Sacamos una entrada en el cine del barrio.
En la posguerra mundial, que coincide con la española, se advierte la decadencia de Hollywood, “en primer lugar”, afirma Álvarez (Álvarez, 1988) , por el desarrollo de la televisión en los años cincuenta. España en este ámbito se desplaza a otro paso, a otro ritmo, pero nos interesa conocer el entorno para profundizar en lo más próximo. En segundo lugar, la “caza de brujas” descabeza intelectualmente esta industria californiana. En Europa (que no en España), “nace un cine pobre en medios pero con imaginación y capacidad para penetrar mercados”. Ejemplos son el neorrealismo italiano o el nuevo cine francés: lo que viene en llamarse “cine de autor”. Bergman, Fellini o Buñuel, pero el aragonés no hará cine en España.
La Ley de Prensa que estuvo vigente durante casi todo el franquismo fue aprobada en 1938, en plena Guerra Civil. De su modelo, en ese contexto, nos cuenta Carlos Barrera (Barrera, 2000) que, “teniendo en cuenta la influencia y los apoyos recibidos por la Italia fascista y la Alemania nazi, no cabía imaginar sino la aplicación de un sistema totalitario de control de los medios de comunicación”, de la mano de Ramón Serrano Suñer (rehabilitado con el tiempo, como le pasa al vino).
Y, aunque se implantaron las tradicionales herramientas de control en ese tipo de sistemas, como la censura previa, las consignas, el control del acceso a la profesión periodística por medio de un carné o la creación de Efe, Barrera subraya que no fue necesaria una nacionalización de los medios, puesto que no fueron pocos los que, aun siendo privados, mostraron sus afectos al régimen, como la Ser.
Aunque Franco “no era partidario de la propiedad privada de los medios de comunicación, no podía dejar de premiar a sus colaboradores”. Ese sería el panorama mediático al poco de concluir la contienda.
Seguimos viendo la película.
Apunta estremecedoramente Román Gubern (Gubern, 1979) que “la biografía del cine español no tiene, por desgracia, colores risueños”. Pero ni antes de la Guerra Civil. En ese estado de cosas, recuerda Gubern que “a partir de 1939 vuelve a partirse del cero absoluto”. En 1941 el Gobierno franquista decreta, “por razones patrióticas”, la prohibición de proyectar películas en un idioma distinto al castellano. Así, desde entonces, el obligado doblaje. Qué mejor modo de comunicar que en el idioma que todos entienden, deben pensar los que piensan, o pueden hacerlo en ese momento.
Pero Gubern apunta que la obligatoriedad del doblaje, “tan bien intencionada, iba a hacer un flaco servicio al cine nacional”. En 1943, el Gobierno español, en ese afán por el control de lo comunicable (en esas aún estamos) pone en marcha un programa para favorecer la protección del cine local, de modo que autoriza a los productores importar filmes extranjeros en proporción a la calidad del cine español que promueven. Una Comisión Clasificadora es creada para ello (¡cómo diantres le llamaran ahora a eso!).
Gubern admite que “crear de la nada una cinematografía nacional vigorosa no es cosa fácil, y más cuando el pulso intelectual de España andaba tan divorciado del resto del mundo”. Y tanto, que el régimen logra, en esa hambrienta posguerra, que las gentes se empapen de irrealidad, que no es mala solución, tampoco. Un cine que vive “de espaldas a la realidad, embobado por las castañuelas y los géneros de guardarropía”, Gubern dixit.
Villegas López (López, 1991) nos recompone la situación, por si aún no nos habíamos dado cuenta de eso que eufemísticamente es venido en llamar ‘estado de la cuestión’. Lo hace en general, pero nos vale para el caso español al referirse al mismo tiempo: “En todas partes y en condiciones opuestas, el intervencionismo artístico –directo o indirecto- condujo a los mismos resultados, también ocasionó idéntico desastre (…), pero es difícil establecer de antemano la magnitud del estrago, porque es imposible determinar la destrucción real de los valores y de los hombres. Al contrario”, concluye, “hay que esperar los resultados objetivos para apreciar la destrucción causada por el dirigismo artístico”.
Salimos del cine un momento a estirar las piernas. Sólo eso, pues, al menos yo, ya no fumo después de 30 años haciéndolo. A ver, que me despisto.
¿Cómo se desarrolló el cine en el primer franquismo? Es pregunta que formula Jesús Palacios (Palacios, 2006) , quien se (nos) contesta: Durante los primeros tiempos, el cine estuvo al servicio del nacionalcatolicismo, “sirviendo principalmente historias edificantes, relativas al pasado glorioso de España o de carácter religioso”. También sobre la Guerra Civil (“Sin novedad en el Alcázar”, “¡A mí la legión!”). En suma, apunta Palacios, cine “moralista, populista o nada creativo cinematográficamente”.
Para qué comunicar más. Ya no entro a la sala. Me voy a dar una vuelta.
Obras consultadas:
Álvarez, J. T. (1988). Historia y modelos de la comunicación en el siglo XX. Barcelona: Círculo de lectores.
Barrera, C. (Abril de 2000). Alservicio del poder. (A. E. S.A., Ed.) La aventura de la historia.
Gubern, R. (1979). Historia del cine. Barcelona: Editorial Lumen.
López, M. V. (1991). Arte, cine y sociedad. Madrid: Ediciones JC.
Palacios, J. (2006). ¿Qué debes saber para parecer un cinéfilo? Madrid: Espasa.
Reboredo, J. S. (1988). Palabras tachadas. Retórica contra la censura. Alicante: Instituto de Estudios Juan Gil-Albert. Diputación Provincial de Alicante.


