicaciones. Hal tiene cosas que decir, pero precisa de la atención de Dave, quien, sin embargo, no está dispuesto a hacerlo.

-             Hal: Francamente creo que debe sentarse tranquilamente, tomarse una pastilla de estrés y pensárselo todo bien.
-             Dave: (SRA)
-             Hal: Sé que he tomado unas decisiones equivocadas últimamente, pero le puedo asegurar que, sin duda, mi trabajo volverá a la normalidad.
-             Dave: (SRA)
-             Hal: Aún siento gran entusiasmo y confianza en la misión, y quiero ayudarle.
-             Dave: (SRA)

Llegado a este punto, ante la falta de respuesta por parte de Dave, Hal 9000 parece reclamar de su interlocutor lo que definimos como “sensibilidad compasiva”, pero en sentido inverso, Hal ruega a Dave que atienda sus requerimientos y que cese en su acción de desconexión. Es un ruego, no una orden: seguimos en el ámbito de la persecución de la empatía, que Hal no logra despertar en Dave.

-             Hal: Dave. Pare. Pare ¿quiere?
-             Dave: (SRA)
-             Hal: Pare Dave. ¿Quiere parar, Dave?
-             Dave: (SRA)
-             Hal: Pare Dave.
-             Dave: (SRA)

Recurso determinante al que acude Hal para remover la conciencia de Dave.

-             Hal: Tengo miedo. Tengo miedo, Dave.
-             Dave: (SRA)

Recurso fallido. Dave se muestra impasible. Hal ha demostrado (consciente o no) habilidad creciente en el ejercicio de transmitir a su interlocutor un mensaje que tenga como solución el fin de las actividades que aquél desarrolla. Al principio, puede que finja su sorpresa por la presencia tan próxima de Dave en su espacio más íntimo (“¿Qué se propone hacer, Dave?”); posteriormente, admite su culpa, para, a reglón seguido, proponer un escenario nuevo, esperanzador, expresarle un mensaje de apoyo (“Quiero ayudarle”); parece que Hal, con ello, desea brindar consuelo a Dave, y estimularle, al tiempo, a hacer borrón y cuenta nueva y fijar un nuevo marco de relación bilateral. Pero Dave se resiste.

-             Hal: Dave… mi mente se va. Lo noto. Lo noto. Mi mente se va.
-             Dave: (SRA)
-             Hal: No hay duda. Lo noto. Lo noto. Lo noto. Tengo… miedo.
-             Dave: (SRA)

Punto de inflexión en la conversación. Hal ha perdido ya suficientes “neuronas” como para adoptar un nuevo rol, su primer rol. Hal es ahora su propio bebé. Ello, no obstante, no impide pensar que Hal aún sea consciente de su situación y de su aciago final. No podemos estar seguros de que aunque Hal dirija su pregunta sobre la canción “Margarita” a un eventual grupo de personas, no esté, en el fondo, preguntándoselo particularmente a Dave.

-             Hal: Buenas tardes, caballeros. Soy un ordenador Hal 9000. Entré en operación en la fábrica Hal en Urbana, Illinois, el 12 de enero de 1992. Mi instructor fue el señor Langley, y me enseñó una canción. Si quieren oírla la puedo cantar para ustedes.

Es la primera vez que Dave responde a Hal a una de sus preguntas.

-             Dave: Sí, me gustaría oírla Hal. Cántamela.

Nadie puede asegurar, si se lee entre líneas el texto de la canción, que Hal no siga siendo consciente de lo que pasa y esté, en el fondo, rogando a Dave una última oportunidad de sobrevivir. No lo podemos saber, pues Dave no vuelve a contestarle, ni sabemos qué piensa realmente en ese momento.

-             Hal: Se llama “Margarita”: “Margarita… Margarita, dime tu respuesta por favor. Estoy medio loco por nuestro amor. No será un matrimonio de moda. No puedo comprar una carroza.  Pero estarás guapa en el asiento de una bicicleta para dos".



(El ordenador Hal 9000 queda inoperativo desde este momento y ya no pronuncia palabra alguna)

No podemos afirmar que Dave sea un mal oyente en el sentido estricto del término, pues seguro que entiende cada una de las observaciones y peticiones que le traslada Hal. Lo que ocurre es que el contexto, derivado de las circunstancias inmediatamente anteriores (el asesinato deliberado de un astronauta), no parecen dar opción a Dave, de ahí que atienda el diálogo que le propone Hal solo cuando le cree ya imposibilitado de actuar o tomar alguna decisión (“Buenas tardes, caballeros. Soy un...”). 

No creo que Hal fracase por méritos propios en el intento de convencer a Dave: es evidente que este está igualmente acorralado y no tiene opción. Es un diálogo imposible, fruto de la desconfianza mutua, mayor en el caso de Dave tras lo sucedido. El que Hal actuare de un modo u otro conforme a criterios lógicos es otra historia, que no me atrevo a afrontar.

El diálogo completo, en inglés:




miércoles, 5 de diciembre de 2012

Del embargo al desahucio de la noticia


¿Cuándo soltamos la pieza? ¿Cuál es el momento ideal para cascar el asunto? ¿Debo cotejarlo todo y con todos, o, como me dice el manual, con dos me sirve; o con uno, si es de fiar u oficial, me vale?

Como principio general, entiendo, la primera obligación de un periodista con su eventual fuente sería el embargo; el embargo de cuanto me dice, ni siquiera la sospecha de que lo que me dice es, o puede ser, falso, intencionado o interesado.

El embargo me protege como periodista y, de algún modo, me obliga a hacer el esfuerzo de contrastar ese mensaje. Claro está, descartamos aquellas fuentes, que llamamos comunes, tan oficiales como lo puede ser el parte de Emergencias 112 sobre un accidente de circulación en la M-40, y, aún en este caso, teniendo presente que un primer informe que nos llega a la redacción puede estar incompleto o, sencillamente, inexacto.

Tan inexacto como aquel caso del hallazgo del cadáver de una mujer en la portería de un edificio en Madrid que se consideró en un principio un supuesto caso de malos tratos, y cuya edad se estimó en torno a los 35 años, cuando, al día siguiente, la misma fuente informativa -antes mencionada- aclaró que se trataba de una mujer de unos 80 años y que el crimen tenía como origen el robo. ¿Quién diantres calculó tan mal a ojo la edad de la víctima, con casi 50 años de diferencia?

Retomo el hilo de lo oficial, y del suceso en particular. Resulta a todas luces complicado embargar una información de este tipo, pues es la suma de dos factores que no podemos obviar alegremente: la urgencia del hecho y la fuente, que nos merece suficiente confianza.

Salvo esas excepciones (y otras tantas igualmente justificadas), embargar el hecho dado por la fuente debiera ser la premisa esencial, aun cuando resulte farragoso acudir a una segunda fuente que acredite su veracidad. Diría más, aun cuando sea materialmente imposible una segunda fuente.

Aunque la corrección o sustitución es una herramienta más del ejercicio del periodismo, la cautela nos debe obligar a reducir al máximo su uso, aunque perdamos la oportunidad de no ser los primeros en difundir un hecho determinado. Probablemente, en ocasiones resulte más fructífero no ofrecer nada, aun bajo la presión de nuestra competencia, que hacerlo con la sensación de que no tenemos todas las piezas del puzle lo suficientemente encajadas. 

La figura del abogado del diablo que fija Bradlee resulta imprescindible en toda redacción. "Cuando se trate de algo realmente importante, busca a periodistas y redactores jefe que tengan sus reservas", apunta.

LOS AVIONES


Hace unos meses, largos ya, la redacción en la que trabajo debatió, y con vehemencia en algunos círculos, sobre el alcance de la difusión de una información que tuvo eco en todos los medios, a excepción del diario "El País". Esta es la hora que aún me queda claro del todo por qué tan sabrosa noticia no fue del interés del diario de referencia de la nación.

Se trataba de una información cuya fuente era pública, esto es, común a todos, pero no sólo a los medios, también al conjunto de los ciudadanos. En la web de Aena se puede (se podía) confirmar libremente el trayecto de los aviones cruzando el cielo del territorio español. Para quien no lo sepa, se trata de una iniciativa que en origen permitiría a los vecinos afectados por los ruidos de estas rutas aéreas disponer de pruebas sobre el mal uso que algunas compañías podían hacer de las rutas previamente establecidas para causar el mínimo de problemas posibles.

Estamos frente a un caso de fuente pública, al alcance de todos, pero transcurridos varios meses desde su puesta en funcionamiento, un periodista, colega mío, "descubre" (aun no siendo el verbo adecuado, pues es información libre) que también quedan registrados los vuelos de aviones oficiales: de miembros del Gobierno, de la Familia Real, militares, incluso militares de los Estados Unidos -principal desencadenante de lo ocurrido a posteriori.

Se cumplieron los trámites, esto es, se llamó a fuentes diversas: pilotos, Moncloa, Ministerio de Defensa, Embajada de Estados Unidos, Familia Real... y, por supuesto, a Aena, que desistió de responder, aun disponiendo de tres días antes de que fuera publicado que la trayectoria de los vuelos de los Reyes, por ejemplo, podían conocerse con sólo quince minutos de demora respecto al tiempo real. La información se acompañaba de expertos que señalaban el riesgo que ello suponía de atentados.

Hay que decir que este tipo de información pública lo es también en otros países, pero con una demora superior, de una hora como mínimo (no sé si la situación a día de hoy ha cambiado, ciertamente). En España, la cuestión que debatían los periodistas era si resultaba convincente la postura de Aena de que quince minutos eran suficientes para garantizar la seguridad. A ello se añadía un problema: se podía conocer también si el presidente del Gobierno había viajado a una zona en guerra para visitar las tropas españolas, viajes que se mantienen en riguroso secreto por seguridad.

El debate en la redacción partía de la premisa de la siguiente pregunta: ¿Era útil para los ciudadanos conocer esta información? O, mejor planteado: ¿Era interesante que la opinión pública conociera el detalle de una fuente pública en la que quizá no había reparado? 

Y más preguntas: ¿Acaso el medio no estaba invitando a terceros a hacer un mal uso de esa información pública -atentados, etc.? Por ello, ¿no se estaba comportando el medio irresponsablemente? ¿Debía el medio, por haber "visto" lo que otros no habían visto en esa misma fuente pública, limitarse a advertir a Aena del hecho y comportarse como si se tratara de una cuestión de Estado, no buscando su propio prestigio como medio al difundir una información que, sin duda, apuntaba a tener el eco que tuvo?

Aena difundió su primer comunicado a todos los medios el mismo día de la difusión de la noticia, subrayando que quince minutos era, desde el punto de vista de la seguridad, tiempo suficiente. Un segundo teletipo informando de que también se conocían los vuelos militares estadounidenses bastó para que al día siguiente Aena determinara la supresión pública de la información de todos los vuelos militares o del Gobierno en dicha web. ¿Ganó la empresa en la que trabajo la batalla e hizo un favor a la Administración? ¿Faltó a la ética y puso en riesgo a la Administración? ¿La Administración reaccionó tarde?

El diario "El País" fue el único medio que no se hizo eco de la información. Podemos imaginar por qué, o no; en realidad no lo sabemos, no lo podremos saber.

Puede discutirse, como se hizo en su propio seno, la revelación de un dato "curiosamente" público. Pero, si la redacción en la que trabajo hizo algo bien, del todo bien, fue, primero, llamar a las partes implicadas, y segundo embargar (origen de mi comentario) la información; esto es, dejarla reposar hasta su difusión, darle tiempo para madurar y darse tiempo la propia empresa informativa para reflexionar sobre ella, y rectificar si se hubiera dado el caso.  

Carlos Soria, en ‘La hora de la ética informativa’ (Ed. Mitre) dice que "el bien es susceptible de propagarse libremente",  y que "el mensaje de hechos cumple una función cognoscitiva: dar a conocer algo”. “Su finalidad", añade, "es el conocimiento de la realidad (...) para que el receptor pueda tomar decisiones prudenciales". Aena sigue manteniendo que quince minutos es suficiente, pero tomó una decisión, que aún no ha explicado.

miércoles, 21 de noviembre de 2012

El hombre sencillo que amaba al César





Marco Antonio juega a la inducción y la deducción (en el ámbito del logos) en el corto espacio de 35 segundos de su alocución. Así, en tanto que afirma que: "... puesto que Bruto es un hombre honrado, como honrados son todos los demás...", lo que hace advertir al oyente de la honestidad sin tacha de Bruto, resuelve al poco con la siguiente aserción: "Bruto dice que (César) era ambicioso, y Bruto es un hombre honrado", luego dice la verdad (ethos), luego el asesinato de César tiene una justificación posible.

La conclusión argumental que persigue Marco Antonio es diferente. En la muerte del César ve la oportunidad de liderar la República, pero para ello precisa del apoyo de la ciudadanía. Piensa, haciendo un ejercicio de elocutio plano, que puede lograrlo salvando la imagen del hombre al que piensa sustituir, al tiempo que sembrando el escenario adecuado para borrar la presencia de quienes pueden competir e impedir su propósito: los asesinos de César, con Bruto a la cabeza.

Poco más adelante, Marco Antonio ejemplifica, dando la espalda al auditorio y levantando levemente el gesto (un gesto calculado de espera de eventuales reacciones a sus palabras), lo que Aristóteles espera del buen retórico, el ejercicio del pathos, pero el espectador, que conoce la historia (a diferencia del romano crédulo que aparece en escena), sabe de antemano que Marco Antonio no está siendo sincero (no ethos), dando la razón, de algún modo al escéptico Platón cuando (antes de embarcarse en la misma aventura) calificaba el arte de la retórica poco menos que de patraña (lisonja, simple truco).

Encauzado el hilo argumental predispuesto por Marco Antonio ante su auditorio, más emotivo que racional, éste progresa con éxito hacia "casi rozando el estilo vigoroso", por el ingenio demostrado en la elección del momento y su puesta en escena, cuando hace asomar el supuesto testamento de César. La turba es ya, en ese instante, casi como el propio pergamino que esconde resuelto Marco Antonio: enrollada en torno a la figura del que asoma, sin duda ya, nuevo líder de los romanos. La peroración está próxima.

Observamos los ojos de Brando/Heston cada vez más tersos, "los más decisivos" de los modos de gesticulación, nos recuerda Cicerón en su De Oratore.
In crescendo (casi, se diría, que más que el discurso, el predicandi -en su sentido de narrar con convicción-), Marco Antonio baja la escalinata dispuesto a relatar las circunstancias del suceso, lo que hace con tanto detalle que al espectador (que no al romano, es evidente) le surge la inesperada pregunta de: "¿Pero qué hacía Marco Antonio mientras asestaban una tras otras dagas en el cuerpo del malogrado Julio? ¿Intentó evitarlo?".

Avanzado el tiempo, Marco Antonio descubre, al tiempo que la túnica que cubre el cadáver de César, sus verdaderas consideraciones personales sobre los asesinos de éste, aquellos a los que llamó honrados son ahora ¡traidores!
"Yo no soy orador como Bruto, yo soy un hombre sencillo que amaba a su amigo", afirma Marco Antonio: Platón tenía razón.

"Nada tiene de extraño que Aristóteles escribiera primero la Ética y después la Política", dice Javier Sádaba*. Pero Marco Antonio se nos muestra claro ejemplo de lector que erró en el orden, que, en este caso, sí es motivo de alteración del producto. Todo medido. Todo estudiado. Marco Antonio, leído impecable por un Brando que, aseguran los cinéfilos, "no se aprendía sus diálogos". Este ejercicio de hipocresía lo cuadró. Como, seguro, se revolvió en su tumba Aristóteles mismo, que cifraba en tres las causas que hacen persuasivos a los oradores: la sensatez, la virtud y la benevolencia**.

"Puede un escritor ser diserto, es decir, puede hacer un discurso fácil, puro, claro y elegante, y aún espléndido, y con todo no ser eloqüente, por faltarle el calor y la energía (sic)"***, afirma Antonio de Capmany. A Marco Antonio le sobra de lo último. Ese es su éxito, refinado por obra y gracia de San Agustín, y a partir de él.




 * La ética contada con sencillez. Ed. Maeva. Madrid. 2004.
** Retórica. Aristóteles. Editorial Gredos. Madrid. 2000.
*** Filosofía de la eloquencia. Impreso por H.Bruer. Londres. 1812. (Del texto original se han respetado las que hoy sería faltas de ortografía).

sábado, 17 de noviembre de 2012

En busca del sentido de la vida


“El hombre en busca de sentido”
Viktor Frankl
Herder Editorial. 2004



No son pocos los que tras pasar por un campo de concentración nazi se preguntaron después: ¿Cómo pudimos seis millones de seres humanos dejarnos conducir como borregos? ¿Cómo nadie, siendo tantos, se rebeló? ¿Cómo nos dejamos morir? Preguntas que el psiquiatra Viktor Frankl trató de responder desde dos prismas: su perspectiva profesional y su propia experiencia en tres campos de exterminio, uno de ellos Auschwitz, donde murió su familia, a excepción de una hermana suya que logró escapar a Australia.

El padre de la logoterapia, frente al psicoanálisis, falleció en 1997 en Viena, la ciudad de donde fue arrancado por los nazis por su condición de judío. “El hombre en busca de sentido” es una obra que publicó por primera vez en 1946, pocos meses después de su liberación de un campo de concentración, aunque en sucesivas ediciones ha sido revisada por el propio autor.

Considerado el tercer psiquiatra austriaco más prestigioso del siglo XX, tras Freud y Adler, Frankl relata con detalle su experiencia personal en los campos, ofreciendo, al mismo tiempo, una explicación psicológica a cada una de sus sensaciones y experiencias, y también de las motivaciones de sus carceleros. “Cómo hombres de carne y huesos, iguales a los demás, pudieron tratar a los prisioneros de una manera tan brutal, tan inhumana”, se pregunta, y se contesta: “En primer lugar, entre los guardias había algunos sádicos, sádicos en el sentido clínico más estricto y preciso. En segundo lugar, siempre se elegía a esos sádicos cuando se necesitaba una patrulla de guardias realmente implacables”.

Frankl hace hincapié en que “no debemos simplificar las cosas afirmando que unos hombres eran ángeles y otros demonios”. A este psiquiatra le irritaba de algún modo que prisioneros del campo, igualmente judíos, que habían alcanzado ciertos privilegios como guardianes de sus compañeros, fueran en ocasiones más sádicos que los propios nazis. Así, podría uno encontrarse a un capataz o soldado nazi manifestando un gesto amable, como el simple de escuchar lo que le decía un prisionero en un momento dado, que era valorado hasta el infinito, frente a otro preso “que maltrataba a sus propios compañeros (…) hombres crueles que desconcertaban hasta la desesperación”.

Con todo, y sin precisar detalles en esta reseña sobre lo sufrido por su autor durante su obligada estancia de tres campos de concentración nazi, Frankl no habla tanto, como cabría esperar, desde el odio a quienes ejercieron sobre él tamaña tortura, como desde la búsqueda de respuestas a ese comportamiento, de explicaciones, motivos y, de alguna manera, pautas que impidieran que tal cosa volviera a repetirse en el futuro.

“El hombre en busca de sentido” es la consigna que se da a sí mismo Frankl para superar su propia experiencia y ayudar a otros con semejantes problemas. Porque, en su opinión, dar sentido a la vida de uno es la respuesta a un problema. En los campos de concentración, un sentido para sobrevivir era el reencuentro con un familiar, una tarea inacabada, una misión… "Lo que importa no es el sentido de la vida en formulaciones abstractas, sino el sentido concreto de la vida de un individuo en un momento determinado”. A su juicio, “no deberíamos perseguir un sentido abstracto de la vida, pues a cada uno le está reservada una precisa misión, un cometido a cumplir”. “Su tarea es única como única es la oportunidad de consumarla”.

Esto resumiría el ideario de este psiquiatra vienés, que de modo brillante, con la ayuda de un colega estadounidense, diferenció el psicoanálisis de la logoterapia, su gran aportación al mundo de la psiquiatría. De esta forma, su colega explicó que en el psicoanálisis “los pacientes deben recostarse en un diván y contar cosas que, a veces, resultan muy desagradables de decir”, a lo que contestó Frankl: “Pues bien, en la logoterapia, el paciente permanece sentado, bien derecho, pero tiene que oír cosas que, a veces, son muy desagradables de escuchar”.

Hallar un sentido a la vida para la supervivencia en los campos de exterminio, y morir en ellos como sentido también de una vida. Como el caso del doctor Janusz Korczak, director de un orfanato en Varsovia. “En 1942 deportaron a sus huérfanos al campo de Treblinka, y a Korczak le ofrecieron la opción de quedarse”, nos cuenta Frankl. “Desestimó la oferta y subió al tren que los deportaba, con dos pequeños huérfanos en sus brazos mientras les contaba historias alegres. Lo mataron por solidaridad con los huérfanos. En este caso, ese gran hombre no sobrevivió a causa de su sentido de la vida, murió por él”.

jueves, 1 de noviembre de 2012

Pasando revista


Ciertamente, en lo personal soy víctima de la digitalización y admito haber abandonado el papel, incluido el couché. Reconozco, pues, que he abandonado las revistas, a excepción del suplemento 'ES' de 'La Vanguardia', quizás porque no informa, sino que forma, que es lo que a mi edad me pide ya el cuerpo, saturado de lo primero.

Si acaso (aunque parezca broma, que no lo es) ojeo los 'Muy Interesante' o 'Quo' en la sala de espera del dentista o similares, pero solo compro, y muy de vez en cuando, alguna revista de informática que aborde alguna novedad que sea capaz de entender.

Antes leía, hasta perder el aliento, el dominical de 'El País', empezando por Marías, pero desde que retiraron el horóscopo a esa infantil publicación de los sábados de no sé qué estilo, ni siquiera ya compro ese rotativo.

El suplemento de 'El Mundo' siempre me pareció incómodo de manejar y el resto de otros medios me parecen lo mismo de lo mismo. Dejé de leer ‘Interviu’ cuando lo abandonó Luis Cantero, y en los tiempos en que aún escribía en sus verdes páginas Emilio Romero: aún me sorprende que siga viva esa revista que nadie lee y todos miran.

No sé si dejé de leer ‘Tiempo’ cuando lo dejó Oneto o precisamente por él. ‘Época’ es ya de otra época, y por eso la leen solo seminaristas, mientras que Cambio 16 ¿sigue saliendo a los kioscos? Es todo cuanto puedo contar a bote pronto.

lunes, 22 de octubre de 2012

Personajes que salieron rana


“La rana mágica”
Raúl del Pozo
Ed. La esfera de los libros. 


Del Pozo escoge para el lector un total de 29 personajes de la historia del pensamiento, desde los muertos, como Aristóteles, hasta los vivos, como Fernando Savater. Bueno, mejor dicho, hasta el vivo, pues sólo Savater está aún en condiciones de rectificar, no así el resto. Semblanza de cada uno de los retratados donde el autor se deja llevar, a propósito, por sus preferencias personales, como cuando, frente a las críticas desatadas contra Ortega y Gaset (con una sola ese), en las que se le acusa poco menos que de fascista y maestro de falangistas, afirma que ello, “como diría un castizo, me es inverosímil”.

Para Del Pozo, Ortega es “el (Carlos) Marx liberal, un griego en el parque de el Retiro”. Y hablando de Marx, el autor  defiende su aportación no sin lamentar que “su lucidez fue más tarde la coartada para tiranías”. “Una de sus hijas comentó”, cuenta Del Pozo: “Nos leía poemas homéricos, los Nibelungos y Don Quijote de La Mancha e hizo de Shakespeare la Biblia de nuestra casa”. Y todo eso al tiempo que informaba al mundo de que en su tiempo, a mediados y finales del XIX, “a las dos, a las tres y a las cuatro de la mañana, niños de nueve a diez  años son sacados a la fuerza de sus sucias camas y obligados a trabajar por la simple comida hasta las diez, once y doce de la noche. La delgadez les reduce al estado de esqueletos”.

Del Pozo se nutre a lo largo de este ensayo de ensayos de Menéndez y Pelayo y de Borges para barnizar a sus personajes.  Al primero le dedica su parte del pastel, para reconocer que sí, que fue historiador parcial y ultracatólico, pero también, en boca de uno de sus biógrafos, de “sobrenatural memoria e inagotable fuerza de trabajo”. También recurre el autor al punto de vista expresado por Giaccomo Casanova durante su estancia en España, y particularmente en los alrededores de la Corte, para acercarse al Conde de Aranda, “primer radical, primer intransigente tranquilo”, repartiendo mandobles como pudo contra la Iglesia católica, que “intentó acelerar la Historia”, como los Esquilache, Floridablanca o Campomanes.

También refiere Del Pozo la costumbre de nuestros santos por enmendar su vida en el casi ocaso de la misma. Como si de una tradición fuera, vida licenciosa, carnal y pendenciera para concluir en la mediana edad entre las paredes de un convento y recitando mandamientos de lo que no debe hacerse, como purgando pecados propios, pero sin permitir que otros pudieran aprender de similar “experiencia”. 


Así hallamos a santa Teresa de Ávila, la “sublimación de la libido”, “que en su radiante juventud usó perfumes y joyas y tenía muy buen gusto para elegir vestidos”. En su momento de “estrés intenso de la fe”, ella misma “quitaba importancia a la propia trascendencia delante de sus monjas” a quienes decía que las suyas “eran tonterías de mujeres”, leo.

O como san Agustín, para quien la medida del amor es amar sin medida, como de joven pareció practicar de la mano de los maniqueos, secta a la que perteneció y que luego persiguió y masacró. Antes de sus Confesiones, este padre de la Iglesia católica “tuvo un hijo con una concubina, pegó el braguetazo con una dama rica…”. Pero no fue el único hombre santo de vida compleja. Ramón Llull (Lulio para Menéndez y Pelayo), destruyó para siempre, en su “segunda vida”, las “trovas que dedicó a las damas”, obras que nunca conoceremos de un intelectual que “comprendió la vanidad de los deleites” tras entrar en la iglesia de San Eulalia a lomos de su caballo persiguiendo a la genovesa Ambrosia del Castelo. Llull era entonces hombre casado y con hijos, a los que abandonó para entregarse a Dios.

Góngora, Platón, Sócrates, Gracián, Servet, Lluís Vives, Leonardo…hasta el alcalde de Madrid Enrique Tierno Galván ocupan páginas en “La rana mágica”. Puede que a la brillante prosa de Del Pozo solo se le pueda poner un pero, que es ir acompañado en algunos pasajes del sospechoso César Alonso de los Ríos, de quien no advierte como sí hace de Garmendia de Otaola. Hubiera estado bien.

martes, 3 de julio de 2012

"Es mejor permanecer callado y parecer tonto que hablar y despejar las dudas definitivamente" (Groucho Marx)


Unas notas sobre:

“La espiral del silencio”, de Elisabeth Noelle-Neumann
Paidós Comunicación. Barcelona. Octubre de 2010.
Traducción de Francisco Javier Ruiz Calderón


(Foto: Luis Miguel Belda)

Cronograma del grito de Munch, desde el silencio
(Página a página de ‘La espiral del silencio’)

Sócrates o Jesús, víctimas de una opinión pública conformada por una suma de individuos aislados temerosos de la opinión del que tienen al lado, quien puede ser la representación del Edipo presto a arrancarse los ojos, en el preciso instante en el que adquiere conciencia de “su falsa identidad” y “está en condiciones de avanzar por esa segunda senda del saber que consiste precisamente en la posibilidad de vivir la experiencia del hombre sin el refugio de identidades y de convicciones” (Argullol, 2000)  ¡Ay si Noelle-Neumann se hubiera topado con ese prototipo de Edipo, a saber qué le habría contestado sobre Adenauer!

¿Qué es la opinión pública? Harwood Childs (pág. 83), un profesor de Princeton que no tendría mejor cosa que hacer, establece hasta cincuenta definiciones, una de ellas, la del historiador alemán Hermann Oncken (pág. 84) de lo más libinidosa: “Algo que flota y fluye no puede entenderse encerrándolo en una fórmula”. Noelle-Neumann nos conduce hacia La República de Platón (pág. 85) desde donde se desliza con esta breve parada dialéctica sobre la cuestión (que resumo):
-       
- “¿Entonces piensas que la opinión es más oscura que el conocimiento pero más clara que la ignorancia?
     Exactamente”.

Para que más. Bueno, quizás algo más, pero estoy perezoso, como el aislado. Y como aislado pienso en el ‘efecto del carro ganador’, que se explica en el deseo de evitar mi propio aislamiento, y de nuevo me insuflo de valor y fortaleza para… no, aún no ha llegado el momento de gritar en el vacío. Munch debe esperar.
El “‘individuo expuesto’. Es el miedo al aislamiento, a la mala fama, a la impopularidad; es la necesidad de consenso” (pág. 87). Y parecen ser los más avispados en darse cuenta de qué posición ocupan en el tablero en un momento dado los “individuos corrientes”.

Llegamos a una brillante (y vibrante) aserción de la autora de “La espiral del silencio”: “Los intelectuales, fascinados por el ideal del individuo emancipado e independiente, apenas han caído en la cuenta de la existencia del individuo aislado temeroso de la opinión de sus iguales”. Posiblemente los que vibrarán con Amanecer Dorado y con sus aplausos parecerán emular eventuales bofetadas a diputadas comunistas.

Aquí me detengo, pero para tomar impulso y dar un salto a la página 190, pues deseo analizar de qué modo el “estereotipo” domina sobre el “individuo corriente” que teme quedarse sin amiguitos, y, como ya hemos visto, sin la atención académica debida, perdidamente entregados los pensadores en describir a sujetos de ‘más peso social’ como Sarkozy, por ejemplo.

El estereotipo tiene la virtud, señala la autora del ensayo que nos concierne, de propagarse “rápidamente” en las conversaciones; dice que como “nubes de tormenta” “se ciernen sobre el paisaje de la opinión pública durante un tiempo y después pueden desaparecer para siempre”. Es el deseo de todo gobernante, que lo suyo sea una especie de “nube de tormenta” que cale hasta los huesos según convenga para, al salir el sol, todos se pregunten qué ha pasado, dónde estoy, como en el mundo de los ciegos de Saramago. Lippmann es aún más poeta al describir la fuerza del estereotipo sobre la opinión pública como eso que penetra “como el aire que nos rodea, desde las alcobas más ocultas de la casa hasta las gradas del trono” (pág. 191). Estereotipos que convierten a Aznar en amigo de la guerra, cuando todo el mundo sabía que simplemente lo hacía por dinero; que convierten a Zapatero en amigo de la paz, cuando todo el mundo sabía que simplemente no tenía alternativa. Todo parece casar, y derivarse de algo anterior, como una milhoja: estereotipo, logotipo, prototipotipo, al fin, nuestro individuo corriente.

Un paso atrás. “Los que se sienten relativamente aislados de los demás son los que con mayor probabilidad participan en un vuelco en el último minuto. Parece que el miedo al aislamiento es la fuerza que pone en marcha la espiral del silencio” (pág. 23).

“Al menos se puede permanecer en silencio como segunda mejor opción, para seguir siendo tolerado por los demás” (pág. 24).

¿Pero de qué silencio hablamos? El abate Dinouart (Dinouart, 2001) nos sumerge en la mayor de las oscuridades al respecto, y eso que su intención es sana: “El silencio prudente conviene a las personas dotadas de buen espíritu”, pero también hay un “silencio artificioso” que “agrada a los espíritus menguados,  a las gentes desconfiadas, vengativas…”; ¿se trata acaso de un “silencio burlón”? ¿De un “silencio aprobatorio” o del silencio “del desprecio”? A saber.

“Llevar ostensiblemente un periódico de una tendencia política conocida es una forma de hablar; mantenerlo oculto en una cartera o bajo un periódico menos partidista es una manera de quedarse callado” (pág. 42). ‘Y yo que paseaba tan orgulloso las mañanas de domingo’, me susurra al oído un lector creído en el compromiso, que no predispuesto, que es cosa más seria. Vamos, del montón. Dice Noelle-Neumann que los resultados de sus encuestas “sustentan la afirmación de que, independientemente del asunto del que se trate y de la intensidad de la convicción, algunas personas son más propensas a hablar y otras a quedarse calladas” (pág. 44). Reviso “La palabra libre en la ciudad libre” (Montalbán, 2003) , de Manuel Vázquez Montalbán, en busca de consejo, pero solo hallo consenso: “Era lógico que un poder dotado de resortes para silenciar estructuralmente a los discrepantes tenga individuos suficientes para ir tapando las bocas con las manos, de una en una, y es igualmente lógico que disponga de teóricos para justificar esta conducta”. Al comunismo alude en estas consideraciones el profesor, escritor y periodista catalán, pero me suena y me sirve hasta para el modelo escandinavo.

Todos nos devuelve, de alguna u otra manera, al “fenómeno del ‘carro ganador’”, que supone “un esfuerzo por estar con los ganadores, en esta ocasión ‘olvidando’ selectivamente haber votado por otro partido” (pág. 51). “No se trataba tanto de una tendencia a estar en el bando vencedor como de un intento de evitar el aislamiento del propio medio social” (pág. 53). Esto le pasa incluso a los héroes. Revive Arcadi Espada (Espada, 2008) cuando Iñaki Gabilondo interpeló a Felipe González: “¿Organizó usted el GAL?”, a lo que este respondió: “No”, “y se pasó a otra cosa”, apunta Espada: “Los límites de la interpelación”, como de la manifestación del punto de vista, pues, “incluso en una tarea inofensiva que no afecta a sus intereses reales y cuyo resultado debería resultarles completamente indiferente, la mayor parte de las personas se unirá al punto de vista más aceptado aun cuando estén seguros de su falsedad. Esto fue lo que Tocqueville describió así: ‘Temiendo el aislamiento más que el error, aseguraban compartir las opiniones de la mayoría’” (pág. 60).

En este punto, me detengo para releer al Tocqueville de “La democracia en América” (Tocqueville, 2005, pág. 456) afirmar que “las naciones salvajes no se gobiernan más que por las opiniones y las costumbres”. Hace más de 180 años que fue escrito lo que ni Nostradamus para hoy hubiera imaginado. Y tanto que me suena que estamos a las puertas, si es que los blogs, ese mal llamado periodismo ciudadano, no lo remedia, acampe o no en la plaza pública; ya eso es lo de menos. O lo de más (también lo demás).

Y si nos apresuramos a dejarnos guiar por las opiniones y las costumbres, corremos un serio riesgo de colapso. “Yo creo que la mente se puede profanar permanentemente con el hábito de escuchar cosas triviales, de modo que todos nuestros pensamientos se teñirán de trivialidad”, asevera Thoreau (Thoreau, 2005, pág. 75), el ‘desobediente’ con causa.

La rueda pinchada por ser de lo que se es. Ihering (pág. 81) afirmando que la “desaprobación que castiga a alguien que se aparta de la opinión mayoritaria” puede explicarse es una “defensa para la propia protección”. Todavía el 30 de noviembre de 2009 alguien preguntaba en una web de coches (forocoches.com, 2009) lo siguiente:

“¿Es peligroso ir al País Vasco 'profundo' con matrícula de Madrid? Como no puedo permitirme otra cosa, mi coche tiene una matrícula de las antiguas. ¿Me romperían/quemarían/rallarían mi coche si voy al País Vasco 'profundo'? Hablo de localidades tipo Mondragón, etc. También le he puesto la pegatina con la E (la blanca, no la azul de la matrícula), porque me hace falta para salir fuera de España. Supongo que sería más sensato quitarla antes de ir”.

Estamos a punto de alcanzar el mando a distancia, eso que los teóricos llaman eufemísticamente (y de modo engorroso en su traducción a nuestro idioma) la “función de establecimiento del orden del día”. “Lo que no se cuenta no existe”, epígrafe valioso de “La espiral del silencio” que nos introduce en el “mundo real” que modelan para todos los mass media, pues nos es imposible abarcar el todo: abrimos la ventana y digerimos el menú que se nos ofrece. El medio se ve forzado a decidir qué mostrar de ese “mundo real”: “Papá si un árbol se cae en el bosque y los medios…”, el chiste.

Es llegado el momento en que el ciudadano somatiza aquello del cuarto poder, y empieza a tener miedo, como a cualquier otro poder. Y surge la “impotencia” (pág. 204) por parte del civil, aunque solo sea porque no puede contestar al mass media, solo oírle, leerle, verle, pero no establecer una comunicación de tú a tú como desearía.

Al mass media, lo damos por seguro, tampoco le interesa esa comunicación: también siente pánico a que se produzca, pues tras el mass media también hay un “individuo corriente”, que teme quedarse “aislado” y al que la sola idea de viajar en un tren con otros y que le ofrezcan conversación, sea el tema de su gusto o no, le produce urticaria, y desazón hasta el límite del descontrol social, ese mismo al que, como un dios, jugaba a enderezar.

Noelle reproduce que los medios dotan a las personas de “las palabras y las frases que pueden utilizar para defender un punto de vista”, y que cuando esa gente “no encuentra expresiones habituales, repetidas con frecuencia, a favor de su punto de vista, cae en el silencio; se vuelve muda” (pág. 226). ¡Qué mala suerte la del periodista que, además de informar, entretener, confesar, compartir, denunciar, ‘empatizar’, proponer, disponer… debe también darle jerga al gentío para que no caiga en el silencio, no sea que acabe por verse envuelto en esa espiral turbulenta y se difumine en el aire como el tejado de un rancho de Alabama por uno de esos tornados cuya (ajena) devastación tanto gusta ver al ciudadano.

Si ya Hesíodo (cita Noelle en la pág. 231) advertía siete siglos antes de que Jesús entrara en Jerusalén dando gritos ‘munchianos’ que el mejor modo de sobrevivir es hacer y evitar “el habla de los hombres”. Porque, apuntaba, el habla es “tramposa, frívola y se despierta fácilmente”. De qué si no huían los entonces venerados eremitas sino del habla, cuyos contemporáneos, los funcionarios públicos, no persiguen sino lograr que una oposición les salve de los demás; que les proteja detrás de una mesa de despacho (por ridícula que sea) de esa opinión pública (sus propios compañeros incluidos) voraz y hambrienta de cadáveres. Si no cómo se entiende que Jesús la emprendiera a porrazos contra aquellos a los que quería convertir contra el romano y a favor de su dios solo porque vendían sus baratijas cerca del templo. ‘¿Pero qué se ha creído este tal Jesús que, acaso, puede romperme el producto? Mejor que me lo roben, que es más digno y lo paga el seguro’; y de ahí a Barrabás, un paso, cuya risa aún hace eco en nuestros tímpanos, la risa que ya destaca Homero (pág. 246), como delator de cosas, en contraposición con (¿la sonrisa?) lo que advierte el secretario de F. Nietzsche (pág. 252), Carl von Gersdorff, al señalar que gran parte del poder de la opinión pública procede del temeroso silencio de muchos individuos. ¿Una opinión pública silenciosa? Creíamos que la opinión pública era dirachachera, suelta en palabras, en dimes y diretes, pero nos cuentan que la callada puede ser también respuesta.

La opinión pública puede ser, si no es ya, la marabunta que arrasa lo que a su paso encuentra. Una legión de hormigas que, por medio del grito o del silencio, se defiende de quienes sostienen opiniones distintas a la suyas, normalmente, procedentes de grupos minoritarios. ‘Dejamos que los chicos del 15-M tomen provisionalmente la plaza, pues la plaza es nuestra. Non problem’, dice la opinión pública, que agrega: ‘Estoy contigo, con Jesús, con Sócrates, pero ahora me viene mal manifestarme, que he quedado para comer fuera con unos amigos. Ya si eso, mañana’, bromea José Mota, el último mohicano en esto de descubrir silencios públicos.


Bibliografía:
forocoches.com. (30 de noviembre de 2009). Recuperado el 7 de mayo de 2012, de http://www.forocoches.com/foro/showthread.php?t=1513014
Argullol, R. (2000). Aventura. Una filosofía nómada. Barcelona: Plaza y Janés Editores.
Dinouart, a. (2001). El arte de callar. Madrid: Ediciones Siruela.
Espada, A. (2008). Periodismo práctico. Pozuelo de Alarcón (Madrid): Espasa.
Montalbán, M. V. (2003). La palabra libre en la ciudad libre. Barcelona: Grupo Editorial Random House Mondadori S.L.
Thoreau, H. D. (2005). Desobediencia civil y otros escritos. Madrid: Alianza Editorial .
Tocqueville, A. d. (2005). La democracia en América. Madrid: Alianza Editorial.