La primera imagen que se nos aparece en el horizonte es el blanco del papel que los operadores de cámara precisan antes de rodar. Un blanco que se materializa en el “no sé a qué atenerme” en esto de los géneros y formatos, pero no solo para la tele; para el conjunto del periodismo. Parece, a medida que profundizamos en los géneros, que nosotros mismos (pues nosotros mismos nos escribimos las reglas) avanzamos impunemente hacia el “hacer lo que nos venga en gana”. Me explico. Noticia, la unidad mínima de información (Poveda Criado, y tantos otros) donde el periodista tiene poco menos que vetadas las “interpretaciones propias”. Nos mantenemos a raya cuando elaboramos un informe, pero, al loro, no esperamos mucho más: tercera opción en esta escalera: la crónica: el periodista ya “puede aportar su visión personal” que legitimamos (nos legitiman) de acuerdo con la (nuestra) proximidad al hecho del que hablamos. A ver si lo entiendo. Por norma general, cuando damos una noticia, estamos cerca, si no, mala cosa. Puedo decir que han muerto cientos de vecinos en Van por un terremoto esta madrugada, “cuyos daños pueden observar en las imágenes que acaban de llegar a esta redacción” de la televisión turca, pero debo estar seguro de que quien lo ha rodado estuvo allí, a los pocos minutos de haber sucedido, y que el acompañamiento escrito sobre el número de muertes procede de un periodista que, aún no estando allí en ese momento e inmediatamente posterior, usa fuentes locales de prestigio y con eso que los teóricos llaman eufemísticamente “datos convencionales”. Si no es el caso, puedo pensar que desde Madrid avanzo mi propia interpretación de los hechos, donde, aún manteniendo la distancia (como se me instruye en la facultad), recreo (porque otra cosa no es eso sino recrear) que ha habido centenares de víctimas del terremoto, a pesar de que en las imágenes que he “comprado” yo no he visto aún ninguna.
Y voy sin perderme: ¿Debo estar siempre en el lugar de los hechos o debo de estar siempre en el lugar de los hechos? A ver si va a tener razón El Roto (1) cuando dice que “lo malo de esta edad de oro de la comunicación y la información es que no hay manera de saber lo que pasa”. Porque en esta escalera hacia nuestra propia justificación como periodista, llego hasta el estilo artístico en el que se me dice que “podemos intentar ver la realidad más allá de los datos convencionales” (2) (Poveda). ¿Cómo? Me lo repito para mis adentros: los periodistas “podemos intentar ver la realidad más allá de los datos convencionales”. Una vez más, que me gusta: “ver la realidad más allá de los datos”. O acaso el truco de esta (aparentemente) inocua definición de uno de los ‘haceres’ periodísticos está en lo de los “datos convencionales”. Ya me enteraré más adelante, con la experiencia, supongo.
De momento, con la teoría, ¿puedo intentar inventar? Para lo que el periodista está “legitimado” es para “aportar su visión personal” por razón de su “proximidad a los acontecimientos” (Poveda). Vía libre. Estoy en Van. Acaba de producirse un terremoto. Enchufo la cámara. Ruedo. No capto víctima mortal alguna, pero sí edificios derruidos. Empiezo mi crónica. “Cientos de víctimas mortales a raíz de los…”. Estoy interpretando, porque los “datos convencionales” son, en ese momento, que no veo ningún muerto, pero los intuyo; no creo que todos los de esta calle se han marchado de puente el mismo día y no queda nadie. Bueno, yo ruedo y lo cuento, y luego, si eso, lo aclaro. A lo que voy, “cientos de víctimas…”.
El 11-S todos se aprestaron a decir que una avioneta se ‘estampanó’ contra una de las torres, pero como podían haber dicho también que fue una bandada de 500.000 cigüeñas alcoholizadas. Nadie parecía haberlo visto, pero millones de espectadores oyeron a los locutores sostener durante largos minutos la tesis de la avioneta (ya había pasado hacía poco ¿en Milán?, y nos sonaba a todos el caso). Ahí sólo veíamos imágenes de una cámara, y escorada. ¿Pero es que nadie en una ciudad de 20 millones de habitantes vio un avión de pasajeros estrellarse contra una de las torres más fotografiadas por segundo en el mundo y a nadie se le ocurrió llamar a un medio (cosa frecuente; siempre tenemos un primo trabajando en un medio) para decirle lo que había pasado? No. Sostuvimos la avioneta, pero como podría haber sido un caza o, lo medio dicho, una bandada de tordos.
Formatos. Como ya nos advierten los teóricos, es tontería estrujarse los sesos afinando definiciones de un concepto que los programadores (aquí los teóricos pierden la batalla) reinventan a diario, por dinero. Así, el ‘killer format” (manía de no traducir al castellano –talk show, share,…-) se impone, no tanto por innovar desde lo kitch, como, en muchos casos, de por no saber hacia dónde ir. Así, “La Noria”, que fusiona el concurso (la llamadita de teléfono), el reality (de lo que sea), el reportaje, el debate y/o tertulia, lo puramente informativo, el análisis, la entrevista, el documento/tal y tal, entretenimiento, y el propio Jordi, género y formato inclasificables. O la tertulia intereconómica del gato ese, sin duda, de los mejores sitcom a la española, y barato. Por no hablar de eso que llamamos ahora factual, que no es reality (pues no incluye los pedos de Samanta al despertar en su tienda de campaña de marca), y tampoco estoy seguro de que sea un documento, si acaso un docudrama. Pues si Samanta nos oculta parte de su realidad, por qué no comprender a Wilson, o a Rajoy ahora, de no querer contar sino lo mínimo en una rueda de prensa, ese otro fallido género. Tan mínimo, a veces, que se le cita al medio para una sola declaración, también llamada en el argot “nota de prensa” (por cierto, por aprovechar, #sinpreguntasnohaycobertura).
En suma, el periodismo tiene tendencia a protegerse a sí mismo, aun a costa de la salud intelectual del lector, oyente, espectador. Los teóricos no ayudan en esa tarea de impedir que, al final del túnel, llamémosle como le llamemos, si en ridículo inglés o en castellano, el género final sea el “interpretativo interpretante”, de modo que en el futuro no seamos más que intérpretes de la realidad, que eso sí es puro teatro.
Menos mal que siempre nos quedará París, donde el bebé de un presidente puede nacer varias veces, según lo interprete el periodista allí “empotrado”.
(1) “El País”, 25 de noviembre de 2010.
(2) Poveda Criado, M.Á. “Comunicación televisiva”. Ediciones CEF. Madrid. 2011.

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