miércoles, 21 de noviembre de 2012

El hombre sencillo que amaba al César





Marco Antonio juega a la inducción y la deducción (en el ámbito del logos) en el corto espacio de 35 segundos de su alocución. Así, en tanto que afirma que: "... puesto que Bruto es un hombre honrado, como honrados son todos los demás...", lo que hace advertir al oyente de la honestidad sin tacha de Bruto, resuelve al poco con la siguiente aserción: "Bruto dice que (César) era ambicioso, y Bruto es un hombre honrado", luego dice la verdad (ethos), luego el asesinato de César tiene una justificación posible.

La conclusión argumental que persigue Marco Antonio es diferente. En la muerte del César ve la oportunidad de liderar la República, pero para ello precisa del apoyo de la ciudadanía. Piensa, haciendo un ejercicio de elocutio plano, que puede lograrlo salvando la imagen del hombre al que piensa sustituir, al tiempo que sembrando el escenario adecuado para borrar la presencia de quienes pueden competir e impedir su propósito: los asesinos de César, con Bruto a la cabeza.

Poco más adelante, Marco Antonio ejemplifica, dando la espalda al auditorio y levantando levemente el gesto (un gesto calculado de espera de eventuales reacciones a sus palabras), lo que Aristóteles espera del buen retórico, el ejercicio del pathos, pero el espectador, que conoce la historia (a diferencia del romano crédulo que aparece en escena), sabe de antemano que Marco Antonio no está siendo sincero (no ethos), dando la razón, de algún modo al escéptico Platón cuando (antes de embarcarse en la misma aventura) calificaba el arte de la retórica poco menos que de patraña (lisonja, simple truco).

Encauzado el hilo argumental predispuesto por Marco Antonio ante su auditorio, más emotivo que racional, éste progresa con éxito hacia "casi rozando el estilo vigoroso", por el ingenio demostrado en la elección del momento y su puesta en escena, cuando hace asomar el supuesto testamento de César. La turba es ya, en ese instante, casi como el propio pergamino que esconde resuelto Marco Antonio: enrollada en torno a la figura del que asoma, sin duda ya, nuevo líder de los romanos. La peroración está próxima.

Observamos los ojos de Brando/Heston cada vez más tersos, "los más decisivos" de los modos de gesticulación, nos recuerda Cicerón en su De Oratore.
In crescendo (casi, se diría, que más que el discurso, el predicandi -en su sentido de narrar con convicción-), Marco Antonio baja la escalinata dispuesto a relatar las circunstancias del suceso, lo que hace con tanto detalle que al espectador (que no al romano, es evidente) le surge la inesperada pregunta de: "¿Pero qué hacía Marco Antonio mientras asestaban una tras otras dagas en el cuerpo del malogrado Julio? ¿Intentó evitarlo?".

Avanzado el tiempo, Marco Antonio descubre, al tiempo que la túnica que cubre el cadáver de César, sus verdaderas consideraciones personales sobre los asesinos de éste, aquellos a los que llamó honrados son ahora ¡traidores!
"Yo no soy orador como Bruto, yo soy un hombre sencillo que amaba a su amigo", afirma Marco Antonio: Platón tenía razón.

"Nada tiene de extraño que Aristóteles escribiera primero la Ética y después la Política", dice Javier Sádaba*. Pero Marco Antonio se nos muestra claro ejemplo de lector que erró en el orden, que, en este caso, sí es motivo de alteración del producto. Todo medido. Todo estudiado. Marco Antonio, leído impecable por un Brando que, aseguran los cinéfilos, "no se aprendía sus diálogos". Este ejercicio de hipocresía lo cuadró. Como, seguro, se revolvió en su tumba Aristóteles mismo, que cifraba en tres las causas que hacen persuasivos a los oradores: la sensatez, la virtud y la benevolencia**.

"Puede un escritor ser diserto, es decir, puede hacer un discurso fácil, puro, claro y elegante, y aún espléndido, y con todo no ser eloqüente, por faltarle el calor y la energía (sic)"***, afirma Antonio de Capmany. A Marco Antonio le sobra de lo último. Ese es su éxito, refinado por obra y gracia de San Agustín, y a partir de él.




 * La ética contada con sencillez. Ed. Maeva. Madrid. 2004.
** Retórica. Aristóteles. Editorial Gredos. Madrid. 2000.
*** Filosofía de la eloquencia. Impreso por H.Bruer. Londres. 1812. (Del texto original se han respetado las que hoy sería faltas de ortografía).

3 comentarios:

  1. Hola, Luis Miguel lo primero darte la enhorabuena porque creo que has elegido acertadamente las imágenes con las que has ilustrado esta entrada. Adoro a Marlon Brandon y creo que es una de sus mejores interpretaciones. Sobre tu blog comentarte que es fácil de leer, algo muy importante. Tiene una estructura "muy limpia". Además, lo complementas con muchas fotografías de tu día a día. Eso sí, lo único que te diría es que unificases más el tipo y el tamaño de letra de tus entradas. Y también destacar lo acertado de tu fotografía en el que se lee de fondo la agencia para la que trabajas con el slogan "el compromiso de la información". Algo que creo que todos los que nos dedicamos a la comunicación lo sentimos de esa manera.

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  2. Después de mi última entrada en este blog, lo primero que me sorprende es el título que presenta; un nuevo y curioso nombre que, tal y como comenté en su día, me parece más acertado que titular al blog con el nombre propio del autor. Asimismo, he comprobado que has incorporado fotos nuevas; todas ellas me encantan. Por otro lado, es cierto que no hay muchas entradas nuevas desde mi última visita, pero las que hay son realmente interesantes: no tanta cantidad pero mucha calidad, lo cual me anima a insistir en que sigas actualizando este espacio.

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  3. Hola Luís Miguel, te reitero mi enhorabuena por los contenidos que tratas en tu blog y por el diseño gráfico que permite el “consumo” de dicha información de forma fácil y amena. Sólo quería comentarte que hay algunas imágenes o vídeos que no están centrados, mientras que la mayoría sigue este patrón. No sé si está hecho a propósito o no, pero para que lo sepas… un saludo!

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