martes, 1 de enero de 2013

El miedo a la libertad



La desindividualización arranca con el tipo de ropa que se le suministra a los voluntarios, con despojarles de su cabello, desnudarles y hacerles sentir sucios y enfermos con procedimientos supuestamente higienizadores. En adelante eres un número, dejas de llamarte como te bautizaron. Tus guardas oirán a Schubert mientras idearán nuevas formas de hacerte sentir nada, como tantas veces repite George Steiner, que recuerda cómo Freud “creyó que jamás la cultura, la civilización podrían resistir a la pulsiones profundas de destrucción y sadismo” (Steiner, G. La barbarie de la ignorancia. Mario Muchnick. Madrid. 2000), lo que, de algún modo, vemos en Stanford.

Slavoj Zizek nos habla de las estructuras obscenas para explicar los comportamientos de, por ejemplo, una cárcel de Stanford cualquiera. Y refiere a la comunidad militar. Cualquiera que haya hecho el servicio militar forzoso, el analista el primero, habrá reconocido todos y cada uno de los comportamientos que se suceden en el experimento. En una comunidad militar, apunta con acierto Zizek (Arriesgar lo imposible. Trotta. Madrid. 2006), “hay un conjunto de reglas no escritas, tácitas, y que como tal deben permanecer”. Y Agrega: “Estas reglas siempre tienen una dimensión obscena (…) Hay un conjunto de reglas –jerarquía, procedimiento, disciplina-, pero para que funcionen necesitan un complemento obsceno: sucios chistes sexistas, rituales sádicos, ritos de tránsito”. Stanford nos lo muestra.

El guarda esconde tras su gafa su propio yo. Nadie que mire fijamente a los ojos de su víctima se siente suficientemente seguro de lo que puede hacer. De algún modo, la gafa opaca le protege de su propia capacidad de hacer daño. Le inmuniza. Él no es quien, en un momento dado, ejercerá una acción dañina, consciente o inconsciente, sino la gafa (la careta) que le oculta de sí mismo. 

La víctima, desde su posición de nada, de ser un número, observa complacido (es un decir) cómo quien le tortura es también, en ese preciso instante, otro número, alguien sin identificación. Odiamos el azote de una madre porque la tenemos plenamente identificada, y aún peor cuando nos mira a los ojos al hacerlo. Pero presume ser menos doloroso el ataque de quien no identificamos, a quien no podemos mirarle a los ojos: de quien no se descubre como quien realmente es.

El guarda deja de ser el enemigo. Ahora lo es el propio compañero de celda. Siente la necesidad gratificante y comestible del cumplimiento del deber: “La sociedad civil está ávida de orden y moderación”, reza Gilles Lipovetsky (El crepúsculo del deber. Anagrama. Barcelona. 1994).

El padre de un preso parece disfrutar con la heroicidad de su hijo preso. “Él puede… es un líder”. Al analista le recuerda la cara de bobo de Bush hijo en el filme de Oliver Stone cuando es sometido a turbulentas pruebas para poder ser admitido en ese club de jóvenes idiotas que luego dirigirán a las clases medias que refiere el experimento de Stanford. 

A ese padre solo le falta ponerse la gafa de cristales opacos, si es que, acaso, no las lleva ya. Aplaude el procedimiento, porque él piensa que el sistema ha de ser sistemático, como el que impregna el experimento. Él también pasó por algo parecido en su juventud y anima a los policías de su ciudad a reprender con la misma contundencia a los adolescentes que fuman en el parque, pues él dejó de fumar hace cinco años tras perder un pulmón.

El recluso reciente, realmente, solo quiere huir al principio. Luego se calma. Se acomoda. Todos, recientes y veteranos se acomodan complacientes: “La prisión se reviste de toda la autoridad sacral del Estado, apareciendo como un centro irradiador de seguridad y protección y facilitando de ese modo la adhesión reverencialista del detenido” (Sagaseta, Salvador. La angustia sexual en las prisiones. Ed. De la Torre. Madrid. 1978).

El experimento de Stanford no triunfó porque sus promotores fueron unos cobardes. Un poco más de tiempo y el sistema se hubiera restablecido. El orden se habría asegurado. El orden habría sido el resultado feliz de la prueba, pero se precipitaron, asustados por el grado de violencia que acusaban los voluntarios instrumentos, y, por ello, se perdieron lo mejor: la vida real. Porque Stanford bien puede ser una metáfora de lo real, de lo que funciona. Fromm ya advierte sobre el miedo a la libertad.