“El hombre en busca de
sentido”
Viktor Frankl
Herder Editorial. 2004
No son pocos los que tras
pasar por un campo de concentración nazi se preguntaron después: ¿Cómo pudimos
seis millones de seres humanos dejarnos conducir como borregos? ¿Cómo nadie,
siendo tantos, se rebeló? ¿Cómo nos dejamos morir? Preguntas que el psiquiatra Viktor
Frankl trató de responder desde dos prismas: su perspectiva profesional y su
propia experiencia en tres campos de exterminio, uno de ellos Auschwitz, donde
murió su familia, a excepción de una hermana suya que logró escapar a
Australia.
El padre de la logoterapia,
frente al psicoanálisis, falleció en 1997 en Viena, la ciudad de donde fue
arrancado por los nazis por su condición de judío. “El hombre en busca de
sentido” es una obra que publicó por primera vez en 1946, pocos meses después
de su liberación de un campo de concentración, aunque en sucesivas ediciones ha
sido revisada por el propio autor.
Considerado el tercer
psiquiatra austriaco más prestigioso del siglo XX, tras Freud y Adler, Frankl
relata con detalle su experiencia personal en los campos, ofreciendo, al mismo
tiempo, una explicación psicológica a cada una de sus sensaciones y
experiencias, y también de las motivaciones de sus carceleros. “Cómo hombres de
carne y huesos, iguales a los demás, pudieron tratar a los prisioneros de una
manera tan brutal, tan inhumana”, se pregunta, y se contesta: “En primer lugar,
entre los guardias había algunos sádicos, sádicos en el sentido clínico más
estricto y preciso. En segundo lugar, siempre se elegía a esos sádicos cuando
se necesitaba una patrulla de guardias realmente implacables”.
Frankl hace hincapié en que
“no debemos simplificar las cosas afirmando que unos hombres eran ángeles y
otros demonios”. A este psiquiatra le irritaba de algún modo que prisioneros
del campo, igualmente judíos, que habían alcanzado ciertos privilegios como
guardianes de sus compañeros, fueran en ocasiones más sádicos que los propios
nazis. Así, podría uno encontrarse a un capataz o soldado nazi manifestando un
gesto amable, como el simple de escuchar lo que le decía un prisionero en un
momento dado, que era valorado hasta el infinito, frente a otro preso “que
maltrataba a sus propios compañeros (…) hombres crueles que desconcertaban
hasta la desesperación”.
Con todo, y sin precisar
detalles en esta reseña sobre lo sufrido por su autor durante su obligada
estancia de tres campos de concentración nazi, Frankl no habla tanto, como
cabría esperar, desde el odio a quienes ejercieron sobre él tamaña tortura,
como desde la búsqueda de respuestas a ese comportamiento, de explicaciones,
motivos y, de alguna manera, pautas que impidieran que tal cosa volviera a
repetirse en el futuro.
“El hombre en busca de
sentido” es la consigna que se da a sí mismo Frankl para superar su propia
experiencia y ayudar a otros con semejantes problemas. Porque, en su opinión,
dar sentido a la vida de uno es la respuesta a un problema. En los campos de
concentración, un sentido para sobrevivir era el reencuentro con un familiar,
una tarea inacabada, una misión… "Lo que importa no es el sentido de la vida en
formulaciones abstractas, sino el sentido concreto de la vida de un individuo
en un momento determinado”. A su juicio, “no deberíamos perseguir un sentido
abstracto de la vida, pues a cada uno le está reservada una precisa misión, un
cometido a cumplir”. “Su tarea es única como única es la oportunidad de
consumarla”.
Esto resumiría el ideario de
este psiquiatra vienés, que de modo brillante, con la ayuda de un colega
estadounidense, diferenció el psicoanálisis de la logoterapia, su gran
aportación al mundo de la psiquiatría. De esta forma, su colega explicó que en
el psicoanálisis “los pacientes deben recostarse en un diván y contar cosas que,
a veces, resultan muy desagradables de decir”, a lo que contestó Frankl: “Pues
bien, en la logoterapia, el paciente permanece sentado, bien derecho, pero
tiene que oír cosas que, a veces, son muy desagradables de escuchar”.
Hallar un sentido a la vida
para la supervivencia en los campos de exterminio, y morir en ellos como
sentido también de una vida. Como el caso del doctor Janusz Korczak, director
de un orfanato en Varsovia. “En 1942 deportaron a sus huérfanos al campo de
Treblinka, y a Korczak le ofrecieron la opción de quedarse”, nos cuenta Frankl.
“Desestimó la oferta y subió al tren que los deportaba, con dos pequeños
huérfanos en sus brazos mientras les contaba historias alegres. Lo mataron por
solidaridad con los huérfanos. En este caso, ese gran hombre no sobrevivió a
causa de su sentido de la vida, murió por él”.

Estimado Luis Miguel, no puedo comenzar este mensaje sin darte mi enhorabuena por tu blog. En primer lugar cuenta con un atractivo diseño, ( me parece un acierto su distribución y la inclusión de las fotografías en los laterales), y además es de fácil acceso. Por otro lado, me resulta muy positivo la inclusión de vídeos o imágenes en tus distintas entradas. Por último, no quiero pasar por el alto el interés que me han suscitados tus entradas, que abarcan temas muy diferentes.
ResponderEliminarLo único que puedo sugerirte, es que revises el tamaño de alguna de tus entradas. Precisamente en esta, he tenido algo de dificultad, ya que es de menor tamaño que la última.
Un saludo!.
Jose.L.Polo.