miércoles, 9 de noviembre de 2011

La escalera de Odessa. El ojo que estalla

http://www.youtube.com/watch?v=8ORUQvD6qyQ&feature=fvsr


Una sucesión de ideogramas, sus escenas. Cada plano representa un concepto. El montaje es, para Eisenstein, sólo técnica de 'encordamiento' de sus conceptos, de sus ideas: su ideograma completo, la suma de cada ideograma, cada cual diciendo una cosa distinta, hablando por sí solo. Imposible comprender la imagen estética y estática de "La primavera" de Botticelli, si no lo vemos, como espectador, como una sucesión de ideogramas, da igual que de izquierda a derecha, de derecha a izquierda, de arriba a abajo, de abajo a arriba, en lateral.

El conjunto es sólo el resultado drástico de una representación tras otra: de representaciones únicas, estáticas, que contienen significado narrativo individual. Son cuadros enlazados, donde la responsabilidad mágica de Eisenstein se reduce al hilvanado de lo que él mismo ha creado individualmente en cada décima de segundo, en cada fotograma elegido, rodado.


Lo subraya el crítico Fernández Santos: Eisenstein, "a partir de un guión trazado con rigor matemático, fue improvisando secuencia tras secuencia". Lo que se aprecia en el realizador ruso es la gracia por resolver, con sentido, ese conjunto de dígitos. Basilio Casanova refiere la violencia, que el espectador observa como eje 'dulcificador', no obstante, del conjunto, como bien sabía transmitir Goya presenciando el dulce fusilamiento de unas víctimas.

Porque sólo desde la dulzura de una imagen como esa podemos comprender el desgarro que encierra: la violencia per se nos aleja del ideograma, pero la dulzura de la violencia nos aproxima a la víctima, y Eisenstein parece querer transmitirnos eso, o eso deseamos. "…lo que el cine manierista hace es realizar, dentro de una estructura narrativa clásica, el presupuesto básico que regía -y latía- ya en el cine de vanguardia de principios del siglo XX: el de la violencia en -y de- la mirada cinematográfica.

En el caso de El acorazado Potemkin, agrediendo directamente al ojo hasta hacerlo estallar. La diégesis es en ese instante el ojo mismo del espectador: se concentra allí, hasta hacerlo pedazos. Eisenstein retuerce el ojo del espectador, como se retuerce la mano de un niño malherido aplastado por ese mismo ojo, ya cegado. La dulzura del retorcimiento de esa mano infantil. El espacio es la escalera, metáfora de la bajada a los infiernos. Se puede ascender, pero para morir también. El tiempo se para desde el momento en que el parasol nos introduce en la masacre: invitación a la desesperación cronometrada y al compás del rítmico andar de los soldados en fila. Se suceden, en planos diversos (general, primer plano… hasta 170 planos encadenados), personas con discapacidad, personas mayores, mujeres, niños: los aparentemente más débiles. No hay hombres, salvo los que matan, salvo los que huyen; sólo ancianos hombres esperando lo inevitable.

La mujer es heroína. Delacroix la intuye mucho antes que Eisenstein. O la precede sin más. Delacroix. Travelling (apenas dos): los espectadores huimos, bajamos precipitadamente las escaleras con ellos. La madre, el niño extraviado, el niño herido; le pisan la mano, su cuerpecillo. La banda sonora grita por ellos, por todos. El horror en su máxima expresión estética: la estética del horror expresada sobre peldaños blancos. El tumulto. El miedo. La angustia. Las preguntas. Un árbol es testigo mudo, en primera línea, en primer plano, de la huida. Sólo vemos botas que bajan: sin rostro (Spielberg hizo perseguir un extraterrestre con sombras, y alguien sólo preguntaba para qué llevan tantas llaves).

La madre: primer plano: sus ojos: se acerca al objetivo: la madre pide ayuda, pregunta.



La anciana (¡Vamos a convencerlos!) Un grupo de asustados se une a ella. La madre sube las escaleras con su niño en brazos. Lloro. Sigue adelante (¡No disparen! ¡Mi hijo está muy herido!) No puedo dejar de llorar. La música desciende el diapasón. Disparan a la madre con su criatura aún en brazos. Dejo de escribir. Un bebé. Los soldados, las botas, siguen bajando. El cochecillo del bebé amaga con caerse. La 'mamma morta' (Brian de Palma, en 1987, revive la escena en una estación en "Los intocables…". Otros más también). Escribo a mano sobre la marcha, mientras los ojos se esconden como pueden. Una corta vida desciende las escaleras al ritmo de las botas. Una máter dolorosa, como pintada por Murillo aterriza en el cielo: sin aliento, o sólo para decir ¡mi bebé! Equivalencias. Murillo.



Un joven, un hombre, presencia la escena del deslizamiento del cochecito de bebé. Semeja un joven Trotsky, acumulando argumentos para lo que vendrá: sorbiendo como una esponja: ideología preñada de sangre. Alguien trata de ayudar a los heridos mientras la gente muere a borbotones a su alrededor. Escojo una versión inglesa. Quiero saber qué pasó justo antes de la matanza. No puedo creérmela. Parece una mañana soleada de domingo. El paraguas que nos abre el infierno protege poco antes del sol. Mujeres sonrientes, galanas. Cadáveres.

Meisel compuso la banda sonora en 12 días. El guión de "El acorazado Potemkin" ocupaba tres páginas. ¿Quién está hablando de un montaje? ¡Qué osadía! Lloro, pero no me se siento idiota, como mucho por el fastidio de haberme perdido este encuentro con el cine durante tantos años. Caigo en la red tendida por el realizador ruso, quien "pulsa el sistema nervioso de los espectadores para conseguir el arco reflejo que debe transportarle”, dice Gubern, ahora sí en palabras de Eisenstein, "de la imagen al sentimiento y del sentimiento a la idea".

Del 25 al 11, 86 años después el ruso logra el mismo resultado. El espectador le imagina, por ello, sonriendo en su caja. La larga escalinata permite jugar a sus anchas a la cámara, cuya posición recoge todos los ángulos posibles. El escenario es gratis. Desde arriba, por encima de sus cabezas, vemos descender firmes a los soldados. Desde el peldaño mismo observamos atentos sus botas. Desde abajo nos sentimos uno más de los que huyen de morir. Lo trepidante del hecho que se revive, de la narración, no precisa de fundidos; al contrario, serían un estorbo.

Son seis minutos imparables. Pintura y cine. Pincel y manivela. Malevich ("La imagen triunfa sobre la pantalla") polemiza con los cineastas rusos. Reivindica el papel primordial de los principios de la composición pictórica, que pueden existir en el campo cinematográfico. Una relación (la cita anterior es suya) que clarifican Áurea Ortiz y María Jesús Piqueras, al señalar que, en este ámbito, Eisenstein plantea "un principio de convivencia entre la abstracción del esquema compositivo y el realismo básico del material cinematográfico".

Eisenstein parece comprender el mensaje: sus trazos son comparables a los ideogramas que transforma en planos con vida propia. No estoy muy seguro (y esta es la tesis global que planteo) de que Eisenstein precise del montaje para explicar su obra: quiero decir: su obra vive completa en cada fotograma. Regresamos a los seis minutos: Una suma de planos: secuencia completa que arranca con el rito desgarrador de una joven y concluye con el de una mujer mayor. Dos generaciones de mujeres abren y cierran la escalera de Odessa.

Cine de vanguardia, aplicaciones modernistas, el "sovietismo", que le llama Jesús Palacios: el femenino plural, sin necesidad de más "ismos". "Unas brevísimas pinceladas individuales para humanizar al pueblo (Gubern)": La masa como protagonista en la escalinata.



Palacios nos da la medida del fin de Eisenstein "y otros genios" como él con la llegada del sonido al cine, cuando refiere sus "brillantes esfuerzos por liberar la cámara, creando un lenguaje netamente cinematográfico, basado en la planificación, los movimientos de cámara y el montaje": Todo se derrumba con el sonoro, "con su énfasis en la palabra, en el guión literario y la teatralidad" (Palacios), justo todo de lo que carece "El acorazado Potemkin".

Ya se ha dicho: tres páginas de guión, ese "orden de presentación" como lo define Amiel. Para qué orden, si lo que se cuenta es desconcierto. Qué mejor que sea la cámara, la cámara/ojo de la que también bebe -hombre de su tiempo, y de Vertov- Eisenstein: el ojo dulcificador; el ojo que estalla. Descansen en paz sus extras, mudos por siempre.

martes, 1 de noviembre de 2011

Lección de periodismo: "Yo lo cuento y, si eso, luego lo aclaro"

La primera imagen que se nos aparece en el horizonte es el blanco del papel que los operadores de cámara precisan antes de rodar. Un blanco que se materializa en el “no sé a qué atenerme” en esto de los géneros y formatos, pero no solo para la tele; para el conjunto del periodismo. Parece, a medida que profundizamos en los géneros, que nosotros mismos (pues nosotros mismos nos escribimos las reglas) avanzamos impunemente hacia el “hacer lo que nos venga en gana”. Me explico. Noticia, la unidad mínima de información (Poveda Criado, y tantos otros) donde el periodista tiene poco menos que vetadas las “interpretaciones propias”. Nos mantenemos a raya cuando elaboramos un informe, pero, al loro, no esperamos mucho más: tercera opción en esta escalera: la crónica: el periodista ya “puede aportar su visión personal” que legitimamos (nos legitiman) de acuerdo con la (nuestra) proximidad al hecho del que hablamos. A ver si lo entiendo. Por norma general, cuando damos una noticia, estamos cerca, si no, mala cosa. Puedo decir que han muerto cientos de vecinos en Van por un terremoto esta madrugada, “cuyos daños pueden observar en las imágenes que acaban de llegar a esta redacción” de la televisión turca, pero debo estar seguro de que quien lo ha rodado estuvo allí, a los pocos minutos de haber sucedido, y que el acompañamiento escrito sobre el número de muertes procede de un periodista que, aún no estando allí en ese momento e inmediatamente posterior, usa fuentes locales de prestigio y con eso que los teóricos llaman eufemísticamente “datos convencionales”. Si no es el caso, puedo pensar que desde Madrid avanzo mi propia interpretación de los hechos, donde, aún manteniendo la distancia (como se me instruye en la facultad), recreo (porque otra cosa no es eso sino recrear) que ha habido centenares de víctimas del terremoto, a pesar de que en las imágenes que he “comprado” yo no he visto aún ninguna.

Y voy sin perderme: ¿Debo estar siempre en el lugar de los hechos o debo de estar siempre en el lugar de los hechos? A ver si va a tener razón El Roto (1) cuando dice que “lo malo de esta edad de oro de la comunicación y la información es que no hay manera de saber lo que pasa”. Porque en esta escalera hacia nuestra propia justificación como periodista, llego hasta el estilo artístico en el que se me dice que “podemos intentar ver la realidad más allá de los datos convencionales” (2) (Poveda). ¿Cómo? Me lo repito para mis adentros: los periodistas “podemos intentar ver la realidad más allá de los datos convencionales”. Una vez más, que me gusta: “ver  la realidad más allá de los datos”. O acaso el truco de esta (aparentemente) inocua definición de uno de los ‘haceres’ periodísticos está en lo de los “datos convencionales”. Ya me enteraré más adelante, con la experiencia, supongo.

De momento, con la teoría, ¿puedo intentar inventar? Para lo que el periodista está “legitimado” es para “aportar su visión personal” por razón de su “proximidad a los acontecimientos” (Poveda). Vía libre. Estoy en Van. Acaba de producirse un terremoto. Enchufo la cámara. Ruedo. No capto víctima mortal alguna, pero sí edificios derruidos. Empiezo mi crónica. “Cientos de víctimas mortales a raíz de los…”. Estoy interpretando, porque los “datos convencionales” son, en ese momento, que no veo ningún muerto, pero los intuyo; no creo que todos los de esta calle se han marchado de puente el mismo día y no queda nadie. Bueno, yo ruedo y lo cuento, y luego, si eso, lo aclaro. A lo que voy, “cientos de víctimas…”.


El 11-S todos se aprestaron a decir que una avioneta se ‘estampanó’ contra una de las torres, pero como podían haber dicho también que fue una bandada de 500.000 cigüeñas alcoholizadas. Nadie parecía haberlo visto, pero millones de espectadores oyeron a los locutores sostener durante largos minutos la tesis de la avioneta (ya había pasado hacía poco ¿en Milán?, y nos sonaba a todos el caso). Ahí sólo veíamos imágenes de una cámara, y escorada. ¿Pero es que nadie en una ciudad de 20 millones de habitantes vio un avión de pasajeros estrellarse contra una de las torres más fotografiadas por segundo en el mundo y a nadie se le ocurrió llamar a un medio (cosa frecuente; siempre tenemos un primo trabajando en un medio) para decirle lo que había pasado? No. Sostuvimos la avioneta, pero como podría haber sido un caza o, lo medio dicho, una bandada de tordos.
Formatos. Como ya nos advierten los teóricos, es tontería estrujarse los sesos afinando definiciones de un concepto que los programadores (aquí los teóricos pierden la batalla) reinventan a diario, por dinero. Así, el ‘killer format” (manía de no traducir al castellano –talk show, share,…-) se impone, no tanto por innovar desde lo kitch, como, en muchos casos, de por no saber hacia dónde ir. Así, “La Noria”, que fusiona el concurso (la llamadita de teléfono), el reality (de lo que sea), el reportaje, el debate y/o tertulia, lo puramente informativo, el análisis, la entrevista, el documento/tal y tal, entretenimiento, y el propio Jordi, género y formato inclasificables. O la tertulia intereconómica del gato ese, sin duda, de los mejores sitcom a la española, y barato. Por no hablar de eso que llamamos ahora factual, que no es reality (pues no incluye los pedos de Samanta al despertar en su tienda de campaña de marca), y tampoco estoy seguro de que sea un documento, si acaso un docudrama. Pues si Samanta nos oculta parte de su realidad, por qué no comprender a Wilson, o a Rajoy ahora, de no querer contar sino lo mínimo en una rueda de prensa, ese otro fallido género. Tan mínimo, a veces, que se le cita al medio para una sola declaración, también llamada en el argot “nota de prensa” (por cierto, por aprovechar, #sinpreguntasnohaycobertura).  

En suma, el periodismo tiene tendencia a protegerse a sí mismo, aun a costa de la salud intelectual del lector, oyente, espectador. Los teóricos no ayudan en esa tarea de impedir que, al final del túnel, llamémosle como le llamemos, si en ridículo inglés o en castellano, el género final sea el “interpretativo interpretante”, de modo que en el futuro no seamos más que intérpretes de la realidad, que eso sí es puro teatro.

Menos mal que siempre nos quedará París, donde el bebé de un presidente puede nacer varias veces, según lo interprete el periodista allí “empotrado”.

(1) “El País”, 25 de noviembre de 2010. 
(2) Poveda Criado, M.Á. “Comunicación televisiva”. Ediciones CEF. Madrid. 2011.